Un clamor por la vida

en un canto por la exigencia del nunca más

***

En el campo, donde yo me crie, siempre se come temprano, después de comer, mis hermanos y yo salíamos a jugar con las luciérnagas, jugábamos a cogerlas. Yo era la mayor de 5 hermanos, también era la única mujer, mi relación con mis hermanos era buena, a veces peleábamos, como todo niño, pero las peleas no duraban mucho. Por ser la mayor, yo era la que me quedaba con los muchachos, poniendo la olla, calentando la comida, ayudando a criarlos. Vivíamos en un terrenito en la vereda El Altillo de Timbío, Cauca. Allí podíamos cosechar, la vida era muy agradable, con pocas cosas podíamos vivir. Recuerdo que a veces nos íbamos a lavar la ropa y, mientras se secaba, nadábamos en una quebrada donde había unas cuencas donde podíamos bañarnos.

Yo tenía 20 años cuando mi hermano Henry Mauricio fue asesinado, él tenía 19. Cuando recibí la noticia, fue como si el tiempo retrocediera a esas épocas de la infancia en las que salía con él a nadar y a jugar. El dolor era tan intenso que me dolía el pecho muy profundo. Antes de que lo asesinaran, recuerdo que yo estaba en la casa de mi mamá, íbamos a ir a una celebración de primera comunión de una prima. La noche antes de la reunión, las puertas sonaban, se escuchaban pasos en la casa, había sonidos de cosas que se arrastraban. Yo le decía a mí hermano Carlos: «¿Qué será que va a pasar?». Tenía un presentimiento. Al día siguiente nos fuimos para la primera comunión, cuando llegamos a la fiesta llegó mi hermano Carlos y nos dijo que nos tocaba devolvernos urgente a Timbío porque habían asesinado a mi hermano. De ahí me tocó ir a Popayán a identificar el cuerpo, yo fui la primera en verlo, había como 4 muchachos más que habían matado, fue horrible. Mi mamá no recuerda ese momento porque se desmayó.

Eso fue el 11 de junio de 1992. Por esa época, en el pueblo, la gente no podía estar hasta tarde en la calle, en esos días estaban «haciendo limpieza», por eso mataban a mucha gente, todavía hoy en día uno escucha que pasan esas cosas. Decían que eran los paramilitares, otros decían que era la guerrilla, nosotros nunca pudimos saber qué pasó, la Fiscalía investigó, pero uno no sabe cómo es la ley que rige realmente el campo. Ahí se quedó todo, mi papá intentó preguntar, pero nunca le dieron razón, él decía que eso no debía quedar así, pero a mi mamá le daba temor.

A mis 26 años, tuve a mi primer hijo. No conoció a su tío, mis hijos lo conocen por fotos que yo guardo como un tesoro. Yo lo recuerdo con mucho amor, me gustaba mucho cómo era con mi mamá el Día de la Madre, siempre pensaba en qué recuerdo le iba a llevar, él era muy especial con mi mamita. De niño era muy extrovertido, muy humano, siempre le gustó ayudar mucho a la gente, era muy honrado y trabajador. Cuando no había trabajo ayudaba en una cantina y a veces cogía café o deshierbaba. Le gustaba mucho hacer fonomímica con canciones de Vicente Fernández, también le gustaba mucho Rafael Orozco. A ese cantautor lo asesinaron el mismo día que a mi hermano. Él también soñaba con ser cantante y producir un disco con sus historias y su propia música.

Yo ayudaba mucho a mi mamá por la época de la muerte de mi hermano porque no les alcanzaba con lo que ellos ganaban. Yo trabajaba en casas de familia, los martes estudiaba modistería y los sábados estudiaba en Copa, Cauca, para terminar mi primaria, pero no alcancé a terminar porque quedé embarazada de mi hijo. Cuando tuve a mis muchachos tuve que dejar de hacer mis cosas y vivir con mi papá y mi mamá, porque el papá de mis hijos no me colaboraba. Sin embargo, a distancia, terminé un curso de modistería en el SENA. Me parecía importante estudiar para tener más conocimiento y poder dar una mejor vida a mis hijos, mejor de la que yo iba a tener.

