Renaciendo por un sueño

***

Desde pequeña me gustaba el jardín, me daba felicidad sembrar mis matas. En la casa donde crecí cultivaba hortensias, rosas, jugaba con flores y me gustaba sembrar en el jardín papa, haba, cebolla, planta olluco, coliflor, col, zanahoria, maíz pequeñito, fríjol chiquito. Teníamos unas huertitas caceras de muchas plantas, eso era lo que nos sostenía en la casa y los animalitos: teníamos patos, conejos, caballos y vacas. También sembrábamos plantas aromáticas para curar. Allá en lo frío uno cura a las personas con puras plantas aromáticas: ruda, ajenjo. Cuando llegaban con cólicos o dolores de estómago, nosotras les hacíamos aguas para curarlos, hacíamos estos remedios para la gente en la vereda, hacíamos curaciones como médicas tradicionales, nosotras les hacíamos los remedios porque allá no había médicos; para llegar al pueblo de Paletará, eran 3 horas a caballo desde mi vereda.

Vivía feliz, andaba atrás de los animales que teníamos. Me gustaba irme a la quebrada a pescar o a lavar ropa al río, iba a ordeñar, me gustaba montar en mi caballo que se llamaba Palomo, era un caballo muy bonito, me gustaba mucho porque corría bastante, me gustaba ir en él detrás del ganado. Me ponía mi chamarra, mi sombrero y me iba a buscar el ganado por esas montañas.

Cuando yo era pequeña, más o menos por la década de 1960, la guerrilla se llevó a mi hermano mayor, él tenía 16 años y nunca volvimos a saber de él. Mi mamá decía que ella mandó a mi hermano a traer unas hierbas para los conejos y desde ahí nunca más volvió a saber de él, lo buscaron, pero nunca apareció, dicen que se lo llevó las FARC, porque a mi mamá ellos le habían dicho que tenía que entregarlo, tiempo antes, por eso dicen que fueron ellos.

Nosotros vivíamos lejos, por piedra León y Peña Blanca. Allá fue donde yo crecí, con mis hermanos, éramos bastantes. Era friísimo, había mucho hielo y había muchos problemas, andaba la guerrilla, que en ese tiempo no le decían la guerrilla, sino chusma. La gente de por allá no estudiaba ni nada, nosotros no podíamos estudiar porque no había cómo. Cuando tenía 15 años nos bajamos a Paletará, había mucho peligro con mis hermanos, la guerrilla se llevaba lo que hubiera, por eso preferimos bajarnos. Llegamos a donde un familiar, pero ya no teníamos cultivos, tocó trabajar en una parte y en otra para poder vivir. Había que trabajar en lo que nos tocara; ahí se nos acabó la felicidad que teníamos. A mí y a todas mis hermanas nos tocó empezar a trabajar en casas de familia; nos tocó duro, echar pala, ayudar a trabajar en las huertas, a coger café, no nos pagaban casi nada, no era como uno viviendo en su tierra.

La vida siguió y a mis 25 años me casé, conocí a mi marido cuando joven, luego él llegó a donde mi papá a trabajar, nos encontramos de nuevo y estuvimos 5 años de novios. Después nos casamos en la iglesia de San Pedro de Timbío, un viernes en la mañana.

Mi esposo era muy laborioso, él trabajaba en lo que fuera: ganadería, en contratos de construcción, en lo que le saliera. A él le gustaba ayudar a las comunidades, les colaboraba mucho a las personas y eso me gustaba mucho. Él era de la Defensa Civil; cuando había accidentes, muertos, enfermos, él ayudaba a trasladar a la gente; cuando había terremotos ayudaba, igual cuando hubo una avalancha en Páez. Él era voluntario, le gustaba mucho colaborarle a la comunidad, era muy noble.

Imagen Crónica Hortensia: Collage auto representativo realizado por Hortensia

Junto a mi esposo nos fuimos a vivir a Timbío, en una vereda llamada el Altillo. Allí construimos nuestra casita con mucho esfuerzo; era una casita humilde, de bahareque. El sueño de mi esposo era construirme una casita de ladrillo, por eso trabajaba tan duro. Él trabajaba sacando materiales del río y yo trabajaba en una casa de familia.

