De la oscuridad a la luz

***

Yo soy de La Vega, Cauca, crecí con mi madre, mi hermano y mi hermana Lucero. Mi madre era una persona luchadora, ella tenía que caminar una hora y media para ir a las quebradas a lavar nuestra ropa. Para mantenernos, se iba caminando a un río que quedaba a tres horas de la casa, allí, ella cogía cogollos, los llevaba a la casa, los ripiaba, los secaba y hacía escobas, ella vendía esas escobas a 500 y a 400 pesos.

No tuvimos papá, mi mamá quedó en embarazo de varios hombres que no respondieron por nosotros sus hijos. Tuvo cuatro parejas, pero cada esposo que tenía la dejaba en embarazo y se iba.

Pese a las dificultades, la casa donde crecí era un lugar bonito, amplio, había árboles de naranja, de mango. Mi abuela vivía cerca y me encantaba eso porque ella era la cómplice de nosotros, yo la adoraba a ella como a mi mamá, ella fue muy especial para mí, nos cuidaba mucho. Fue muy duro cuando ella falleció, uno quiere que los seres queridos estén con uno siempre.

Cuando yo tenía 15 años, de la noche a la mañana, mi mamá también falleció, le dio una hernia por los largos recorridos en los que tenía que cargar la ropa que lavaba en las quebradas. Mi hermana, que es especial, quedó a cargo de mi hermano que había conseguido su esposa y había tenido una niña. Antes de que mi mamá falleciera yo había viajado a Cali, fui porque mi mamá no podía darme lo que yo necesitaba, trabajaba en casas de familia para ayudar a la mía, para buscar con qué subsistir.

Cuando regresé a mi pueblo por el fallecimiento de mi mamá, el novio que yo tenía en ese momento me contó que la esposa de mi hermano estaba saliendo con él, yo no estaba enamorada de él, pero tuve que devolverme a Cali pensando en mi hermano, con esa preocupación, con el pensamiento sobre lo que mi cuñada estaba haciendo. No fui capaz de decir nada para evitar el sufrimiento de mi familia.

Estando en Cali, me llegó la razón de que habían matado a mi novio, en mi casa. Mi hermano me dijo que lo habían matado unos encapuchados que llegaron de repente. Él iba mucho a ver televisión a la casa nuestra. En una de esas visitas, de un momento a otro, lo mataron. Mi hermana Lucero estaba sentada a un lado de él cuando pasó.

La gente de la vereda pensaba que mi hermano era quien lo había matado, pero no fue así. Mi primo, que vivía cerca, escuchó los tiros y fue corriendo a la casa a ver qué estaba pasando. Al llegar, vio a los encapuchados que estaban matando al muchacho y, al ver que alguien llegaba, empezaron a dispararle, él tuvo que correr y esconderse.

Imagen Crónica Lirio: Collage auto representativo realizado por Lirio

Hay muchas versiones sobre por qué lo mataron: una de ellas fue que quienes lo hicieron habían amenazado primero a mi excuñada y que lo mataron por celos, por salir con ella. Alguien le había dicho a ella que si no era por las buenas entonces era por las malas. Parece que fue una venganza porque ella no quiso poner atención a otra persona.

En esa época, todos los muchachos en el pueblo empezaron a andar con armas, estaban matando a muchas personas, no les daba pena que los vieran hacer asesinatos, había conflictos de venganzas, las familias se vengaban entre familias, no había policías, no había control de la situación. El Ejército pasaba de lejos, pero no hacía nada. En otros pueblos había combates, nosotros escuchábamos los tiros a lo lejos, en otros lados, no sabíamos si era la guerrilla contra el Ejército o si eran otros grupos; siempre había enfrentamientos, pero lejos del pueblo.

Cuando pasó lo de mi novio tuve que volver al pueblo de nuevo. Allí, mi hermano me contó que le había reconocido la voz a uno de los que mataron al muchacho, por eso decidimos contarle a la familia de él quién lo había matado. Fuimos mi cuñada, mi hermano, mi primo y yo hasta la casa de la mamá del finado a comentarle a ella y a los hermanos qué había pasado.