Yo fui la primera en irme para Popayán, me fui cuando mi hijo tenía 3 años y la niña 1 año. El campo y la ciudad son muy diferentes. En el campo, aquí en Colombia, tenemos dos mandos: la ley del monte y el que manda en la ciudad. Uno como ser humano tiene que adaptarse a muchas cosas.

Antes de que me fuera a Popayán, cuando aún vivía con mis papás, una mañana me levanté a darle teta a mi hija que estaba pequeña y coincidí con mi papá. Mi papito era muy trabajador, trabajaba en la Defensa Civil porque le gustaba aportar a la comunidad. Para vivir, él arrendaba un terreno del río y se iba con mis hermanos a sacar arena. Cuando no había, trabajaba en el campo, como mayordomo o deshierbando. El sueño de él era construirle una casita de ladrillo a mi mamá, en donde vivíamos se cocinaba con leña y la casa era de bahareque. Esa mañana temprano, mi papá tenía que salir a las 3 a. m. porque decía que el río Cauca, si llovía a tales horas, se subía. Cuando me lo encontré, él se despidió y me dijo que no se demoraba. Pasaron unas horas y llamaron a mis hermanos, les dieron la noticia de que él estaba herido, mi mamá fue a verlo y, cuando llegó, me dijo que ella creía que de esa noche no pasaba. Mi papá murió el 13 de agosto de 1999.

A mi papito ya lo habían amenazado. Un día llegó y nos contó que le habían disparado y le habían rosado el estómago, él no nos contó quienes habían sido, no sabíamos más que eso. Nosotros le dijimos que denunciara, él pensó que era algo pasajero, pero no fue así. Como a él le gustaba trabajar mucho con la comunidad, ayudar mucho a la gente por su labor en la Defensa Civil, él era muy visible. En el periódico salió que quien lo asesinó había sido la guerrilla, pero nunca pudimos saber si fue así. En ese momento uno queda como si se le fuera el mundo, mi papito era quien me ayudaba con mis niños. Después me tocó salir a buscar trabajo y a hacer mi ranchito de cartón en un asentamiento en Popayán. Toda la familia llegó allá tiempo después que yo, mi papá nos había suplicado que si algo le pasaba debíamos salir de inmediato para proteger nuestra vida.

Imagen Crónica Margarita: Collage auto representativo realizado por Margarita

No sé por qué los territorios se ven tan afectados por la guerra, yo pienso que es por la tierra, que es porque las personas que hacen la guerra o las personas que viven del narcotráfico quieren esos territorios para ellos y por eso tantas personas tienen que desplazarse a la ciudad. En medio de un conflicto armado uno no sabe por qué asesinan a las personas que no tienen nada que ver con la guerra. Llegar a la ciudad es enfrentar obstáculos que te ponen en el camino y es tratar de seguir adelante, ellos no son conscientes de que la guerra destruye y desintegra familias.

En Popayán, fui fundadora del asentamiento a donde llegué en la quebrada Pubus, allí hacíamos marchas, íbamos a la alcaldía. Me vine a invadir y tocaba luchar mucho, hacer vigilancia, los policías venían y nos quemaban los plásticos y las guaduas. Después, con la organización de junta, empezamos a hacer los ranchitos, yo me pasé y me hice una piecita chiquita de plástico y la casita era de guadua, esterilla, yute y cartón; cocinaba con leña e iluminaba con vela. Cuando empecé a trabajar, pude poner la luz y el agua. Era un ranchito muy chiquitico.

Para mí fue muy duro reiniciar la vida en Popayán y, fuera de eso, separarme de mi familia. Imagínense, una señora, con dos niños: un niño de 3 años y una bebé, eso es muy difícil. Tocaba sacar de donde fuera, ir puerta por puerta y decir: «Vea, yo soy una señora que lavo ropa, hago aseo». Me pagaban 1500 pesos por tanda de ropa, me tocaba levantarme a las 4 de la mañana a dejarles almuerzo y desayuno a mis niños. Acá a uno no le dan los centavitos, sino que toca trabajar y trabajar. Hoy en día, hago arreglos, tamales, aseo, no hay trabajo fácil. En esa época trabajé en un restaurante, trabajé con maestros de construcción vendiendo arepas, trabajaba en lo que hubiera para mantener a mis niños.

