Lo que dejó

huella en mi vida

***

La verdad es que, cuando yo llegué a vivir a Balboa, llevaba apenas un año de casada con mi esposo, llevaba a mi bebé que estaba pequeñito, nunca había vivido en un pueblo, siempre había vivido en la ciudad, éramos jóvenes todos dos. Para mí fue muy duro porque la vida de un pueblo es muy diferente a la de una ciudad, yo allá prácticamente estaba sola, él tenía familia. Aunque era familia lejana, ellos fueron los que le ayudaron a conseguir trabajo. Al principio yo me la pasaba llorando del aburrimiento, pero cuando pasaron tres meses yo senté cabeza y dije: «tengo que adaptarme».

Los amigos que hice allá me cuentan que aún está muy difícil la situación en el pueblo, ahorita otra vez están los paramilitares y la guerrilla. Vivir dentro del conflicto es horrible, uno mantiene con una zozobra terrible y es triste ver cómo ahora vuelve a estar esa misma intranquilidad. Ellos me cuentan que es como volver a revivir esos momentos que muchas veces hemos querido olvidar. Me dicen: «Te acuerdas cuando hacían paro armado aquí en Balboa, uno no podía salir ni a la puerta porque si lo miraban en la puerta le disparan y lo mataban». Desde que me fui de Balboa he tratado de guardar muy dentro ese dolor para no verlo más. Ese dolor que deja el sabor amargo del conflicto armado en la vida de un ser humano. He tratado de no recordar lo que había vivido porque pensaba que no tenía caso hacerlo, traté muchas veces de enterrarlo y pisarlo debajo de la tierra, pero el recuerdo estaba allí noche y día.

En el tiempo que estuve en Balboa, recuerdo que uno se iba acostumbrando a lo que diariamente iba ocurriendo. Recuerdo que, cuando allá comenzaban a sonar las campanas de la iglesia católica, daba escalofríos, cada vez que sonaban era porque había muertos, cada vez que las escuchaba se me removía todo por dentro.

Yo soy de Popayán. Antes de llegar a Balboa yo viví un tiempo en Palmira y viví en ciudades grandes del Valle y el Cauca, por eso me daba muy duro al principio estar en Balboa, así que mi esposo me mandaba 15 días para Popayán y luego volvía a Balboa otros 15 días. Por esos viajes que yo hacía, la guerrilla comenzó a investigarnos. Así averiguaron que el marido de mi hermana era policía. La cuestión es que, cuando íbamos a visitar a la familia de mi esposo, nosotros nos poníamos a hablar y había personas que estaban escuchando que eran guerrilleros, pero nosotros no sabíamos.

El tiempo que viví en Balboa traté de tomarlo con mucha calma, pero hay cosas que uno jamás olvida, por ejemplo, cuando uno se encontraba personas muertas cerca a la casa. Recuerdo un día que estábamos orando en la iglesia del pueblo y la guerrilla y el Ejército entraron en combate y empezó un fuego de balas cruzadas que pasaban por encima de nuestras cabezas. Eran muy duros esos enfrentamientos en los que teníamos que vivir protegiendo a nuestros hijos. De un momento a otro empezaban a llegar hombres armados y se formaba el tiroteo. En una de esas ocasiones, yo me puse a orar y, al rato, las cosas se calmaron y todo volvió a una completa tranquilidad. Entonces regresamos a la casa y encontramos varios muertos por el camino, no dijimos nada porque, en medio de la guerra, es mejor no decir nada.

Son momentos difíciles que no se pueden olvidar, eso siempre se queda ahí, pese a que he tratado de no recordar mucho esas historias, de clavarlas profundo. Ahora puedo contarlas, las primeras veces que lo intentaba se me hacía un nudo en la garganta.

Cuando llegué a Balboa no sabía que era una zona roja, me di cuenta ya estando allá. A veces pasaban 2 a 6 meses en los que no ocurría nada, pero había días en los que se desataba un espíritu de muerte y todos los días había asesinatos. Uno apenas sentía el sonido de las balas que pasaban y lo primero que hacía era ir a esconderse, meterse debajo de una mesa. Ahí es cuando uno mira la realidad, eso lo aterra a uno. Son momentos que, sinceramente, solo quien los vive sabe la huella que dejan.