Cuando nos estábamos yendo de la casa de la familia, se había hecho de noche, nosotros no teníamos linternas, eran las 6:30 p. m. y estaba oscureciendo. Preguntamos si nos podían prestar algo con qué alumbrar, pero nadie tenía, nos dijeron que todas las linternas estaban dañadas, igual salimos caminando. Cuando íbamos a cuatro cuadras, de la nada, a lo lejos, aparecieron cuatro luces de linternas, nosotros supimos que venían hacía nosotros. Nos hacían señas para que nos detuviéramos, pero nosotros tuvimos un presentimiento, comenzamos a alejarnos y ellos comenzaron a perseguirnos. Por donde íbamos había un desecho, al lado de una calle ancha. Como estaba tan oscuro comenzamos a tirar zapallos que nos encontramos sembrados en el camino, los tirábamos al desecho para que, los que nos seguían, pensaran que estábamos yendo por ahí. Ellos seguían persiguiéndonos, nosotros nos metimos por una loma. Mi excuñada me decía: «Hágale que nos van a matar». Yo me cogía de los palos, unos que les dicen chilcas, llegué a rastras a la cima, mis manos estaban negras de los chuzos que tienen esos palos. Mi primo se quedó atrás, escondido, siguió tirando zapallos al desecho, tratando de despistar a los que nos perseguían. Yo quedé sin voz, como por media hora me echaban viento, me echaban agua, y yo solo podía agradecer a Dios. Cuando llegamos a la casa, nos encerramos y apagamos el bombillo. No pudimos dormir bien, la pasamos en vela, no podíamos salir de la pieza del miedo. Dios nos guardó, si nosotros nos hubiéramos quedado esperando a esas personas o nos hubiéramos ido por el desecho, ya no estaríamos contando la historia.

Al otro día le dije a mi hermano que teníamos que irnos todos. La mamá de mi excuñada también nos aconsejó, nos dijo que era mejor que ellos se fueran conmigo a Cali. Esas personas no iban a descansar hasta vernos muertos por haber contado lo que sabíamos. A las 3 de la mañana del siguiente día, salimos de la casa, fuimos hasta donde pasaba el bus, teníamos que caminar dos horas para llegar allá, nos tocó salir con la ropa que teníamos. Cuando ya íbamos en el bus, por fin pude ver la luz.

No volvimos nunca al pueblo, ni quisiera volver. Cuando nos vinimos para Cali, la casa se perdió, se cayó. No teníamos tanto, solo donde vivíamos, siempre fuimos humildes. No extraño la finca, la extrañaría más si estuviera mi mamá, pero ahí mi mamá sufrió mucho, a ella le tocaba muy duro, se enfermó por el trabajo. En ese sector no había atención médica, a la gente que estaba enferma la llevaban en una hamaca durante 3 horas hasta San Miguel, un pueblo donde quedaba el puesto de salud. Ahora recién se puede ir en carro desde el pueblo llamado Santa Juana hasta San Miguel, pero todavía desde la vereda El Alto, donde vivíamos, en el municipio de La Vega, hay que llevar a los enfermos en hamaca hasta Santa Juana. Es un trayecto de hora y media, por eso la gente se sigue muriendo de lo mismo allá.

Al llegar a Cali tuvimos que pasar muchas dificultades. Nos salió una vivienda en Popayán gracias a la declaración que hicimos como víctimas de desplazamiento, pero en esa vivienda fuimos beneficiados 6 personas y tuvimos muchos inconvenientes con las otras personas que estaban beneficiadas del hogar. También debíamos un préstamo en el banco y tuvimos que anticresar la vivienda para que no nos embargaran la casa. A mi hermanita, Lucero, fue a la única a quien le salió el subsidio por el desplazamiento, pero por ser una niña especial no nos han dado esa ayuda y, al pasar el derecho de petición, me dijeron que se demoraría 5 años en volver a salir.