En el año 2007, cuando no tenía otro trabajo, vendía café, me llevaba mi termo de café, aguapanela, limonada, jugos, retacadas y papa con ají y los ponía a trabajar. Me iba a caminar todo Popayán, me iba a pie desde la quebrada Pubus hasta La Esmeralda y al centro, al barrio Bolívar. En semana santa era la mejor época, los artesanos nos colaboraban bastante. Mis niños se iban a ayudarme, se cogían de mis pantalones para pasar las calles. Varias veces se me perdió mi hijo, yo les decía siempre que si se perdían tenían que buscar una policía y decirle su nombre, el barrio en el que vivían y el nombre de su mamá. Ahora ya están grandes, mi hija hizo un curso en el SENA de personal administrativo de salud, mi hijo me hizo abuela, así se va creciendo la familia.

Mi papá me dejó un legado muy importante: a él le gustaba trabajar con la comunidad y eso me gusta hacer a mí también. Sola, entre todos mis hermanos, soy yo la que ha buscado exigir nuestros derechos. Mis hermanos me dicen a veces que no se puede reparar la pérdida de una vida con temas económicos. Si habláramos de reparación integral, no alcanzaría una vida para restituir los sueños y todo lo que hemos perdido, pero, pese a esto, yo sigo trabajando para que las cosas que nos pasaron no se vuelvan a repetir, para que mis hijos conozcan lo que pasó y que queden estas luchas y estos relatos como una exigencia y una forma de contar la verdad desde la voz de las víctimas del conflicto.

Cuando yo estuve en el comité ejecutivo y el comité de asistencia humanitaria de la Mesa de Víctimas de Popayán, me di cuenta de muchas cosas y por eso me amenazaron. Había muchos líderes que se aprovechaban de las personas que no conocen sus derechos. Nosotros, al ver eso, hicimos capacitaciones y les quitamos esa posibilidad. Estuvimos en los municipios, en los pueblos, para hacer llegar ese mensaje a las personas: no hay que pagar. Por ejemplo, por poner un derecho de petición, nos ganamos muchos enemigos. También estuvimos en los colegios y megacolegios de Popayán haciendo conocer a los niños sus derechos.

A mí siempre me ha gustado mucho capacitarme, si uno se queda quieto, no avanza, para avanzar toca conocer, además, siempre me ha gustado terminar todo lo que hago. En 2014 me gradué de bachiller y he estudiado para ser una guía de paz y acompañar un proyecto de turismo en el Cauca. También me he convertido en una cuidadora en procesos de memoria histórica. En medio de esta búsqueda por capacitarme, llegué a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas hace 15 años.

Al principio no me llamaba mucho la atención, pero cuando empezamos a hacer manualidades y a contar nuestras historias empezó a gustarme. Al escuchar todas nuestras historias, nos dimos cuenta de que las que estábamos ahí éramos todas mujeres desplazadas y que debíamos tener mucha fortaleza. Yo siempre pensaba que contar mi historia me hacía mucho daño, pero, a partir del proceso que hice con la fundación, yo vi lo importante de contar y sanar. He experimentado un cambio en mi vida que me ha permitido perdonar a los demás y vivir tranquila.

Uno nunca va a olvidar, los recuerdos van a quedar siempre. Al principio, cada vez que yo intentaba contar mi historia, me volvía un mar de llantos, pero ahora ya puedo contar. Los procesos que hacemos en la fundación me sirvieron para ayudar a hacer memoria colectiva, esa memoria que tejemos a diario con nuestras luchas de resistencia, con nuestras historias de dolor, que nos han hecho acreedoras del nombre de «víctimas», pero, más que eso, con esta historia, yo me hago acreedora al nombre de superviviente.

La vida en Popayán no ha sido fácil, en el asentamiento de la quebrada Pubus también hacían limpiezas sociales. Varias veces me tocó tirarme con los niños a un barranco que quedaba al lado de mi ranchito, para cuidarlos de las balas que los encapuchados disparaban. Uno viene de donde han pasado muchas cosas, primero mi hermano, después de 7 años mi papá y en la ciudad también lo reciben a uno con mucha violencia, fue muy duro.

