Dejarlo

todo

Al inicio vivía en la calle, luego una señora me ayudó y me llevó al barrio Perdomo. Después la señora me llevó al centro donde me iban a ayudar. Allí había una casa en donde vivían muchos indígenas, era un paga diario.
A ellos les cuento cuando estoy triste y extraño mi territorio. Mis hijos me preguntan que porqué no podemos volver y les cuento lo que pasó con mi familia. También les digo que allá a mí me pueden matar y yo con quién los dejo a ellos. Afortunadamente, ellos entienden la situación. (Mariano Campo, 2020, 05 de diciembre)

Una de las problemáticas más complejas que enfrenta el resguardo Tahamí, en el departamento de Chocó, es el desplazamiento forzado. La expulsión del pueblo emberá katío del Alto Andágueda ha estado relacionada con el control de una mina de oro ubicada en el municipio de Bagadó, donde se encuentra el resguardo. Los intereses extractivistas y la llegada de grupos armados, como el M19, el EPL y las FARC en los años ochenta, causaron las primeras migraciones de indígenas emberá katío a ciudades como Bogotá, Pereira, Quibdó y Medellín (Ministerio del Interior, 2012).

Desde ese entonces hasta el día de hoy, los indígenas de este resguardo siguen siendo desplazados, por lo que continúan migrando a distintos centros urbanos. Aun así, tomar la decisión de salir de sus territorios no ha sido nada fácil: «Me salí asustado, con miedo de que me encuentren. Pensaba que nos iban a matar a las hijas. Esa noche atravesamos directamente el monte», cuenta uno de los participantes de la IMH sobre la odisea que fue dejar las montañas de Bagadó el 22 de agosto de 2019. Tampoco fue fácil para muchos de ellos llegar a Bogotá o a alguna otra ciudad:

Llegamos a Pueblo Rico, Risaralda. No llegamos primero a Bagadó porque queda muy lejos, son más de 24 horas desde Conondó, que es donde está mi resguardo. Para nosotros lo más cerca es Risaralda. Primero llegamos al corregimiento de Santa Cecilia —desde Conondó son ocho horas caminando— y después cogimos a Pueblo Rico. Allí duramos un día. Después cogimos para Pereira y allí estuvimos dos días. Después nos fuimos para Ibagué, allí nos quedamos tres meses. En Ibagué no hay muchos apoyos para nosotros por la falta de recursos. Ellos nos dieron el transporte y así fue como nos trasladamos a Bogotá (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).1

Este relato cuenta la travesía que tuvieron que vivir como familia durante meses, mientras paraban en varios municipios y departamentos buscando ayuda hasta llegar a Bogotá. La decisión de migrar a estas ciudades, especialmente al Distrito Capital, no es al azar.

No podíamos quedarnos en el territorio, salí para Bogotá con mi esposa e hijas. Mi papá y mis hermanos ya llevaban un tiempo en Bogotá, por eso me desplace directamente acá (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Mi familia se quedó en el territorio. Mi hermano mayor le manifestó a mis papás que no quería desplazarse del resguardo. Entonces yo solo fui el que llegó directamente a Bogotá […]. En otras ciudades no hay nadie conocido. Mi cuñado ya vivía desde hace un tiempo en Bogotá. Yo lo llamé y le dije si me podían recibir. Llegué primero a un paga diario en el centro, en el barrio Santa Fe (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

La migración de los emberá katío en los últimos cuarenta años ha hecho que se establezcan pequeñas comunidades a las que las víctimas del desplazamiento forzado pueden llegar. Por ejemplo, en Bogotá, se estima que existen 457 indígenas emberá, la mayoría provenientes del resguardo Tahamí (Ministerio del Interior, 2012). Es así como tener conocidos en otras ciudades «facilita» el desplazamiento y la adaptación a un nuevo contexto social. Otra razón por la que las víctimas prefieren a Bogotá es porque «en Bogotá sí ayudan», según sus palabras.