Al vender la casa tuve que empezar a trabajar, tenía que buscar un sustento, por eso tuve que dejar a mi hermana al cuidado de otras personas. A causa de eso, mi hermanita fue abusada sexualmente. Cuando eso pasa, uno queda marcado, es una situación muy dolorosa y difícil de superar. Hoy en día, yo me llevo a mi hermana y a mi hija a todos lados, aún no me he curado de esa tristeza. En los trabajos que busco, en casas de familia, intento que me reciban con ellas, pero son trabajos que salen una vez al mes.

Buscando lo mejor para mis niñas, conocí a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Una señora me comentó acerca de las ayudas que brinda la Fundación para la alimentación de los niños, así conocí a María Elena1. Yo empecé a llevar a mi niña, que siempre estuvo bajita de peso, a la Fundación. Así conocí los procesos productivos que se proponen y me empecé a vincular con lo que se hace allí. La fundación me ha ayudado mucho, me ha colaborado con mi niña, ha aportado a su alimentación, también me ha servido para tener amigas, a socializar con más personas y a dejar la timidez.

Mis niñas y yo seguimos en pie, hacia adelante, dándole las gracias a Dios porque nos da salud, nos da vida y si tienes vida y amor lo tienes todo. Mi meta es tener un lote, tener una casa prefabricada y tener mi propio negocio, puede ser una papelería que me permita mantenerme, tener un sustento para trabajar en la casa y no estar separada de las niñas. Nosotros siempre hemos tenido esperanza, incluso cuando pasó lo del desplazamiento, incluso ahora que estoy envejeciendo y ha sido difícil encontrar un trabajo que me permita estar con las niñas. Aún mantengo la esperanza y la fe en la ayuda que me da Dios, quien es el único que sabe por lo que uno está pasando, por eso me identifico con los lirios blancos, son la flor que representa la esperanza a la que me aferro, la luz y la fe que nos acompaña para seguir adelante.

Esta crónica fue construida por Lirio, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.
(1) Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
De la oscuridad a la luz

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Yo soy de La Vega, Cauca, crecí con mi madre, mi hermano y mi hermana Lucero. Mi madre era una persona luchadora, ella tenía que caminar una hora y media para ir a las quebradas a lavar nuestra ropa. Para mantenernos, se iba caminando a un río que quedaba a tres horas de la casa, allí, ella cogía cogollos, los llevaba a la casa, los ripiaba, los secaba y hacía escobas, ella vendía esas escobas a 500 y a 400 pesos.

No tuvimos papá, mi mamá quedó en embarazo de varios hombres que no respondieron por nosotros sus hijos. Tuvo cuatro parejas, pero cada esposo que tenía la dejaba en embarazo y se iba.

Pese a las dificultades, la casa donde crecí era un lugar bonito, amplio, había árboles de naranja, de mango. Mi abuela vivía cerca y me encantaba eso porque ella era la cómplice de nosotros, yo la adoraba a ella como a mi mamá, ella fue muy especial para mí, nos cuidaba mucho. Fue muy duro cuando ella falleció, uno quiere que los seres queridos estén con uno siempre.

Cuando yo tenía 15 años, de la noche a la mañana, mi mamá también falleció, le dio una hernia por los largos recorridos en los que tenía que cargar la ropa que lavaba en las quebradas. Mi hermana, que es especial, quedó a cargo de mi hermano que había conseguido su esposa y había tenido una niña. Antes de que mi mamá falleciera yo había viajado a Cali, fui porque mi mamá no podía darme lo que yo necesitaba, trabajaba en casas de familia para ayudar a la mía, para buscar con qué subsistir.

Cuando regresé a mi pueblo por el fallecimiento de mi mamá, el novio que yo tenía en ese momento me contó que la esposa de mi hermano estaba saliendo con él, yo no estaba enamorada de él, pero tuve que devolverme a Cali pensando en mi hermano, con esa preocupación, con el pensamiento sobre lo que mi cuñada estaba haciendo. No fui capaz de decir nada para evitar el sufrimiento de mi familia.