Por el año 2005, cuando yo llevaba un año en el asentamiento, mi ranchito se me quemó y lo único que pude sacar fue a mis dos hijos. Ese día se quemaron 7 ranchos, pero no murió nadie. Tiempo después, pude reconstruir mi rancho, pero por la ola invernal se me inundó, porque vivíamos al lado de una laguna. Por eso busqué ayuda con la Cruz Roja. Tuvimos que hacer muchas vueltas, muchos papeles y tuvimos que esperar bastante, fue una lucha larga, tuvimos que hacer una fila que duró una semana. Había mucha gente buscando esas ayudas, pero, finalmente, después de pasar muchos filtros y dificultades, en el 2014 nos llamaron y nos dijeron que habíamos salido beneficiados de un apartamento donde ahora vivo. Creo que lo único que no podemos perder es la esperanza, mientras tengamos vida y salud podemos construir un futuro diferente, a pesar de que hemos tenido que vivir padeciendo.

Para el futuro, me gustaría algún día que la fundación tuviera un terreno propio, porque es un lugar que ha ayudado a muchas personas. También me gustaría darle una vida más sana a mi mamá, que es una mujer mayor, tiene 74 años. Yo sueño con lograr que le den una vivienda, ella ha sido la que me ha animado a salir adelante, me ha enseñado que es posible, ha sido la que me recuerda los logros que he tenido en mi trabajo con la comunidad. Después de tener muchas expectativas para el futuro, pienso en mi familia, que es lo más importante.

En el jardín de la casa donde vivíamos en Timbío, mi mamá sembraba muchas flores, siempre le ha gustado mucho cultivar, entre esas flores estaba la margarita reina, que es una flor pequeña como yo, que mido 1,40 m. La margarita es muy resistente, ella no se deja marchitar, es una flor perseverante, por eso me identifico con ella y, aunque en este momento no la he podido sembrar en mi apartamento, porque ella pega es en la tierra y le gusta lo amplio, yo seguiré luchando y resistiendo como ella.

Esta crónica fue construida por Margarita, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

Un clamor por la vida

en un canto por la exigencia del nunca más

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En el campo, donde yo me crie, siempre se come temprano, después de comer, mis hermanos y yo salíamos a jugar con las luciérnagas, jugábamos a cogerlas. Yo era la mayor de 5 hermanos, también era la única mujer, mi relación con mis hermanos era buena, a veces peleábamos, como todo niño, pero las peleas no duraban mucho. Por ser la mayor, yo era la que me quedaba con los muchachos, poniendo la olla, calentando la comida, ayudando a criarlos. Vivíamos en un terrenito en la vereda El Altillo de Timbío, Cauca. Allí podíamos cosechar, la vida era muy agradable, con pocas cosas podíamos vivir. Recuerdo que a veces nos íbamos a lavar la ropa y, mientras se secaba, nadábamos en una quebrada donde había unas cuencas donde podíamos bañarnos.

Yo tenía 20 años cuando mi hermano Henry Mauricio fue asesinado, él tenía 19. Cuando recibí la noticia, fue como si el tiempo retrocediera a esas épocas de la infancia en las que salía con él a nadar y a jugar. El dolor era tan intenso que me dolía el pecho muy profundo. Antes de que lo asesinaran, recuerdo que yo estaba en la casa de mi mamá, íbamos a ir a una celebración de primera comunión de una prima. La noche antes de la reunión, las puertas sonaban, se escuchaban pasos en la casa, había sonidos de cosas que se arrastraban. Yo le decía a mí hermano Carlos: «¿Qué será que va a pasar?». Tenía un presentimiento. Al día siguiente nos fuimos para la primera comunión, cuando llegamos a la fiesta llegó mi hermano Carlos y nos dijo que nos tocaba devolvernos urgente a Timbío porque habían asesinado a mi hermano. De ahí me tocó ir a Popayán a identificar el cuerpo, yo fui la primera en verlo, había como 4 muchachos más que habían matado, fue horrible. Mi mamá no recuerda ese momento porque se desmayó.

