Volver a florecer
cada vez que me arrancaron de raíz
***
Hace años José, mi esposo, trajo un semillero de girasoles a la casa, por eso tuvimos un jardín muy grande de girasoles; tan grandes y bonitos eran, que los vecinos venían a pedirnos semillas. Mi esposo era una persona muy romántica, él siempre me traía flores; de donde viniera, regresaba con flores para mí. Los girasoles me recuerdan la luz del sol, pero también representan el amor que nos tuvimos con mi esposo, él me cuidaba a mí como si yo fuera una flor, como si yo fuera uno de los girasoles del jardín, era una persona muy especial. Los recuerdos que tengo de él son recuerdos muy bonitos, pero también muy tristes. Cuando mi esposo murió, le trajeron girasoles; era como si el destino llamara esa flor, por eso ella me representa, por el recuerdo de él, es un recuerdo para salir adelante, para ver brillar el sol cada día en el que uno se levanta y para recordar el amor del hombre tan especial con el que estuve casada.
Recuerdo que mi niñez fue muy hermosa, recuerdo la belleza de la naturaleza que me rodeaba. Cuando yo tenía 10 años, mi papá compró una finca cerca de un río que se llama Mechengue, en el municipio de El Tambo. Mi papá tenía ganado, tenía bestias y en la finca se sacaba especialmente panela.
De todas formas, yo tuve una infancia feliz; con mis hermanos nos gustaba ir a jugar a un potrero y hacíamos columpios en los palos de guama. Mi papá tenía caballos finos y me había regalado el más bonito, se llamaba Caramelo; a donde fuera que me mandaban yo me iba con mi caballo. Una vez amaneció con la crin llena de trenzas y mi papá nos dijo que era el duende; con mis hermanos nos atemorizábamos al pensar en el duende, pero nos divertíamos buscándolo e imaginando cómo se vería. Teníamos una finca muy próspera porque a mi papá le gustaba mucho el campo. Sin embargo, las cosas se empezaron a poner difíciles. Para ir a estudiar teníamos que caminar mucho, nos tocaba pasar dos ríos y trepar una subidota por pura montaña para llegar a la vereda donde estudiábamos. A mi papá le daba miedo que nos fueran a llevar y que él no se diera cuenta, entonces comenzó a llevarnos él al colegio. Antes de esos momentos a nosotros nos gustaba mucho ese camino del colegio a la casa, era la felicidad misma porque salíamos del colegio y nos bañábamos en el río con nuestros compañeros.
Mis hermanos fueron creciendo y, una noche, cuando yo tenía 13 años, llegaron unas 15 personas, entre hombres y mujeres a la casa, estaban armados y tenían uniformes. Había una ramada grande donde se guardaba la panela, estaba llena de bagazo, entonces los hombres le dijeron a mi papá que se iban a quedar allí una semana y él no le vio problema. Con el pasar de los días ellos empezaron a mirar a mis hermanos y les dijeron que si se querían ir con ellos. Mi papito se asustó, les dijo que no, les dijo: «Mis hijos no». Ahí se acabó la felicidad, los hombres armados quedaron de volver, y mi papá dijo: «Yo no quiero que a mis hijos se los lleven para el monte». Desde ahí ya no pudimos dormir tranquilos. Mi papá comenzó a trancar las puertas y a entrar peinillas a la casa para protegernos por la noche.
Otra noche, tiempo después, cuando ya estábamos acostados, llegaron unos hombres y empezaron a golpear la puerta y a gritarle a mi papá que debía entregarles la mercancía. Mi papá les preguntaba que cuál mercancía y ellos comenzaron a pegar tiros al aire. Tocaban la puerta durísimo, nos gritaban que tenían la casa rodeada. Mi mamá no dejó a mi papá salir a confrontarlos. Después de unas dos horas ellos se fueron.
Luego de eso decidimos irnos para Popayán, a donde un vecino que había salido desplazado antes que nosotros, él se fue y dejó la finca, dejó todo. Yo lo único que me acuerdo es que mi papá cogió bestias, empacamos maleticas y al otro día salimos todos con esas bestias por un barrizal, porque no había carretera, hasta ahora creo que no la hay. Nos tocó dejar la finca botada. Cuando íbamos por el barrizal hacia Popayán yo miraba hacia la casa, quedaba en lo alto de una loma, y me dolía pensar que estaba dejando mi caballito. La salida fue de un momento a otro, mis hermanos no querían, nunca habíamos ido a una ciudad, en la casa teníamos todo, teníamos nuestras gallinas, nuestros conejos, nuestra tierra. Fue un momento muy duro, dejar todo y venirnos a la nada, nada más con la ropita que teníamos.
