La rama de olivo

***

Nací y me crie en Popayán. Mi abuelo era militar y salió pensionado de sargento, él siempre me contaba sus historias, por eso uno se iba metiendo en el rol de irse por ahí. Yo tenía a mi mamá, pero no tenía la opción de que ella me dijera: «Mire yo le gasto esta carrera». Así que, llegado el momento, yo vi que lo más factible era entrar como soldado voluntario. Uno se mete al Ejército con un propósito: buscar la pensión. Nadie entra pensando: «A mí me van a matar, a mí me van a herir», pero uno no sabe el futuro que traerá al meterse en las Fuerzas Militares. Si yo hubiera sabido lo que me iba a pasar, pues yo no me meto. Aunque las Fuerzas Militares también me gustan, eso nace del alma.

El servicio militar dura un año, en ese tiempo yo no salí a combatir, me tocaba hacer guardia, lo cotidiano. Presté servicio desde 1996 hasta 1998, yo entré a los 17 años. Luego, decían que necesitaban soldados voluntarios, así que me incorporé. Yo quería hacer el curso de suboficial, pero no pude porque no tenía los recursos, por eso ingresé el 14 de octubre de 1999 al Batallón José Hilario López, como soldado voluntario.

En el año 2000, tuvimos un enfrentamiento y yo fui herido en el brazo izquierdo, estábamos en Timbío e hicimos un retén, al rato se vino una chorrera y nos dijeron: «¡Está la guerrilla!». En ese tiempo, ellos hacían los retenes y las pescas milagrosas.

Estábamos con el capitán Pinzón y nos fuimos para la parte de Lencenillo, allí entramos en contacto con el Octavo Frente de las FARC. Yo era de la cuarta escuadra, que son los que están más atrás, entramos a una parte de selva, había matas de café. Un guerrillero se escondió en un árbol, íbamos en línea, cuando sonó un rafagazo y todo el mundo se tiró al suelo. El capitán Pablo Andrés Pinzón murió ese día, también murió el soldado voluntario Garcés, el capitán murió de inmediato, el soldado quería hablar, pero no pudo. Uno entra en shock, yo no me di cuenta de que estaba herido, por la misma adrenalina del momento. El soldado dejó una esposa en embarazo, el capitán era de Bogotá, él era un muy buen capitán, le faltaban quince días para que lo trasladaran a Bogotá, la muerte lo persigue a uno a veces.

A mí me trasladaron a Bogotá y me hicieron el tratamiento, me sacaron una ojiva del brazo. Yo no quise que me hicieran junta médica porque ese era el temor de los soldados, que lo sacaran a uno del Ejército. La cosa era curarme. Cuando me recuperé, salí a patrullar, seguí en el pelotón. Yo pertenecía a un grupo especial que era de reacción, ahí fue cuando a nosotros, el 20 de agosto del año 2003, nos dijeron que la Columna Móvil Jacobo Arenas de las FARC había salido a las pescas milagrosas.

Llegamos a El Pital, ahí hay una entrada que va de Siberia a Caldono, nosotros entramos por ahí. Allí estaban los soldados regulares y la Policía. Nosotros entramos porque éramos los profesionales; empezamos a disparar y la guerrilla no se alcanzó a llevar los carros. Yo salí punteando, luego esperé al segundo compañero, cuando sonó ¡boom!, una explosión, y se armó el tiroteo de lado a lado. A mí me salvó una nube de humo que se formó.

Yo boté el fusil por la misma reacción de la explosión, salí a un matorral por la misma adrenalina que uno tiene, en esas caí a un barranco, al caer, sentía que el estómago lo tenía pesadísimo, me quité la camisa, el chaleco y la explosión me había entrado por la boca y exploró hasta llegar al estómago, me lo reventó. También me habían pegado un tiro cerca del pulmón y del corazón, pero yo no lo sentí por la misma adrenalina. Yo ya había visto morir a tantos compañeros, que ahí es cuando uno comienza a pensar.