Eso fue el 11 de junio de 1992. Por esa época, en el pueblo, la gente no podía estar hasta tarde en la calle, en esos días estaban «haciendo limpieza», por eso mataban a mucha gente, todavía hoy en día uno escucha que pasan esas cosas. Decían que eran los paramilitares, otros decían que era la guerrilla, nosotros nunca pudimos saber qué pasó, la Fiscalía investigó, pero uno no sabe cómo es la ley que rige realmente el campo. Ahí se quedó todo, mi papá intentó preguntar, pero nunca le dieron razón, él decía que eso no debía quedar así, pero a mi mamá le daba temor.

A mis 26 años, tuve a mi primer hijo. No conoció a su tío, mis hijos lo conocen por fotos que yo guardo como un tesoro. Yo lo recuerdo con mucho amor, me gustaba mucho cómo era con mi mamá el Día de la Madre, siempre pensaba en qué recuerdo le iba a llevar, él era muy especial con mi mamita. De niño era muy extrovertido, muy humano, siempre le gustó ayudar mucho a la gente, era muy honrado y trabajador. Cuando no había trabajo ayudaba en una cantina y a veces cogía café o deshierbaba. Le gustaba mucho hacer fonomímica con canciones de Vicente Fernández, también le gustaba mucho Rafael Orozco. A ese cantautor lo asesinaron el mismo día que a mi hermano. Él también soñaba con ser cantante y producir un disco con sus historias y su propia música.

Yo ayudaba mucho a mi mamá por la época de la muerte de mi hermano porque no les alcanzaba con lo que ellos ganaban. Yo trabajaba en casas de familia, los martes estudiaba modistería y los sábados estudiaba en Copa, Cauca, para terminar mi primaria, pero no alcancé a terminar porque quedé embarazada de mi hijo. Cuando tuve a mis muchachos tuve que dejar de hacer mis cosas y vivir con mi papá y mi mamá, porque el papá de mis hijos no me colaboraba. Sin embargo, a distancia, terminé un curso de modistería en el SENA. Me parecía importante estudiar para tener más conocimiento y poder dar una mejor vida a mis hijos, mejor de la que yo iba a tener.

Yo fui la primera en irme para Popayán, me fui cuando mi hijo tenía 3 años y la niña 1 año. El campo y la ciudad son muy diferentes. En el campo, aquí en Colombia, tenemos dos mandos: la ley del monte y el que manda en la ciudad. Uno como ser humano tiene que adaptarse a muchas cosas.

Antes de que me fuera a Popayán, cuando aún vivía con mis papás, una mañana me levanté a darle teta a mi hija que estaba pequeña y coincidí con mi papá. Mi papito era muy trabajador, trabajaba en la Defensa Civil porque le gustaba aportar a la comunidad. Para vivir, él arrendaba un terreno del río y se iba con mis hermanos a sacar arena. Cuando no había, trabajaba en el campo, como mayordomo o deshierbando. El sueño de él era construirle una casita de ladrillo a mi mamá, en donde vivíamos se cocinaba con leña y la casa era de bahareque. Esa mañana temprano, mi papá tenía que salir a las 3 a. m. porque decía que el río Cauca, si llovía a tales horas, se subía. Cuando me lo encontré, él se despidió y me dijo que no se demoraba. Pasaron unas horas y llamaron a mis hermanos, les dieron la noticia de que él estaba herido, mi mamá fue a verlo y, cuando llegó, me dijo que ella creía que de esa noche no pasaba. Mi papá murió el 13 de agosto de 1999.

A mi papito ya lo habían amenazado. Un día llegó y nos contó que le habían disparado y le habían rosado el estómago, él no nos contó quienes habían sido, no sabíamos más que eso. Nosotros le dijimos que denunciara, él pensó que era algo pasajero, pero no fue así. Como a él le gustaba trabajar mucho con la comunidad, ayudar mucho a la gente por su labor en la Defensa Civil, él era muy visible. En el periódico salió que quien lo asesinó había sido la guerrilla, pero nunca pudimos saber si fue así. En ese momento uno queda como si se le fuera el mundo, mi papito era quien me ayudaba con mis niños. Después me tocó salir a buscar trabajo y a hacer mi ranchito de cartón en un asentamiento en Popayán. Toda la familia llegó allá tiempo después que yo, mi papá nos había suplicado que si algo le pasaba debíamos salir de inmediato para proteger nuestra vida.