Llegamos a Popayán en el año 1989. Es muy difícil dejar todo y venirse a una ciudad. Yo lloraba al ver ese gentío, al ver los carros. Nosotros nunca hicimos la declaración para pedir ayudas, mi papá era una persona del campo, nunca pensó en ir a una oficina a pedir ayuda, lo que hizo fue encontrar un trabajo en una galería, él se iba allá para poder traernos a nosotros la comida. Mi mamá, preocupada, se fue a trabajar interna. Yo cumplí 14 años en Popayán y me tocó buscar trabajo de niñera para poder ayudar en la casa, también tuve que hacerme cargo de mis hermanos, tuve que ponerme al frente de la cocina, ayudarlos a crecer. Yo era la mayor de 9 hermanos, entonces tuve que hacerme cargo. Mi mamá siempre ha sido muy luchadora, muy trabajadora, de ahí vino mi fuerza en ese momento. Al llegar a Popayán ella me decía: «Yo me voy a ir a trabajar de interna, su papá va a trabajar en una galería, vamos a hacer el esfuerzo de que sus hermanos entren a estudiar. ¿Qué más podemos hacer? Por ahora usted me colabora con los muchachos, acá se pagan los servicios, acá se compra hasta un limón, usted tiene que ayudarme, hay que sacar estos muchachos adelante».
Pasó el tiempo y mis hermanos fueron creciendo, yo tuve mi primera hija, mi papá se cansó de la ciudad y decidió irse a trabajar en una finca en Toribío, donde vivía su familia, allá vivía mi abuela y mi tía. Toribío siempre ha sido zona roja, la gente siembra marihuana, amapola y coca, por eso siempre ha estado el Ejército y, en ese tiempo, también la guerrilla, que era la que cuidaba los laboratorios. Como mi papá viajaba mucho entre Popayán y Toribío, ellos empezaron a pensar que él viajaba para contarle al Ejército dónde estaban los laboratorios. De vuelta de uno de esos viajes, la guerrilla lo estaba esperando para que confesara y, como él no se dejó, le dispararon. Un primo lo ayudó y lo mandó en una ambulancia a Santander de Quilichao, pero él tenía una herida en el estómago y era una herida muy grave.
Esa fue una tragedia. A él lo trasladaron a Cali para operarlo, pero no pudieron salvarlo, mi papá murió inocentemente, él solo estaba trabajando. Yo vivía en Cali, tenía una hija, tuve que volver a Popayán a ayudar a mis hermanos que eran adolescentes, mi mamá quedó muy mal. A la familia de mi papá también la amenazaron y tuvieron que salir de Toribío. Apenas hace dos años volví a saber de ellos, después de 22 años. A mi tía y a mis primos les dejaron la casa llena de tiros; les tocó salir con la pijama que tenían puesta y una prima quedó inválida por los tiros que le pegaron a la casa.
Después de eso comenzamos otra vez una lucha, tuve que ayudar a criar a mis hermanos y ayudarle a mi mamá. Tres de mis hermanos se fueron a prestar servicio militar, ellos habían quedado con mucho rencor, querían acabar con la gente que había matado a mi papá. Yo también, cuando pasó lo de mi papá, sentía mucha rabia, quería acabar con los que le habían hecho ese daño. Lo que me ayudó a sacar eso de mi corazón fue conocer a Dios, tiempo después comprendí que guardando ese rencor yo no iba a ser feliz con mis hijos.
Tres años después de la muerte de mi papá conocí a mi esposo, él era compañero en el Ejército de uno de mis hermanos. Con él la felicidad volvió. Mis hermanos tenían su hogar, estábamos todos con ganas de salir adelante, mi mamá estaba bien, teníamos una casita. Fui muy feliz con él, tuvimos dos hijos, nunca nos faltó nada, hasta que otra vez nos llegó la tragedia. Uno pasa por tantas tragedias, pero la muerte de él, fue la más dura.
Mi esposo era muy buen padre, era muy perseverante e inteligente. Cuando venía de vacaciones desarmaba la casa, la pintaba y la volvía a armar. Siempre fue muy respetuoso conmigo, quizás a veces tenía su mal genio, pero era una persona que uno siempre lleva en el corazón. Él era muy buen hijo, tanto con su mamá como con la mía. Mi mamá lo quería como a un hijo; él les ayudaba, les hacía el mercado, les arreglaba las cosas en la casa, era quien mantenía pendiente de ellas. Era muy noble; él dejaba de comer para darle de comer a otros, todos los vecinos lo querían. Era muy inteligente, le gustaba cuidar a los animales y el medio ambiente, él no podía ver a un pájaro encerrado porque le daba rabia. No he conocido a ningún hombre tan especial como él; mi hija mayor lo quiere como a un padre, porque fue quien le dio su educación. Hace poco, ella soñó con él y le dijo que siempre iba a cuidarnos.