También hay recuerdos bonitos: hice muchos amigos porque yo soy muy amiguera. En la semana deportiva, que realizaban una vez al año, se hacía un ambiente muy bonito, las comidas eran muy especiales y novedosas. En diciembre se hacían comparsas y cosas así, las fiestas que se organizaban en las noches, los 28 de diciembre, eran muy bonitas, la celebración era muy bella. Uno allá conoce, sale a caminar, a coger frutos, el ambiente y el clima es mucho más puro, se siente una frescura muy diferente a lo que se siente en la ciudad. Allá teníamos un hogar feliz con mi esposo y mis tres hijos, dos niños y una niña que adoptamos en Balboa, soñábamos con verlos crecer en libertad y en armonía. Yo daba cursos de fomi, bordados en cintas, pirograbado. Contactarse con la gente así es muy bonito, poder enseñar, la gente allá casi no puede salir por el problema de orden público, es difícil que alguien vaya y dé los cursos.

Imagen Crónica Clavelito: Collage auto representativo realizado por Clavelito

Nosotros nos enteramos, por la prima de mi esposo, que estábamos siendo investigados. Ella le dijo a mi esposo que lo tenían en la mira, las FARC pensaban que yo era informante. Fue una situación muy complicada, nosotros sabíamos que no le debíamos nada a nadie, ni habíamos hecho nada malo, pero, aun así, incluso ya estando en Popayán, ellos vinieron a buscarnos para matarnos y no nos encontraron, eso pasó hace ocho años. Por eso, cuando vinimos a Popayán, nosotros nos demoramos mucho tiempo en hacer la declaración; uno no sabía quiénes son de allá o con quien se estaba hablando. A veces uno se pregunta por qué la gente no habla: es por el miedo, el miedo mata, no le permite a usted hacer muchas cosas.

Mi muñeca, la niña que adoptamos, nos cuenta que tiene mucho temor por la historia que se está viviendo allá hoy en día. El territorio está en disputa entre las disidencias de las FARC y los elenos. Ella tenía 8 años cuando yo la conocí, la mamá no la quería, ella se ofreció a cuidar a mis hijos y así se fue metiendo en mi casa y nosotros empezamos a quererla e intentamos protegerla. Ella es mi hijita, es como si la hubiera tenido en mi vientre. Ella no se vino con nosotros porque estaba a punto de casarse, fue muy doloroso tener que despedirnos.

Recuerdo el día cuando nos tocó dejar la casa que habíamos construido con tanto esfuerzo, fue el 30 de marzo del 2007, salimos a las 3 de la mañana. El recuerdo que se me quedó en mi memoria fue la mesa donde compartíamos en familia, ella quedó en medio de la sala, ese día nos invadía la tristeza, mi esposo me miraba con lágrimas en los ojos y me decía: «por qué tenemos que dejar todo lo que hemos construido con tanto esfuerzo, nos tenemos que ir con las manos vacías, pero tenemos un Dios grande que no nos va a dejar solos».

El momento de volver a Popayán, sin embargo, fue de mucha tranquilidad, era muy duro dejar lo que teníamos, lo que habíamos conseguido con tanto trabajo y a mi niña, pero pues uno sentía tranquilidad de alejarse del conflicto, además, acá estaba el apoyo de mi mamá y mi papá. Uno no supera todavía el haber perdido su casa, su propio hogar. Yo, de todas maneras, le doy gracias a Dios por permitir que saliéramos a tiempo, porque muchos de los muchachos que estaban creciendo con mis hijos ya han muerto. La vida de una persona vale mucho más que cualquier otra cosa.