Imagen Crónica Margarita: Collage auto representativo realizado por Margarita

No sé por qué los territorios se ven tan afectados por la guerra, yo pienso que es por la tierra, que es porque las personas que hacen la guerra o las personas que viven del narcotráfico quieren esos territorios para ellos y por eso tantas personas tienen que desplazarse a la ciudad. En medio de un conflicto armado uno no sabe por qué asesinan a las personas que no tienen nada que ver con la guerra. Llegar a la ciudad es enfrentar obstáculos que te ponen en el camino y es tratar de seguir adelante, ellos no son conscientes de que la guerra destruye y desintegra familias.

En Popayán, fui fundadora del asentamiento a donde llegué en la quebrada Pubus, allí hacíamos marchas, íbamos a la alcaldía. Me vine a invadir y tocaba luchar mucho, hacer vigilancia, los policías venían y nos quemaban los plásticos y las guaduas. Después, con la organización de junta, empezamos a hacer los ranchitos, yo me pasé y me hice una piecita chiquita de plástico y la casita era de guadua, esterilla, yute y cartón; cocinaba con leña e iluminaba con vela. Cuando empecé a trabajar, pude poner la luz y el agua. Era un ranchito muy chiquitico.

Para mí fue muy duro reiniciar la vida en Popayán y, fuera de eso, separarme de mi familia. Imagínense, una señora, con dos niños: un niño de 3 años y una bebé, eso es muy difícil. Tocaba sacar de donde fuera, ir puerta por puerta y decir: «Vea, yo soy una señora que lavo ropa, hago aseo». Me pagaban 1500 pesos por tanda de ropa, me tocaba levantarme a las 4 de la mañana a dejarles almuerzo y desayuno a mis niños. Acá a uno no le dan los centavitos, sino que toca trabajar y trabajar. Hoy en día, hago arreglos, tamales, aseo, no hay trabajo fácil. En esa época trabajé en un restaurante, trabajé con maestros de construcción vendiendo arepas, trabajaba en lo que hubiera para mantener a mis niños.

En el año 2007, cuando no tenía otro trabajo, vendía café, me llevaba mi termo de café, aguapanela, limonada, jugos, retacadas y papa con ají y los ponía a trabajar. Me iba a caminar todo Popayán, me iba a pie desde la quebrada Pubus hasta La Esmeralda y al centro, al barrio Bolívar. En semana santa era la mejor época, los artesanos nos colaboraban bastante. Mis niños se iban a ayudarme, se cogían de mis pantalones para pasar las calles. Varias veces se me perdió mi hijo, yo les decía siempre que si se perdían tenían que buscar una policía y decirle su nombre, el barrio en el que vivían y el nombre de su mamá. Ahora ya están grandes, mi hija hizo un curso en el SENA de personal administrativo de salud, mi hijo me hizo abuela, así se va creciendo la familia.

Mi papá me dejó un legado muy importante: a él le gustaba trabajar con la comunidad y eso me gusta hacer a mí también. Sola, entre todos mis hermanos, soy yo la que ha buscado exigir nuestros derechos. Mis hermanos me dicen a veces que no se puede reparar la pérdida de una vida con temas económicos. Si habláramos de reparación integral, no alcanzaría una vida para restituir los sueños y todo lo que hemos perdido, pero, pese a esto, yo sigo trabajando para que las cosas que nos pasaron no se vuelvan a repetir, para que mis hijos conozcan lo que pasó y que queden estas luchas y estos relatos como una exigencia y una forma de contar la verdad desde la voz de las víctimas del conflicto.

Cuando yo estuve en el comité ejecutivo y el comité de asistencia humanitaria de la Mesa de Víctimas de Popayán, me di cuenta de muchas cosas y por eso me amenazaron. Había muchos líderes que se aprovechaban de las personas que no conocen sus derechos. Nosotros, al ver eso, hicimos capacitaciones y les quitamos esa posibilidad. Estuvimos en los municipios, en los pueblos, para hacer llegar ese mensaje a las personas: no hay que pagar. Por ejemplo, por poner un derecho de petición, nos ganamos muchos enemigos. También estuvimos en los colegios y megacolegios de Popayán haciendo conocer a los niños sus derechos.