1 Líder comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
Volver a florecer
cada vez que me arrancaron de raíz
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Hace años José, mi esposo, trajo un semillero de girasoles a la casa, por eso tuvimos un jardín muy grande de girasoles; tan grandes y bonitos eran, que los vecinos venían a pedirnos semillas. Mi esposo era una persona muy romántica, él siempre me traía flores; de donde viniera, regresaba con flores para mí. Los girasoles me recuerdan la luz del sol, pero también representan el amor que nos tuvimos con mi esposo, él me cuidaba a mí como si yo fuera una flor, como si yo fuera uno de los girasoles del jardín, era una persona muy especial. Los recuerdos que tengo de él son recuerdos muy bonitos, pero también muy tristes. Cuando mi esposo murió, le trajeron girasoles; era como si el destino llamara esa flor, por eso ella me representa, por el recuerdo de él, es un recuerdo para salir adelante, para ver brillar el sol cada día en el que uno se levanta y para recordar el amor del hombre tan especial con el que estuve casada.
Recuerdo que mi niñez fue muy hermosa, recuerdo la belleza de la naturaleza que me rodeaba. Cuando yo tenía 10 años, mi papá compró una finca cerca de un río que se llama Mechengue, en el municipio de El Tambo. Mi papá tenía ganado, tenía bestias y en la finca se sacaba especialmente panela.
De todas formas, yo tuve una infancia feliz; con mis hermanos nos gustaba ir a jugar a un potrero y hacíamos columpios en los palos de guama. Mi papá tenía caballos finos y me había regalado el más bonito, se llamaba Caramelo; a donde fuera que me mandaban yo me iba con mi caballo. Una vez amaneció con la crin llena de trenzas y mi papá nos dijo que era el duende; con mis hermanos nos atemorizábamos al pensar en el duende, pero nos divertíamos buscándolo e imaginando cómo se vería. Teníamos una finca muy próspera porque a mi papá le gustaba mucho el campo. Sin embargo, las cosas se empezaron a poner difíciles. Para ir a estudiar teníamos que caminar mucho, nos tocaba pasar dos ríos y trepar una subidota por pura montaña para llegar a la vereda donde estudiábamos. A mi papá le daba miedo que nos fueran a llevar y que él no se diera cuenta, entonces comenzó a llevarnos él al colegio. Antes de esos momentos a nosotros nos gustaba mucho ese camino del colegio a la casa, era la felicidad misma porque salíamos del colegio y nos bañábamos en el río con nuestros compañeros.
Mis hermanos fueron creciendo y, una noche, cuando yo tenía 13 años, llegaron unas 15 personas, entre hombres y mujeres a la casa, estaban armados y tenían uniformes. Había una ramada grande donde se guardaba la panela, estaba llena de bagazo, entonces los hombres le dijeron a mi papá que se iban a quedar allí una semana y él no le vio problema. Con el pasar de los días ellos empezaron a mirar a mis hermanos y les dijeron que si se querían ir con ellos. Mi papito se asustó, les dijo que no, les dijo: «Mis hijos no». Ahí se acabó la felicidad, los hombres armados quedaron de volver, y mi papá dijo: «Yo no quiero que a mis hijos se los lleven para el monte». Desde ahí ya no pudimos dormir tranquilos. Mi papá comenzó a trancar las puertas y a entrar peinillas a la casa para protegernos por la noche.
Otra noche, tiempo después, cuando ya estábamos acostados, llegaron unos hombres y empezaron a golpear la puerta y a gritarle a mi papá que debía entregarles la mercancía. Mi papá les preguntaba que cuál mercancía y ellos comenzaron a pegar tiros al aire. Tocaban la puerta durísimo, nos gritaban que tenían la casa rodeada. Mi mamá no dejó a mi papá salir a confrontarlos. Después de unas dos horas ellos se fueron.
Luego de eso decidimos irnos para Popayán, a donde un vecino que había salido desplazado antes que nosotros, él se fue y dejó la finca, dejó todo. Yo lo único que me acuerdo es que mi papá cogió bestias, empacamos maleticas y al otro día salimos todos con esas bestias por un barrizal, porque no había carretera, hasta ahora creo que no la hay. Nos tocó dejar la finca botada. Cuando íbamos por el barrizal hacia Popayán yo miraba hacia la casa, quedaba en lo alto de una loma, y me dolía pensar que estaba dejando mi caballito. La salida fue de un momento a otro, mis hermanos no querían, nunca habíamos ido a una ciudad, en la casa teníamos todo, teníamos nuestras gallinas, nuestros conejos, nuestra tierra. Fue un momento muy duro, dejar todo y venirnos a la nada, nada más con la ropita que teníamos.