Al llegar al hospital yo ya no tenía sangre. Yo pensaba: «¡Dios mío, déjame conocer a mi bebé, le faltaban 40 días para nacer!». Esa parte es dura, no poder despedirse, despedirme de mi mamá y de mi familia para poder descansar en paz. Sin embargo, acá sigo, yo creo que mi Dios me tenía algo para hacer más adelante.

A mi esposa también la hospitalizaron por el mismo shock, casi se le viene la niña, en el hospital estaba toda mi familia. Fue muy difícil la recuperación, no podía comer, todo era con suero, me operaron varias veces. Me trasladaron el 29 de septiembre a Cali y el 30 nació mi bebé, no pude conocerla en el momento, en ese tiempo no había celulares ni nada para que me mandaran fotos. En Cali duré casi dos meses y me hicieron dos operaciones para que el pulmón se expandiera.

De ahí salí a conocer a mi bebé, salí con 45 kilos, acabadísimo, antes yo pesaba 90 kilos. Fue muy duro estar en el hospital, con todos esos tubos. Eso es algo que no le recomiendo nadie. Yo duré un tiempo recuperándome, como a los dos meses o tres meses fui al dispensario a curaciones, me sacaron los puntos, comencé a mejorar y a mirar qué se podía hacer. El coronel me colocó de escolta. Después de dos años me sentía mejor, salió un grupo que se llamaba Grupo Especial de Operaciones Sicológicas, eran seis soldados, tres suboficiales y un oficial. Estuvimos haciendo cursos en Bogotá y después nos mandaban a los batallones. El curso era dirigido a la parte social, hacíamos de payasos, sabíamos estampar las camisetas de los niños, esa era la labor. Entrábamos a los pueblos que habían sido golpeados por el conflicto, no andábamos con armamento, andaba un pelotón cuidándonos y entrábamos a estar con la población civil, a ganarnos su confianza. Uno se preguntaba, sin embargo: si usted está en un pueblo 15 días y luego se va, ¿quién queda ahí? Pues las FARC. Uno miraba las estaciones de policía y las iglesias todas destruidas.

En el año 2009 me mandaron a hacer junta médica y el 15 de octubre me llegó la baja, me decían que debía salir pensionado. Cuando me dijeron eso fue muy triste, yo tenía un objetivo y ya llevaba 10 años en el Ejército, me faltaban otros diez para pensionarme, yo me quería quedar. Yo amaba mi Ejército, eso fue como un baldado de agua fría, uno ya está acostumbrado a esa vida. A uno le duele el corazón haber dado su juventud y que solo le sirva al Ejército si uno está bien para el combate, y si ya no, pues no.

Cuando salí, me tocó mirar qué se podía hacer. Entonces trabajé donde mi tía, ella tiene un restaurante donde vende lechona y tamales. Con el tiempo, entré a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas como asociado. Cuando salió todo esto de la parte de la memoria, donde cada uno contaba sus narrativas, hicimos los Lienzos de la memoria1. Al empezar a pensar en cómo íbamos a contar las historias de los cuadros que habíamos pintado, los sicólogos que nos acompañaban me decían que yo estaba pensando en la guerra, y claro, uno queda traumatizado.

Uno sueña con la guerra, uno revive todo lo que le pasó, han pasado 17 años y yo a veces aún sueño con eso. Para eso no hay cura, aunque ya no es como antes, ya no me levanto como si me estuvieran atacando, pero uno sigue soñando.

Yo salí pensionado en el año 2009 y, en el 2011, la Caja Promotora de Vivienda Militar nos dio una casa en Palmira, Valle, por el Fondo de Solidaridad. Eran unas casas para soldados heridos en combate, sin embargo, nos dieron la casa en el peor lado de Palmira, en el barrio Villa Caimitos, que ahora se llama Bicentenario. Nos fuimos con mucho anhelo, pero eso fue un infierno. Allá llegaban las FARC y la delincuencia común, hay amigos a los que les robaron las prótesis y los extorsionaban para devolvérselas. Entonces yo le dije a mi esposa y a mi hija: «Regresemos a Popayán, toca pagar arriendo, pero así no nos van a matar». A los tantos meses que me vine mataron al soldado Obregón y a su familia, él era líder allá. Después de eso nos fuimos a Bogotá, nos pusimos a hacer huelga, estuvimos haciendo protesta y ni siquiera salió un general a preguntarnos qué estábamos haciendo o qué había pasado. Hasta la fecha no nos han resuelto nuestra situación de vivienda. Por eso yo les dije a otros veteranos: «Si nosotros no luchamos por nuestros derechos nada va a pasar».