Me fui en el 2006. No fuimos a Pereira ni a Medellín porque Bogotá era mejor. En Bogotá sí ayudan. Primero llegamos a Pueblo Rico, Risaralda y una vecina fue quien nos llevó a Bogotá. Al inicio vivía en la calle, luego una señora me ayudó y me llevó al barrio Perdomo. Después la señora me llevó al centro donde me iban a ayudar. Allí había una casa en donde vivían muchos indígenas, era un paga diario. En el centro hicimos un paro y nos alojaron en la Unidad para las Víctimas (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

En este testimonio, las víctimas asocian «la ayuda» a las entidades del Estado dispuestas a prestar atención a los afectados por el desplazamiento y el conflicto armado en nuestro país. Una posible explicación de por qué esta ayuda es más visible, es porque Bogotá es el principal centro administrativo de Colombia. Una vez en las ciudades, las dificultades no desaparecen. Aprender español, encontrar un lugar donde vivir y hallar formas de subsistir son las nuevas preocupaciones de la población indígena que llega a Bogotá.

En Bogotá llegamos a un paga diario, porque en el momento no sabíamos que había un lugar donde llegar, el de la calle 19. Al no hablar español o no hablarlo bien fue muy duro porque no entendíamos. Así estuvimos un mes. Durante ese tiempo estuvimos en paga diario y estábamos buscando donde vivir. Pedíamos en las calles para poder pagar el arriendo. Luego de dos o tres años, detrás de nosotros llegaron 157 familias. En mi familia éramos mi papá, mi hermano, mi mujer y yo (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Es así como las familias que llegan desplazadas del Alto Andágueda comienzan a asentarse en sectores marginales y periféricos de la ciudad, con altos niveles de violencia urbana, y sin el acceso a recursos vitales como agua, luz y alcantarillado (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2019). Ante la situación, estas familias optan por ubicarse en paga diarios donde cada día deben pagar el alquiler del espacio en el que habitan (Ministerio del Interior y OREWA, 2013). Asimismo, los indígenas que han sido desplazados se encuentran ante el dilema de volver o no en un futuro a sus tierras. Por una parte, algunos desean retornar si la situación mejora:

Yo estoy interesado en enseñar las cosas que aprendí con mi papá, pero la situación de violencia en el territorio es difícil, no le veo solución. Todos los líderes son corruptos. No quiero volver a abandonar mi finca y cultivos. Yo pienso regresar al territorio, pero no ahora. Quizá cuando la situación mejore (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).
Por otra parte, varios no ven la posibilidad de retorno como una opción:
Nosotros no podemos volver al territorio porque ya tenemos una vida en Bogotá. Tenemos trabajo acá. Además, nuestros hermanos en la comunidad están muertos. No queremos volver a la violencia. La situación es muy complicada, allá no se puede hablar, todos están escuchando […]. A mí me da nostalgia saber que no volveré al territorio. Pienso y extraño mucho mi territorio, mi finca, mi casa, mis animalitos. A veces me pongo triste y lloro por extrañar todo, por pensar en mi hermanito. Quiero regresar y vivir tranquilo en mi comunidad, pero toda esa situación cambia a la gente (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

El dilema que se observa en estos testimonios es el querer volver a sus tierras versus la seguridad que implica estar lejos de ellas. Los retos que reflejan los relatos son enormes ya que la construcción de un futuro para las comunidades desplazadas del resguardo Tahamí requiere inevitablemente dar una solución al conflicto armado presente en Bagadó, Chocó.

Sobre el desplazamiento forzado de los pueblos indígenas existen varias preocupaciones, una de las más grandes es la pérdida de conexión con la comunidad de origen y con ello la pérdida cultural. Aun así, los indígenas que migran a los centros urbanos también adaptan sus tradiciones a los nuevos contextos en los que habitan. Los indígenas emberá katío no son la excepción a este fenómeno. En este caso, ellos han encontrado una forma de mantener su cultura a través de la música:

Canto la música tradicional y tocó al ritmo […]. No podemos olvidar la cultura de nosotros, así vamos avanzando para demostrar a la Alcaldía que nos ayuden con la cultura, con la música. No podemos dejar perder la cultura (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Yo empecé hace poco a ser parte del grupo. Yo toco la caja. Estoy aprendiendo a tocar en el bajo […] las canciones en nuestro idioma. Estoy muy contento en el grupo porque cantamos nuestras canciones ancestrales y bailes […]. Yo quiero continuar en la Agrupación Conondó (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