Estando en Cali, me llegó la razón de que habían matado a mi novio, en mi casa. Mi hermano me dijo que lo habían matado unos encapuchados que llegaron de repente. Él iba mucho a ver televisión a la casa nuestra. En una de esas visitas, de un momento a otro, lo mataron. Mi hermana Lucero estaba sentada a un lado de él cuando pasó.

La gente de la vereda pensaba que mi hermano era quien lo había matado, pero no fue así. Mi primo, que vivía cerca, escuchó los tiros y fue corriendo a la casa a ver qué estaba pasando. Al llegar, vio a los encapuchados que estaban matando al muchacho y, al ver que alguien llegaba, empezaron a dispararle, él tuvo que correr y esconderse.

Imagen Crónica Lirio: Collage auto representativo realizado por Lirio

Hay muchas versiones sobre por qué lo mataron: una de ellas fue que quienes lo hicieron habían amenazado primero a mi excuñada y que lo mataron por celos, por salir con ella. Alguien le había dicho a ella que si no era por las buenas entonces era por las malas. Parece que fue una venganza porque ella no quiso poner atención a otra persona.

En esa época, todos los muchachos en el pueblo empezaron a andar con armas, estaban matando a muchas personas, no les daba pena que los vieran hacer asesinatos, había conflictos de venganzas, las familias se vengaban entre familias, no había policías, no había control de la situación. El Ejército pasaba de lejos, pero no hacía nada. En otros pueblos había combates, nosotros escuchábamos los tiros a lo lejos, en otros lados, no sabíamos si era la guerrilla contra el Ejército o si eran otros grupos; siempre había enfrentamientos, pero lejos del pueblo.

Cuando pasó lo de mi novio tuve que volver al pueblo de nuevo. Allí, mi hermano me contó que le había reconocido la voz a uno de los que mataron al muchacho, por eso decidimos contarle a la familia de él quién lo había matado. Fuimos mi cuñada, mi hermano, mi primo y yo hasta la casa de la mamá del finado a comentarle a ella y a los hermanos qué había pasado.

Cuando nos estábamos yendo de la casa de la familia, se había hecho de noche, nosotros no teníamos linternas, eran las 6:30 p. m. y estaba oscureciendo. Preguntamos si nos podían prestar algo con qué alumbrar, pero nadie tenía, nos dijeron que todas las linternas estaban dañadas, igual salimos caminando. Cuando íbamos a cuatro cuadras, de la nada, a lo lejos, aparecieron cuatro luces de linternas, nosotros supimos que venían hacía nosotros. Nos hacían señas para que nos detuviéramos, pero nosotros tuvimos un presentimiento, comenzamos a alejarnos y ellos comenzaron a perseguirnos. Por donde íbamos había un desecho, al lado de una calle ancha. Como estaba tan oscuro comenzamos a tirar zapallos que nos encontramos sembrados en el camino, los tirábamos al desecho para que, los que nos seguían, pensaran que estábamos yendo por ahí. Ellos seguían persiguiéndonos, nosotros nos metimos por una loma. Mi excuñada me decía: «Hágale que nos van a matar». Yo me cogía de los palos, unos que les dicen chilcas, llegué a rastras a la cima, mis manos estaban negras de los chuzos que tienen esos palos. Mi primo se quedó atrás, escondido, siguió tirando zapallos al desecho, tratando de despistar a los que nos perseguían. Yo quedé sin voz, como por media hora me echaban viento, me echaban agua, y yo solo podía agradecer a Dios. Cuando llegamos a la casa, nos encerramos y apagamos el bombillo. No pudimos dormir bien, la pasamos en vela, no podíamos salir de la pieza del miedo. Dios nos guardó, si nosotros nos hubiéramos quedado esperando a esas personas o nos hubiéramos ido por el desecho, ya no estaríamos contando la historia.