Luego de eso yo entré a la fundación. Fue muy bonito porque yo era el único militar y, aun así, doña María Elena2 me acogió, así que pudimos trabajar juntos. Con doña María Elena comenzamos a conversar para que yo pudiera hacer una asociación, ella me ayudó a crear mis estatutos y comencé a convocar a otros soldados. Empezamos con 13 y ahora somos 37. Ella me guio porque ya tenía la experiencia. Con mis compañeros comenzamos también a hacer un proceso de memoria, porque nuestra intención es ser visibles. Así creamos la Asociación de Militares Sobrevivientes del Conflicto Armado del Cauca «Sendero de Paz». Empezamos a escuchar nuestras historias y cada historia era más desgarradora que la anterior, a muchos soldados les han dado la espalda. La gente dice: «Es que a los soldados los pensionan». Yo le doy gracias a Dios de que nos den esa pensión, pero es que no alcanza para vivir dignamente.

A través de esta asociación, yo le dije a los veteranos: «Tenemos que luchar por los derechos de la fuerza pública, de nosotros mismos». Por eso hicimos un proceso de memoria que expusimos el 13 de marzo del año 2020 en La Casa de la Moneda de Popayán, pero ahí nos cogió la pandemia. Entonces, lo tenemos guardado en la casa, con el sueño de hacer un portal web o encontrar alguna forma en la que lo podamos visibilizar, estamos buscando la plata para hacerlo.

Cuando yo quedé herido, los mismos doctores decían que eso fue un impacto muy grande, yo hubiera tenido que estar muerto, pero yo creo que mi misión era poder guiar a las viudas y a los veteranos para exigir nuestros derechos. Hemos comenzado esa lucha y se han visto algunos resultados. Ahora está la posibilidad de que podamos estudiar en una universidad, pero aún hay varias falencias, cada rango tiene una agremiación, cada uno tiene unos derechos, entonces a los oficiales no les vulneran sus derechos, pero a los soldados, que somos de estrato 1 o 2, sí. Somos nosotros los que no podemos estudiar, a los que nos han dado la baja en el Ejército, a los que no nos dan trabajo, nos toca esforzarnos muy duro para poder servir a la sociedad y para no depender de la pensión, sino depender de un proyecto que sea nuestro.

Hoy en día, después de pasar por todo esto, yo le diría a las guerrillas que siguen combatiendo: esto es una guerra absurda, nos estamos matando entre los mismos. La gente que entra a la guerrilla son campesinos, son gente que no ha tenido estudio, no ha tenido ese apoyo de los papás, somos los que estamos en los estratos básicos. El Estado le dice a uno que estamos luchando por el pueblo y a ellos también les dicen lo mismo, no debemos luchar entre nosotros, los mismos colombianos nos estamos matando. Es muy triste ver que las cosas se están poniendo igual que antes, igual que en los años noventa y en los años dos mil. Por eso, en estos días, yo pienso mucho en la rama de olivo, con la que me identifico, ella es un símbolo mundial de la paz, se usaba como una ofrenda de paz entre ejércitos enemigos, quizás eso es lo que necesitamos hoy en día.

Por mi parte, sueño con conseguir un terreno donde podamos vivir dignamente, una granja agrosostenible para no estar pagando arriendo cada mes. Ahora comenzamos a estudiar en el SENA, nos dieron 50 gallinas para que podamos comenzar nuestro proceso, un coronel nos donó unas semillas, estamos sembrando cilantro, cebolla y queremos hacer un proyecto que se llama: Huevos de Campo, Gallina Feliz. Queremos prosperar con una incubadora de gallinas de campo. Esa es la lucha de nosotros, conseguir un terreno, salir adelante, tener una pensión digna y seguir exigiendo nuestros derechos.

Esta crónica fue construida por Olivo, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

(1) Lienzos de la memoria, rostros de paz
(2) Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.