Con el tiempo, ya en Popayán, participé en una asociación y ahí nos convocaron para obtener herramientas psicosociales y así poder ayudar a personas que habían pasado por situaciones similares a la mía. A mí me gusta mucho eso, me gusta ayudar. Entonces quedamos seleccionadas dos personas: María Elena1 y yo. Así comenzamos una gran amistad, comenzamos a trabajar las dos juntas acompañando procesos psicosociales, ayudando a otras personas. Primero nos capacitamos un buen tiempo y así llegamos a hacer el proceso del Jardín de la Memoria2. En este caminar nos unimos mucho. La asociación donde yo empecé se fue acabando lentamente, así que me pasé a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas y ahí seguimos con María Elena, las dos tenemos el mismo pensamiento.

A lo largo de este proceso, yo he descubierto la importancia de que las personas que han vivido momentos difíciles puedan tener un apoyo psicosocial o psicológico para poder superar lo que ha pasado; uno tiene que tratar de buscar una ayuda y saber que no se puede rendir. A pesar de todo lo que ha sucedido, hay muchas cosas bonitas en la vida que permiten superar las situaciones difíciles; mientras tenga esa voluntad de salir adelante, usted puede luchar y comenzar a mirar qué sueños tiene.

Los clavelitos son la flor de la que me hablaba mi mamá cuando yo era pequeña y su olor me recuerda al arroz con leche, también me traen a la memoria la fuerza y la tenacidad para soñar un nuevo horizonte, me recuerdan la capacidad de soñar a pesar de las dificultades que ha dejado el conflicto armado en nuestro país.
Mi sueño, por ejemplo, es tener mi casa. Dios nos ha bendecido acá donde estamos también y ahora tenemos mucho más de lo que teníamos allá, pero aún no tenemos nuestra casa propia. Yo creo que he cumplido algunos de los otros sueños que tenía: tener un taller de confecciones, poder ayudar a muchos. Poco a poco los he ido cumpliendo, he podido capacitarme y sé que, a pesar de todas las dificultades y todo lo que ha pasado, los sueños sí se pueden hacer realidad, he visto a mis hijos realizados, ahora son unos profesionales.

Esta crónica fue construida por Clavelito, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

1 Líderesa comunitaria y representante legal de la fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
2 Jardín de la memoria Vol1

Lo que dejó

huella en mi vida

***

La verdad es que, cuando yo llegué a vivir a Balboa, llevaba apenas un año de casada con mi esposo, llevaba a mi bebé que estaba pequeñito, nunca había vivido en un pueblo, siempre había vivido en la ciudad, éramos jóvenes todos dos. Para mí fue muy duro porque la vida de un pueblo es muy diferente a la de una ciudad, yo allá prácticamente estaba sola, él tenía familia. Aunque era familia lejana, ellos fueron los que le ayudaron a conseguir trabajo. Al principio yo me la pasaba llorando del aburrimiento, pero cuando pasaron tres meses yo senté cabeza y dije: «tengo que adaptarme».

Los amigos que hice allá me cuentan que aún está muy difícil la situación en el pueblo, ahorita otra vez están los paramilitares y la guerrilla. Vivir dentro del conflicto es horrible, uno mantiene con una zozobra terrible y es triste ver cómo ahora vuelve a estar esa misma intranquilidad. Ellos me cuentan que es como volver a revivir esos momentos que muchas veces hemos querido olvidar. Me dicen: «Te acuerdas cuando hacían paro armado aquí en Balboa, uno no podía salir ni a la puerta porque si lo miraban en la puerta le disparan y lo mataban». Desde que me fui de Balboa he tratado de guardar muy dentro ese dolor para no verlo más. Ese dolor que deja el sabor amargo del conflicto armado en la vida de un ser humano. He tratado de no recordar lo que había vivido porque pensaba que no tenía caso hacerlo, traté muchas veces de enterrarlo y pisarlo debajo de la tierra, pero el recuerdo estaba allí noche y día.

En el tiempo que estuve en Balboa, recuerdo que uno se iba acostumbrando a lo que diariamente iba ocurriendo. Recuerdo que, cuando allá comenzaban a sonar las campanas de la iglesia católica, daba escalofríos, cada vez que sonaban era porque había muertos, cada vez que las escuchaba se me removía todo por dentro.