Al otro día le dije a mi hermano que teníamos que irnos todos. La mamá de mi excuñada también nos aconsejó, nos dijo que era mejor que ellos se fueran conmigo a Cali. Esas personas no iban a descansar hasta vernos muertos por haber contado lo que sabíamos. A las 3 de la mañana del siguiente día, salimos de la casa, fuimos hasta donde pasaba el bus, teníamos que caminar dos horas para llegar allá, nos tocó salir con la ropa que teníamos. Cuando ya íbamos en el bus, por fin pude ver la luz.

No volvimos nunca al pueblo, ni quisiera volver. Cuando nos vinimos para Cali, la casa se perdió, se cayó. No teníamos tanto, solo donde vivíamos, siempre fuimos humildes. No extraño la finca, la extrañaría más si estuviera mi mamá, pero ahí mi mamá sufrió mucho, a ella le tocaba muy duro, se enfermó por el trabajo. En ese sector no había atención médica, a la gente que estaba enferma la llevaban en una hamaca durante 3 horas hasta San Miguel, un pueblo donde quedaba el puesto de salud. Ahora recién se puede ir en carro desde el pueblo llamado Santa Juana hasta San Miguel, pero todavía desde la vereda El Alto, donde vivíamos, en el municipio de La Vega, hay que llevar a los enfermos en hamaca hasta Santa Juana. Es un trayecto de hora y media, por eso la gente se sigue muriendo de lo mismo allá.

Al llegar a Cali tuvimos que pasar muchas dificultades. Nos salió una vivienda en Popayán gracias a la declaración que hicimos como víctimas de desplazamiento, pero en esa vivienda fuimos beneficiados 6 personas y tuvimos muchos inconvenientes con las otras personas que estaban beneficiadas del hogar. También debíamos un préstamo en el banco y tuvimos que anticresar la vivienda para que no nos embargaran la casa. A mi hermanita, Lucero, fue a la única a quien le salió el subsidio por el desplazamiento, pero por ser una niña especial no nos han dado esa ayuda y, al pasar el derecho de petición, me dijeron que se demoraría 5 años en volver a salir.

Al vender la casa tuve que empezar a trabajar, tenía que buscar un sustento, por eso tuve que dejar a mi hermana al cuidado de otras personas. A causa de eso, mi hermanita fue abusada sexualmente. Cuando eso pasa, uno queda marcado, es una situación muy dolorosa y difícil de superar. Hoy en día, yo me llevo a mi hermana y a mi hija a todos lados, aún no me he curado de esa tristeza. En los trabajos que busco, en casas de familia, intento que me reciban con ellas, pero son trabajos que salen una vez al mes.

Buscando lo mejor para mis niñas, conocí a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Una señora me comentó acerca de las ayudas que brinda la Fundación para la alimentación de los niños, así conocí a María Elena1. Yo empecé a llevar a mi niña, que siempre estuvo bajita de peso, a la Fundación. Así conocí los procesos productivos que se proponen y me empecé a vincular con lo que se hace allí. La fundación me ha ayudado mucho, me ha colaborado con mi niña, ha aportado a su alimentación, también me ha servido para tener amigas, a socializar con más personas y a dejar la timidez.

Mis niñas y yo seguimos en pie, hacia adelante, dándole las gracias a Dios porque nos da salud, nos da vida y si tienes vida y amor lo tienes todo. Mi meta es tener un lote, tener una casa prefabricada y tener mi propio negocio, puede ser una papelería que me permita mantenerme, tener un sustento para trabajar en la casa y no estar separada de las niñas. Nosotros siempre hemos tenido esperanza, incluso cuando pasó lo del desplazamiento, incluso ahora que estoy envejeciendo y ha sido difícil encontrar un trabajo que me permita estar con las niñas. Aún mantengo la esperanza y la fe en la ayuda que me da Dios, quien es el único que sabe por lo que uno está pasando, por eso me identifico con los lirios blancos, son la flor que representa la esperanza a la que me aferro, la luz y la fe que nos acompaña para seguir adelante.

Esta crónica fue construida por Lirio, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.
(1) Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.