De esta iniciativa surge la Agrupación Conondó, un grupo de música compuesto por varios indígenas emberá katío del resguardo Tahamí. Esta es un poco de la historia de la agrupación:

El grupo empezó con don Nausa. Él era un integrante de la comunidad de Conondó, de donde yo soy, pero él no tocaba bien. Él estaba aprendiendo por él mismo. Cuando él llegó a Bogotá se alojó en el coliseo del Tunal. Duramos cinco años en ese alojamiento, desde el 2008 hasta el 2013. Yo quería conformar un grupo porque me gusta la música y me gusta cantar. Luego, yo le dije a don Nausa que conformáramos el grupo y me encontré en la calle a un muchacho de Bogotá llamado Francisco Rojas o Pacho, lo encontré en la calle. Le compré una guitarra eléctrica que me costó 350 mil. Al mismo tiempo, nos trasladamos al albergue de la calle 19 con Caracas. Mónica trabajaba en el albergue y ella me decía que tenía un proyecto para nosotros como músicos, entonces nosotros empezamos a ensayar, practicar en actividades y presentarnos en eventos. Estuvimos así varios años, desde el 2009 hasta el 2013. Mónica también nos ayudaba con instrumentos, pero, en el 2013, el grupo de don Nausa empezó a retornar a la comunidad, yo también estuve allá por un tiempo y me regresé. Después de que don Nausa y su grupo se fueron, con mi familia y con Pacho continuamos practicando, manteniendo el grupo a flote (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Cuando se le pregunta a los participantes de la IMH el por qué crear una agrupación musical, nos cuentan que es una iniciativa de recuperación de canciones ancestrales con el objetivo de mostrarle a la gente su cultura. No lo hacen a través de los canastos porque no hay material para hacerlos, ni tampoco a través de su lengua porque en Bogotá solo se habla español. Entonces para ellos «la música es una forma de hacer cultura».

(1)Los fragmentos de historias de vida que aparecen en el documento fueron tomados de una entrevista realizada el 5 de diciembre del 2020.

Dejarlo

todo

Al inicio vivía en la calle, luego una señora me ayudó y me llevó al barrio Perdomo. Después la señora me llevó al centro donde me iban a ayudar. Allí había una casa en donde vivían muchos indígenas, era un paga diario.
A ellos les cuento cuando estoy triste y extraño mi territorio. Mis hijos me preguntan que porqué no podemos volver y les cuento lo que pasó con mi familia. También les digo que allá a mí me pueden matar y yo con quién los dejo a ellos. Afortunadamente, ellos entienden la situación. (Mariano Campo, 2020, 05 de diciembre)

Una de las problemáticas más complejas que enfrenta el resguardo Tahamí, en el departamento de Chocó, es el desplazamiento forzado. La expulsión del pueblo emberá katío del Alto Andágueda ha estado relacionada con el control de una mina de oro ubicada en el municipio de Bagadó, donde se encuentra el resguardo. Los intereses extractivistas y la llegada de grupos armados, como el M19, el EPL y las FARC en los años ochenta, causaron las primeras migraciones de indígenas emberá katío a ciudades como Bogotá, Pereira, Quibdó y Medellín (Ministerio del Interior, 2012).

Desde ese entonces hasta el día de hoy, los indígenas de este resguardo siguen siendo desplazados, por lo que continúan migrando a distintos centros urbanos. Aun así, tomar la decisión de salir de sus territorios no ha sido nada fácil: «Me salí asustado, con miedo de que me encuentren. Pensaba que nos iban a matar a las hijas. Esa noche atravesamos directamente el monte», cuenta uno de los participantes de la IMH sobre la odisea que fue dejar las montañas de Bagadó el 22 de agosto de 2019. Tampoco fue fácil para muchos de ellos llegar a Bogotá o a alguna otra ciudad:

Llegamos a Pueblo Rico, Risaralda. No llegamos primero a Bagadó porque queda muy lejos, son más de 24 horas desde Conondó, que es donde está mi resguardo. Para nosotros lo más cerca es Risaralda. Primero llegamos al corregimiento de Santa Cecilia —desde Conondó son ocho horas caminando— y después cogimos a Pueblo Rico. Allí duramos un día. Después cogimos para Pereira y allí estuvimos dos días. Después nos fuimos para Ibagué, allí nos quedamos tres meses. En Ibagué no hay muchos apoyos para nosotros por la falta de recursos. Ellos nos dieron el transporte y así fue como nos trasladamos a Bogotá (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).1

Este relato cuenta la travesía que tuvieron que vivir como familia durante meses, mientras paraban en varios municipios y departamentos buscando ayuda hasta llegar a Bogotá. La decisión de migrar a estas ciudades, especialmente al Distrito Capital, no es al azar.