A mí siempre me ha gustado mucho capacitarme, si uno se queda quieto, no avanza, para avanzar toca conocer, además, siempre me ha gustado terminar todo lo que hago. En 2014 me gradué de bachiller y he estudiado para ser una guía de paz y acompañar un proyecto de turismo en el Cauca. También me he convertido en una cuidadora en procesos de memoria histórica. En medio de esta búsqueda por capacitarme, llegué a la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas hace 15 años.

Al principio no me llamaba mucho la atención, pero cuando empezamos a hacer manualidades y a contar nuestras historias empezó a gustarme. Al escuchar todas nuestras historias, nos dimos cuenta de que las que estábamos ahí éramos todas mujeres desplazadas y que debíamos tener mucha fortaleza. Yo siempre pensaba que contar mi historia me hacía mucho daño, pero, a partir del proceso que hice con la fundación, yo vi lo importante de contar y sanar. He experimentado un cambio en mi vida que me ha permitido perdonar a los demás y vivir tranquila.

Uno nunca va a olvidar, los recuerdos van a quedar siempre. Al principio, cada vez que yo intentaba contar mi historia, me volvía un mar de llantos, pero ahora ya puedo contar. Los procesos que hacemos en la fundación me sirvieron para ayudar a hacer memoria colectiva, esa memoria que tejemos a diario con nuestras luchas de resistencia, con nuestras historias de dolor, que nos han hecho acreedoras del nombre de «víctimas», pero, más que eso, con esta historia, yo me hago acreedora al nombre de superviviente.

La vida en Popayán no ha sido fácil, en el asentamiento de la quebrada Pubus también hacían limpiezas sociales. Varias veces me tocó tirarme con los niños a un barranco que quedaba al lado de mi ranchito, para cuidarlos de las balas que los encapuchados disparaban. Uno viene de donde han pasado muchas cosas, primero mi hermano, después de 7 años mi papá y en la ciudad también lo reciben a uno con mucha violencia, fue muy duro.

Por el año 2005, cuando yo llevaba un año en el asentamiento, mi ranchito se me quemó y lo único que pude sacar fue a mis dos hijos. Ese día se quemaron 7 ranchos, pero no murió nadie. Tiempo después, pude reconstruir mi rancho, pero por la ola invernal se me inundó, porque vivíamos al lado de una laguna. Por eso busqué ayuda con la Cruz Roja. Tuvimos que hacer muchas vueltas, muchos papeles y tuvimos que esperar bastante, fue una lucha larga, tuvimos que hacer una fila que duró una semana. Había mucha gente buscando esas ayudas, pero, finalmente, después de pasar muchos filtros y dificultades, en el 2014 nos llamaron y nos dijeron que habíamos salido beneficiados de un apartamento donde ahora vivo. Creo que lo único que no podemos perder es la esperanza, mientras tengamos vida y salud podemos construir un futuro diferente, a pesar de que hemos tenido que vivir padeciendo.

Para el futuro, me gustaría algún día que la fundación tuviera un terreno propio, porque es un lugar que ha ayudado a muchas personas. También me gustaría darle una vida más sana a mi mamá, que es una mujer mayor, tiene 74 años. Yo sueño con lograr que le den una vivienda, ella ha sido la que me ha animado a salir adelante, me ha enseñado que es posible, ha sido la que me recuerda los logros que he tenido en mi trabajo con la comunidad. Después de tener muchas expectativas para el futuro, pienso en mi familia, que es lo más importante.

En el jardín de la casa donde vivíamos en Timbío, mi mamá sembraba muchas flores, siempre le ha gustado mucho cultivar, entre esas flores estaba la margarita reina, que es una flor pequeña como yo, que mido 1,40 m. La margarita es muy resistente, ella no se deja marchitar, es una flor perseverante, por eso me identifico con ella y, aunque en este momento no la he podido sembrar en mi apartamento, porque ella pega es en la tierra y le gusta lo amplio, yo seguiré luchando y resistiendo como ella.

Esta crónica fue construida por Margarita, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.