Yo soy de Popayán. Antes de llegar a Balboa yo viví un tiempo en Palmira y viví en ciudades grandes del Valle y el Cauca, por eso me daba muy duro al principio estar en Balboa, así que mi esposo me mandaba 15 días para Popayán y luego volvía a Balboa otros 15 días. Por esos viajes que yo hacía, la guerrilla comenzó a investigarnos. Así averiguaron que el marido de mi hermana era policía. La cuestión es que, cuando íbamos a visitar a la familia de mi esposo, nosotros nos poníamos a hablar y había personas que estaban escuchando que eran guerrilleros, pero nosotros no sabíamos.

El tiempo que viví en Balboa traté de tomarlo con mucha calma, pero hay cosas que uno jamás olvida, por ejemplo, cuando uno se encontraba personas muertas cerca a la casa. Recuerdo un día que estábamos orando en la iglesia del pueblo y la guerrilla y el Ejército entraron en combate y empezó un fuego de balas cruzadas que pasaban por encima de nuestras cabezas. Eran muy duros esos enfrentamientos en los que teníamos que vivir protegiendo a nuestros hijos. De un momento a otro empezaban a llegar hombres armados y se formaba el tiroteo. En una de esas ocasiones, yo me puse a orar y, al rato, las cosas se calmaron y todo volvió a una completa tranquilidad. Entonces regresamos a la casa y encontramos varios muertos por el camino, no dijimos nada porque, en medio de la guerra, es mejor no decir nada.

Son momentos difíciles que no se pueden olvidar, eso siempre se queda ahí, pese a que he tratado de no recordar mucho esas historias, de clavarlas profundo. Ahora puedo contarlas, las primeras veces que lo intentaba se me hacía un nudo en la garganta.

Cuando llegué a Balboa no sabía que era una zona roja, me di cuenta ya estando allá. A veces pasaban 2 a 6 meses en los que no ocurría nada, pero había días en los que se desataba un espíritu de muerte y todos los días había asesinatos. Uno apenas sentía el sonido de las balas que pasaban y lo primero que hacía era ir a esconderse, meterse debajo de una mesa. Ahí es cuando uno mira la realidad, eso lo aterra a uno. Son momentos que, sinceramente, solo quien los vive sabe la huella que dejan.

También hay recuerdos bonitos: hice muchos amigos porque yo soy muy amiguera. En la semana deportiva, que realizaban una vez al año, se hacía un ambiente muy bonito, las comidas eran muy especiales y novedosas. En diciembre se hacían comparsas y cosas así, las fiestas que se organizaban en las noches, los 28 de diciembre, eran muy bonitas, la celebración era muy bella. Uno allá conoce, sale a caminar, a coger frutos, el ambiente y el clima es mucho más puro, se siente una frescura muy diferente a lo que se siente en la ciudad. Allá teníamos un hogar feliz con mi esposo y mis tres hijos, dos niños y una niña que adoptamos en Balboa, soñábamos con verlos crecer en libertad y en armonía. Yo daba cursos de fomi, bordados en cintas, pirograbado. Contactarse con la gente así es muy bonito, poder enseñar, la gente allá casi no puede salir por el problema de orden público, es difícil que alguien vaya y dé los cursos.

Imagen Crónica Clavelito: Collage auto representativo realizado por Clavelito

Nosotros nos enteramos, por la prima de mi esposo, que estábamos siendo investigados. Ella le dijo a mi esposo que lo tenían en la mira, las FARC pensaban que yo era informante. Fue una situación muy complicada, nosotros sabíamos que no le debíamos nada a nadie, ni habíamos hecho nada malo, pero, aun así, incluso ya estando en Popayán, ellos vinieron a buscarnos para matarnos y no nos encontraron, eso pasó hace ocho años. Por eso, cuando vinimos a Popayán, nosotros nos demoramos mucho tiempo en hacer la declaración; uno no sabía quiénes son de allá o con quien se estaba hablando. A veces uno se pregunta por qué la gente no habla: es por el miedo, el miedo mata, no le permite a usted hacer muchas cosas.