No podíamos quedarnos en el territorio, salí para Bogotá con mi esposa e hijas. Mi papá y mis hermanos ya llevaban un tiempo en Bogotá, por eso me desplace directamente acá (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Mi familia se quedó en el territorio. Mi hermano mayor le manifestó a mis papás que no quería desplazarse del resguardo. Entonces yo solo fui el que llegó directamente a Bogotá […]. En otras ciudades no hay nadie conocido. Mi cuñado ya vivía desde hace un tiempo en Bogotá. Yo lo llamé y le dije si me podían recibir. Llegué primero a un paga diario en el centro, en el barrio Santa Fe (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

La migración de los emberá katío en los últimos cuarenta años ha hecho que se establezcan pequeñas comunidades a las que las víctimas del desplazamiento forzado pueden llegar. Por ejemplo, en Bogotá, se estima que existen 457 indígenas emberá, la mayoría provenientes del resguardo Tahamí (Ministerio del Interior, 2012). Es así como tener conocidos en otras ciudades «facilita» el desplazamiento y la adaptación a un nuevo contexto social. Otra razón por la que las víctimas prefieren a Bogotá es porque «en Bogotá sí ayudan», según sus palabras.

Me fui en el 2006. No fuimos a Pereira ni a Medellín porque Bogotá era mejor. En Bogotá sí ayudan. Primero llegamos a Pueblo Rico, Risaralda y una vecina fue quien nos llevó a Bogotá. Al inicio vivía en la calle, luego una señora me ayudó y me llevó al barrio Perdomo. Después la señora me llevó al centro donde me iban a ayudar. Allí había una casa en donde vivían muchos indígenas, era un paga diario. En el centro hicimos un paro y nos alojaron en la Unidad para las Víctimas (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

En este testimonio, las víctimas asocian «la ayuda» a las entidades del Estado dispuestas a prestar atención a los afectados por el desplazamiento y el conflicto armado en nuestro país. Una posible explicación de por qué esta ayuda es más visible, es porque Bogotá es el principal centro administrativo de Colombia. Una vez en las ciudades, las dificultades no desaparecen. Aprender español, encontrar un lugar donde vivir y hallar formas de subsistir son las nuevas preocupaciones de la población indígena que llega a Bogotá.

En Bogotá llegamos a un paga diario, porque en el momento no sabíamos que había un lugar donde llegar, el de la calle 19. Al no hablar español o no hablarlo bien fue muy duro porque no entendíamos. Así estuvimos un mes. Durante ese tiempo estuvimos en paga diario y estábamos buscando donde vivir. Pedíamos en las calles para poder pagar el arriendo. Luego de dos o tres años, detrás de nosotros llegaron 157 familias. En mi familia éramos mi papá, mi hermano, mi mujer y yo (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Es así como las familias que llegan desplazadas del Alto Andágueda comienzan a asentarse en sectores marginales y periféricos de la ciudad, con altos niveles de violencia urbana, y sin el acceso a recursos vitales como agua, luz y alcantarillado (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2019). Ante la situación, estas familias optan por ubicarse en paga diarios donde cada día deben pagar el alquiler del espacio en el que habitan (Ministerio del Interior y OREWA, 2013). Asimismo, los indígenas que han sido desplazados se encuentran ante el dilema de volver o no en un futuro a sus tierras. Por una parte, algunos desean retornar si la situación mejora:

Yo estoy interesado en enseñar las cosas que aprendí con mi papá, pero la situación de violencia en el territorio es difícil, no le veo solución. Todos los líderes son corruptos. No quiero volver a abandonar mi finca y cultivos. Yo pienso regresar al territorio, pero no ahora. Quizá cuando la situación mejore (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).
Por otra parte, varios no ven la posibilidad de retorno como una opción:
Nosotros no podemos volver al territorio porque ya tenemos una vida en Bogotá. Tenemos trabajo acá. Además, nuestros hermanos en la comunidad están muertos. No queremos volver a la violencia. La situación es muy complicada, allá no se puede hablar, todos están escuchando […]. A mí me da nostalgia saber que no volveré al territorio. Pienso y extraño mucho mi territorio, mi finca, mi casa, mis animalitos. A veces me pongo triste y lloro por extrañar todo, por pensar en mi hermanito. Quiero regresar y vivir tranquilo en mi comunidad, pero toda esa situación cambia a la gente (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

El dilema que se observa en estos testimonios es el querer volver a sus tierras versus la seguridad que implica estar lejos de ellas. Los retos que reflejan los relatos son enormes ya que la construcción de un futuro para las comunidades desplazadas del resguardo Tahamí requiere inevitablemente dar una solución al conflicto armado presente en Bagadó, Chocó.

Sobre el desplazamiento forzado de los pueblos indígenas existen varias preocupaciones, una de las más grandes es la pérdida de conexión con la comunidad de origen y con ello la pérdida cultural. Aun así, los indígenas que migran a los centros urbanos también adaptan sus tradiciones a los nuevos contextos en los que habitan. Los indígenas emberá katío no son la excepción a este fenómeno. En este caso, ellos han encontrado una forma de mantener su cultura a través de la música:

Canto la música tradicional y tocó al ritmo […]. No podemos olvidar la cultura de nosotros, así vamos avanzando para demostrar a la Alcaldía que nos ayuden con la cultura, con la música. No podemos dejar perder la cultura (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Yo empecé hace poco a ser parte del grupo. Yo toco la caja. Estoy aprendiendo a tocar en el bajo […] las canciones en nuestro idioma. Estoy muy contento en el grupo porque cantamos nuestras canciones ancestrales y bailes […]. Yo quiero continuar en la Agrupación Conondó (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

De esta iniciativa surge la Agrupación Conondó, un grupo de música compuesto por varios indígenas emberá katío del resguardo Tahamí. Esta es un poco de la historia de la agrupación:

El grupo empezó con don Nausa. Él era un integrante de la comunidad de Conondó, de donde yo soy, pero él no tocaba bien. Él estaba aprendiendo por él mismo. Cuando él llegó a Bogotá se alojó en el coliseo del Tunal. Duramos cinco años en ese alojamiento, desde el 2008 hasta el 2013. Yo quería conformar un grupo porque me gusta la música y me gusta cantar. Luego, yo le dije a don Nausa que conformáramos el grupo y me encontré en la calle a un muchacho de Bogotá llamado Francisco Rojas o Pacho, lo encontré en la calle. Le compré una guitarra eléctrica que me costó 350 mil. Al mismo tiempo, nos trasladamos al albergue de la calle 19 con Caracas. Mónica trabajaba en el albergue y ella me decía que tenía un proyecto para nosotros como músicos, entonces nosotros empezamos a ensayar, practicar en actividades y presentarnos en eventos. Estuvimos así varios años, desde el 2009 hasta el 2013. Mónica también nos ayudaba con instrumentos, pero, en el 2013, el grupo de don Nausa empezó a retornar a la comunidad, yo también estuve allá por un tiempo y me regresé. Después de que don Nausa y su grupo se fueron, con mi familia y con Pacho continuamos practicando, manteniendo el grupo a flote (Participante de la IMH, comunicación personal, 5 de diciembre de 2020).

Cuando se le pregunta a los participantes de la IMH el por qué crear una agrupación musical, nos cuentan que es una iniciativa de recuperación de canciones ancestrales con el objetivo de mostrarle a la gente su cultura. No lo hacen a través de los canastos porque no hay material para hacerlos, ni tampoco a través de su lengua porque en Bogotá solo se habla español. Entonces para ellos «la música es una forma de hacer cultura».

(1)Los fragmentos de historias de vida que aparecen en el documento fueron tomados de una entrevista realizada el 5 de diciembre del 2020.