La rama de olivo

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Nací y me crie en Popayán. Mi abuelo era militar y salió pensionado de sargento, él siempre me contaba sus historias, por eso uno se iba metiendo en el rol de irse por ahí. Yo tenía a mi mamá, pero no tenía la opción de que ella me dijera: «Mire yo le gasto esta carrera». Así que, llegado el momento, yo vi que lo más factible era entrar como soldado voluntario. Uno se mete al Ejército con un propósito: buscar la pensión. Nadie entra pensando: «A mí me van a matar, a mí me van a herir», pero uno no sabe el futuro que traerá al meterse en las Fuerzas Militares. Si yo hubiera sabido lo que me iba a pasar, pues yo no me meto. Aunque las Fuerzas Militares también me gustan, eso nace del alma.

El servicio militar dura un año, en ese tiempo yo no salí a combatir, me tocaba hacer guardia, lo cotidiano. Presté servicio desde 1996 hasta 1998, yo entré a los 17 años. Luego, decían que necesitaban soldados voluntarios, así que me incorporé. Yo quería hacer el curso de suboficial, pero no pude porque no tenía los recursos, por eso ingresé el 14 de octubre de 1999 al Batallón José Hilario López, como soldado voluntario.

En el año 2000, tuvimos un enfrentamiento y yo fui herido en el brazo izquierdo, estábamos en Timbío e hicimos un retén, al rato se vino una chorrera y nos dijeron: «¡Está la guerrilla!». En ese tiempo, ellos hacían los retenes y las pescas milagrosas.

Estábamos con el capitán Pinzón y nos fuimos para la parte de Lencenillo, allí entramos en contacto con el Octavo Frente de las FARC. Yo era de la cuarta escuadra, que son los que están más atrás, entramos a una parte de selva, había matas de café. Un guerrillero se escondió en un árbol, íbamos en línea, cuando sonó un rafagazo y todo el mundo se tiró al suelo. El capitán Pablo Andrés Pinzón murió ese día, también murió el soldado voluntario Garcés, el capitán murió de inmediato, el soldado quería hablar, pero no pudo. Uno entra en shock, yo no me di cuenta de que estaba herido, por la misma adrenalina del momento. El soldado dejó una esposa en embarazo, el capitán era de Bogotá, él era un muy buen capitán, le faltaban quince días para que lo trasladaran a Bogotá, la muerte lo persigue a uno a veces.

A mí me trasladaron a Bogotá y me hicieron el tratamiento, me sacaron una ojiva del brazo. Yo no quise que me hicieran junta médica porque ese era el temor de los soldados, que lo sacaran a uno del Ejército. La cosa era curarme. Cuando me recuperé, salí a patrullar, seguí en el pelotón. Yo pertenecía a un grupo especial que era de reacción, ahí fue cuando a nosotros, el 20 de agosto del año 2003, nos dijeron que la Columna Móvil Jacobo Arenas de las FARC había salido a las pescas milagrosas.

Llegamos a El Pital, ahí hay una entrada que va de Siberia a Caldono, nosotros entramos por ahí. Allí estaban los soldados regulares y la Policía. Nosotros entramos porque éramos los profesionales; empezamos a disparar y la guerrilla no se alcanzó a llevar los carros. Yo salí punteando, luego esperé al segundo compañero, cuando sonó ¡boom!, una explosión, y se armó el tiroteo de lado a lado. A mí me salvó una nube de humo que se formó.

Yo boté el fusil por la misma reacción de la explosión, salí a un matorral por la misma adrenalina que uno tiene, en esas caí a un barranco, al caer, sentía que el estómago lo tenía pesadísimo, me quité la camisa, el chaleco y la explosión me había entrado por la boca y exploró hasta llegar al estómago, me lo reventó. También me habían pegado un tiro cerca del pulmón y del corazón, pero yo no lo sentí por la misma adrenalina. Yo ya había visto morir a tantos compañeros, que ahí es cuando uno comienza a pensar.