Mi muñeca, la niña que adoptamos, nos cuenta que tiene mucho temor por la historia que se está viviendo allá hoy en día. El territorio está en disputa entre las disidencias de las FARC y los elenos. Ella tenía 8 años cuando yo la conocí, la mamá no la quería, ella se ofreció a cuidar a mis hijos y así se fue metiendo en mi casa y nosotros empezamos a quererla e intentamos protegerla. Ella es mi hijita, es como si la hubiera tenido en mi vientre. Ella no se vino con nosotros porque estaba a punto de casarse, fue muy doloroso tener que despedirnos.

Recuerdo el día cuando nos tocó dejar la casa que habíamos construido con tanto esfuerzo, fue el 30 de marzo del 2007, salimos a las 3 de la mañana. El recuerdo que se me quedó en mi memoria fue la mesa donde compartíamos en familia, ella quedó en medio de la sala, ese día nos invadía la tristeza, mi esposo me miraba con lágrimas en los ojos y me decía: «por qué tenemos que dejar todo lo que hemos construido con tanto esfuerzo, nos tenemos que ir con las manos vacías, pero tenemos un Dios grande que no nos va a dejar solos».

El momento de volver a Popayán, sin embargo, fue de mucha tranquilidad, era muy duro dejar lo que teníamos, lo que habíamos conseguido con tanto trabajo y a mi niña, pero pues uno sentía tranquilidad de alejarse del conflicto, además, acá estaba el apoyo de mi mamá y mi papá. Uno no supera todavía el haber perdido su casa, su propio hogar. Yo, de todas maneras, le doy gracias a Dios por permitir que saliéramos a tiempo, porque muchos de los muchachos que estaban creciendo con mis hijos ya han muerto. La vida de una persona vale mucho más que cualquier otra cosa.

Con el tiempo, ya en Popayán, participé en una asociación y ahí nos convocaron para obtener herramientas psicosociales y así poder ayudar a personas que habían pasado por situaciones similares a la mía. A mí me gusta mucho eso, me gusta ayudar. Entonces quedamos seleccionadas dos personas: María Elena1 y yo. Así comenzamos una gran amistad, comenzamos a trabajar las dos juntas acompañando procesos psicosociales, ayudando a otras personas. Primero nos capacitamos un buen tiempo y así llegamos a hacer el proceso del Jardín de la Memoria2. En este caminar nos unimos mucho. La asociación donde yo empecé se fue acabando lentamente, así que me pasé a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas y ahí seguimos con María Elena, las dos tenemos el mismo pensamiento.

A lo largo de este proceso, yo he descubierto la importancia de que las personas que han vivido momentos difíciles puedan tener un apoyo psicosocial o psicológico para poder superar lo que ha pasado; uno tiene que tratar de buscar una ayuda y saber que no se puede rendir. A pesar de todo lo que ha sucedido, hay muchas cosas bonitas en la vida que permiten superar las situaciones difíciles; mientras tenga esa voluntad de salir adelante, usted puede luchar y comenzar a mirar qué sueños tiene.

Los clavelitos son la flor de la que me hablaba mi mamá cuando yo era pequeña y su olor me recuerda al arroz con leche, también me traen a la memoria la fuerza y la tenacidad para soñar un nuevo horizonte, me recuerdan la capacidad de soñar a pesar de las dificultades que ha dejado el conflicto armado en nuestro país.
Mi sueño, por ejemplo, es tener mi casa. Dios nos ha bendecido acá donde estamos también y ahora tenemos mucho más de lo que teníamos allá, pero aún no tenemos nuestra casa propia. Yo creo que he cumplido algunos de los otros sueños que tenía: tener un taller de confecciones, poder ayudar a muchos. Poco a poco los he ido cumpliendo, he podido capacitarme y sé que, a pesar de todas las dificultades y todo lo que ha pasado, los sueños sí se pueden hacer realidad, he visto a mis hijos realizados, ahora son unos profesionales.

Esta crónica fue construida por Clavelito, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

1 Líderesa comunitaria y representante legal de la fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
2 Jardín de la memoria Vol1