Llegamos a Popayán en el año 1989. Es muy difícil dejar todo y venirse a una ciudad. Yo lloraba al ver ese gentío, al ver los carros. Nosotros nunca hicimos la declaración para pedir ayudas, mi papá era una persona del campo, nunca pensó en ir a una oficina a pedir ayuda, lo que hizo fue encontrar un trabajo en una galería, él se iba allá para poder traernos a nosotros la comida. Mi mamá, preocupada, se fue a trabajar interna. Yo cumplí 14 años en Popayán y me tocó buscar trabajo de niñera para poder ayudar en la casa, también tuve que hacerme cargo de mis hermanos, tuve que ponerme al frente de la cocina, ayudarlos a crecer. Yo era la mayor de 9 hermanos, entonces tuve que hacerme cargo. Mi mamá siempre ha sido muy luchadora, muy trabajadora, de ahí vino mi fuerza en ese momento. Al llegar a Popayán ella me decía: «Yo me voy a ir a trabajar de interna, su papá va a trabajar en una galería, vamos a hacer el esfuerzo de que sus hermanos entren a estudiar. ¿Qué más podemos hacer? Por ahora usted me colabora con los muchachos, acá se pagan los servicios, acá se compra hasta un limón, usted tiene que ayudarme, hay que sacar estos muchachos adelante».
Pasó el tiempo y mis hermanos fueron creciendo, yo tuve mi primera hija, mi papá se cansó de la ciudad y decidió irse a trabajar en una finca en Toribío, donde vivía su familia, allá vivía mi abuela y mi tía. Toribío siempre ha sido zona roja, la gente siembra marihuana, amapola y coca, por eso siempre ha estado el Ejército y, en ese tiempo, también la guerrilla, que era la que cuidaba los laboratorios. Como mi papá viajaba mucho entre Popayán y Toribío, ellos empezaron a pensar que él viajaba para contarle al Ejército dónde estaban los laboratorios. De vuelta de uno de esos viajes, la guerrilla lo estaba esperando para que confesara y, como él no se dejó, le dispararon. Un primo lo ayudó y lo mandó en una ambulancia a Santander de Quilichao, pero él tenía una herida en el estómago y era una herida muy grave.
Esa fue una tragedia. A él lo trasladaron a Cali para operarlo, pero no pudieron salvarlo, mi papá murió inocentemente, él solo estaba trabajando. Yo vivía en Cali, tenía una hija, tuve que volver a Popayán a ayudar a mis hermanos que eran adolescentes, mi mamá quedó muy mal. A la familia de mi papá también la amenazaron y tuvieron que salir de Toribío. Apenas hace dos años volví a saber de ellos, después de 22 años. A mi tía y a mis primos les dejaron la casa llena de tiros; les tocó salir con la pijama que tenían puesta y una prima quedó inválida por los tiros que le pegaron a la casa.
Después de eso comenzamos otra vez una lucha, tuve que ayudar a criar a mis hermanos y ayudarle a mi mamá. Tres de mis hermanos se fueron a prestar servicio militar, ellos habían quedado con mucho rencor, querían acabar con la gente que había matado a mi papá. Yo también, cuando pasó lo de mi papá, sentía mucha rabia, quería acabar con los que le habían hecho ese daño. Lo que me ayudó a sacar eso de mi corazón fue conocer a Dios, tiempo después comprendí que guardando ese rencor yo no iba a ser feliz con mis hijos.
Tres años después de la muerte de mi papá conocí a mi esposo, él era compañero en el Ejército de uno de mis hermanos. Con él la felicidad volvió. Mis hermanos tenían su hogar, estábamos todos con ganas de salir adelante, mi mamá estaba bien, teníamos una casita. Fui muy feliz con él, tuvimos dos hijos, nunca nos faltó nada, hasta que otra vez nos llegó la tragedia. Uno pasa por tantas tragedias, pero la muerte de él, fue la más dura.
Mi esposo era muy buen padre, era muy perseverante e inteligente. Cuando venía de vacaciones desarmaba la casa, la pintaba y la volvía a armar. Siempre fue muy respetuoso conmigo, quizás a veces tenía su mal genio, pero era una persona que uno siempre lleva en el corazón. Él era muy buen hijo, tanto con su mamá como con la mía. Mi mamá lo quería como a un hijo; él les ayudaba, les hacía el mercado, les arreglaba las cosas en la casa, era quien mantenía pendiente de ellas. Era muy noble; él dejaba de comer para darle de comer a otros, todos los vecinos lo querían. Era muy inteligente, le gustaba cuidar a los animales y el medio ambiente, él no podía ver a un pájaro encerrado porque le daba rabia. No he conocido a ningún hombre tan especial como él; mi hija mayor lo quiere como a un padre, porque fue quien le dio su educación. Hace poco, ella soñó con él y le dijo que siempre iba a cuidarnos.
1 Líder comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.



