Al llegar al hospital yo ya no tenía sangre. Yo pensaba: «¡Dios mío, déjame conocer a mi bebé, le faltaban 40 días para nacer!». Esa parte es dura, no poder despedirse, despedirme de mi mamá y de mi familia para poder descansar en paz. Sin embargo, acá sigo, yo creo que mi Dios me tenía algo para hacer más adelante.

A mi esposa también la hospitalizaron por el mismo shock, casi se le viene la niña, en el hospital estaba toda mi familia. Fue muy difícil la recuperación, no podía comer, todo era con suero, me operaron varias veces. Me trasladaron el 29 de septiembre a Cali y el 30 nació mi bebé, no pude conocerla en el momento, en ese tiempo no había celulares ni nada para que me mandaran fotos. En Cali duré casi dos meses y me hicieron dos operaciones para que el pulmón se expandiera.

De ahí salí a conocer a mi bebé, salí con 45 kilos, acabadísimo, antes yo pesaba 90 kilos. Fue muy duro estar en el hospital, con todos esos tubos. Eso es algo que no le recomiendo nadie. Yo duré un tiempo recuperándome, como a los dos meses o tres meses fui al dispensario a curaciones, me sacaron los puntos, comencé a mejorar y a mirar qué se podía hacer. El coronel me colocó de escolta. Después de dos años me sentía mejor, salió un grupo que se llamaba Grupo Especial de Operaciones Sicológicas, eran seis soldados, tres suboficiales y un oficial. Estuvimos haciendo cursos en Bogotá y después nos mandaban a los batallones. El curso era dirigido a la parte social, hacíamos de payasos, sabíamos estampar las camisetas de los niños, esa era la labor. Entrábamos a los pueblos que habían sido golpeados por el conflicto, no andábamos con armamento, andaba un pelotón cuidándonos y entrábamos a estar con la población civil, a ganarnos su confianza. Uno se preguntaba, sin embargo: si usted está en un pueblo 15 días y luego se va, ¿quién queda ahí? Pues las FARC. Uno miraba las estaciones de policía y las iglesias todas destruidas.

En el año 2009 me mandaron a hacer junta médica y el 15 de octubre me llegó la baja, me decían que debía salir pensionado. Cuando me dijeron eso fue muy triste, yo tenía un objetivo y ya llevaba 10 años en el Ejército, me faltaban otros diez para pensionarme, yo me quería quedar. Yo amaba mi Ejército, eso fue como un baldado de agua fría, uno ya está acostumbrado a esa vida. A uno le duele el corazón haber dado su juventud y que solo le sirva al Ejército si uno está bien para el combate, y si ya no, pues no.

Cuando salí, me tocó mirar qué se podía hacer. Entonces trabajé donde mi tía, ella tiene un restaurante donde vende lechona y tamales. Con el tiempo, entré a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas como asociado. Cuando salió todo esto de la parte de la memoria, donde cada uno contaba sus narrativas, hicimos los Lienzos de la memoria1. Al empezar a pensar en cómo íbamos a contar las historias de los cuadros que habíamos pintado, los sicólogos que nos acompañaban me decían que yo estaba pensando en la guerra, y claro, uno queda traumatizado.

Uno sueña con la guerra, uno revive todo lo que le pasó, han pasado 17 años y yo a veces aún sueño con eso. Para eso no hay cura, aunque ya no es como antes, ya no me levanto como si me estuvieran atacando, pero uno sigue soñando.

Yo salí pensionado en el año 2009 y, en el 2011, la Caja Promotora de Vivienda Militar nos dio una casa en Palmira, Valle, por el Fondo de Solidaridad. Eran unas casas para soldados heridos en combate, sin embargo, nos dieron la casa en el peor lado de Palmira, en el barrio Villa Caimitos, que ahora se llama Bicentenario. Nos fuimos con mucho anhelo, pero eso fue un infierno. Allá llegaban las FARC y la delincuencia común, hay amigos a los que les robaron las prótesis y los extorsionaban para devolvérselas. Entonces yo le dije a mi esposa y a mi hija: «Regresemos a Popayán, toca pagar arriendo, pero así no nos van a matar». A los tantos meses que me vine mataron al soldado Obregón y a su familia, él era líder allá. Después de eso nos fuimos a Bogotá, nos pusimos a hacer huelga, estuvimos haciendo protesta y ni siquiera salió un general a preguntarnos qué estábamos haciendo o qué había pasado. Hasta la fecha no nos han resuelto nuestra situación de vivienda. Por eso yo les dije a otros veteranos: «Si nosotros no luchamos por nuestros derechos nada va a pasar».

Luego de eso yo entré a la fundación. Fue muy bonito porque yo era el único militar y, aun así, doña María Elena2 me acogió, así que pudimos trabajar juntos. Con doña María Elena comenzamos a conversar para que yo pudiera hacer una asociación, ella me ayudó a crear mis estatutos y comencé a convocar a otros soldados. Empezamos con 13 y ahora somos 37. Ella me guio porque ya tenía la experiencia. Con mis compañeros comenzamos también a hacer un proceso de memoria, porque nuestra intención es ser visibles. Así creamos la Asociación de Militares Sobrevivientes del Conflicto Armado del Cauca «Sendero de Paz». Empezamos a escuchar nuestras historias y cada historia era más desgarradora que la anterior, a muchos soldados les han dado la espalda. La gente dice: «Es que a los soldados los pensionan». Yo le doy gracias a Dios de que nos den esa pensión, pero es que no alcanza para vivir dignamente.

A través de esta asociación, yo le dije a los veteranos: «Tenemos que luchar por los derechos de la fuerza pública, de nosotros mismos». Por eso hicimos un proceso de memoria que expusimos el 13 de marzo del año 2020 en La Casa de la Moneda de Popayán, pero ahí nos cogió la pandemia. Entonces, lo tenemos guardado en la casa, con el sueño de hacer un portal web o encontrar alguna forma en la que lo podamos visibilizar, estamos buscando la plata para hacerlo.

Cuando yo quedé herido, los mismos doctores decían que eso fue un impacto muy grande, yo hubiera tenido que estar muerto, pero yo creo que mi misión era poder guiar a las viudas y a los veteranos para exigir nuestros derechos. Hemos comenzado esa lucha y se han visto algunos resultados. Ahora está la posibilidad de que podamos estudiar en una universidad, pero aún hay varias falencias, cada rango tiene una agremiación, cada uno tiene unos derechos, entonces a los oficiales no les vulneran sus derechos, pero a los soldados, que somos de estrato 1 o 2, sí. Somos nosotros los que no podemos estudiar, a los que nos han dado la baja en el Ejército, a los que no nos dan trabajo, nos toca esforzarnos muy duro para poder servir a la sociedad y para no depender de la pensión, sino depender de un proyecto que sea nuestro.

Hoy en día, después de pasar por todo esto, yo le diría a las guerrillas que siguen combatiendo: esto es una guerra absurda, nos estamos matando entre los mismos. La gente que entra a la guerrilla son campesinos, son gente que no ha tenido estudio, no ha tenido ese apoyo de los papás, somos los que estamos en los estratos básicos. El Estado le dice a uno que estamos luchando por el pueblo y a ellos también les dicen lo mismo, no debemos luchar entre nosotros, los mismos colombianos nos estamos matando. Es muy triste ver que las cosas se están poniendo igual que antes, igual que en los años noventa y en los años dos mil. Por eso, en estos días, yo pienso mucho en la rama de olivo, con la que me identifico, ella es un símbolo mundial de la paz, se usaba como una ofrenda de paz entre ejércitos enemigos, quizás eso es lo que necesitamos hoy en día.

Por mi parte, sueño con conseguir un terreno donde podamos vivir dignamente, una granja agrosostenible para no estar pagando arriendo cada mes. Ahora comenzamos a estudiar en el SENA, nos dieron 50 gallinas para que podamos comenzar nuestro proceso, un coronel nos donó unas semillas, estamos sembrando cilantro, cebolla y queremos hacer un proyecto que se llama: Huevos de Campo, Gallina Feliz. Queremos prosperar con una incubadora de gallinas de campo. Esa es la lucha de nosotros, conseguir un terreno, salir adelante, tener una pensión digna y seguir exigiendo nuestros derechos.

Esta crónica fue construida por Olivo, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

(1) Lienzos de la memoria, rostros de paz
(2) Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.