En 1991 comenzaron a haber muchos hostigamientos, había enfrentamientos entre el Ejército y las FARC, también empezaron a llegar los paramilitares, en esa época había de todo. A mi esposo, desde cuando era joven y vivía en Paletará, lo habían amenazado porque las FARC querían llevárselo y él no quiso. Luego, cuando él se metió a la Defensa Civil lo amenazaron de nuevo.

El 11 de junio de 1992 asesinaron a mi hijo, Henry Mauricio; no supimos quién lo asesinó, ni cómo fue. Esto nos destrozó el alma; ese fue un dolor que llegó hasta las entrañas, un dolor que no se puede describir, era como si me hubieran arrancado una parte de mí misma, la vida había perdido sentido, me dolía todo el cuerpo, me dolía el alma.

Él era un niño muy trabajador, tenía 19 años, estudiaba, le gustaba hacer fonomímicas, cantaba rancheras, el sueño de él era ser cantante, trabajaba recogiendo café y deshierbando. Él soñaba con ayudarnos para que saliéramos adelante. El mismo día que lo asesinaron, asesinaron también al cantante Rafael Orozco, a él le gustaba mucho su música.

Nosotros teníamos mucho temor de que le pasara algo más a mis hijos, a los que quedaban, por eso yo no insistí en buscar qué o por qué había pasado. Nos tocó quedarnos con el dolor adentro, sabiendo que él no le debía nada a nadie. A mí me ha tocado muy duro, comenzar otra vez. Después de ese momento fue muy difícil. Por eso me gustaría que estas cosas no volvieran a repetirse y me gustaría decirles a las mamás que tengan mucha fuerza.

Años después, mi esposo salió a trabajar en un saqueo de arena, yo le empaqué su desayuno y su almuerzo, él salió a las 4 de la mañana. Antes de salir, me miró a los ojos y me dijo: «Si a mí me matan, no se queden aquí porque la orden es para todos». Él estaba amenazado por las FARC, yo lo abracé como siempre, recuerdo que tenía puesta una blusa blanca y una falda negra, y quedé con un presentimiento que no se hizo esperar. Ese día, el 13 de agosto de 1999, cuando ya habíamos empezado a reconstruir nuestras vidas, a mi esposo le dispararon mientras trabajaba cerca de Popayán, lo trasladaron a Cali, pero no sobrevivió, mi esposo se llamaba Jaime, ese mismo día también asesinaron a un periodista que llevaba su mismo nombre.

Fue un tiempo muy duro, me tocó salirme de allá, así como él me dijo. Nos vinimos como fuera a Popayán y nos metimos en una invasión, al asentamiento Quebrada Pubus, en el barrio 31 de Marzo. Es un lugar que se inunda cuando llueve, pero me tocó quedarme aquí porque no ha habido cómo irme. Desde ese momento me ha tocado vivir del día a ver qué pasa. Yo llegué a Popayán hace como 20 años, fui a poner el denuncio, pero hasta el momento no nos han ayudado, hasta ahora nos van a dar las ayudas humanitarias porque pasamos un derecho de petición.

En los primeros meses que viví en Popayán me tocaba trabajar muy duro, lavar ropa, salir con mis hijos pequeños a trabajar el día, pero yo decía: «Tengo que salir adelante por mis hijos, porque, ¿qué otra cosa voy a hacer?». A veces me iba de noche, toda la noche, a trabajar en los restaurantes y de día a cocinar para los hijos.

Un día, yo andaba por ahí y doña María Elena1 nos invitó a una capacitación para hacer huertas y para trabajar en el Jardín de la Memoria2. A mí, como me gusta mucho el campo, trabajar y sembrar, me pareció una muy buena idea. Uno de los procesos productivos con los que empecé en la fundación consistía en sembrar en una finca, pero no dio resultado; sin embargo, seguimos en lo del Jardín de la Memoria y yo seguí en la Fundación desde ese momento. Han pasado ya 15 años.

Doña María Elena fue la persona que me ayudó, ahora estoy en las capacitaciones, aprendiendo modistería, gracias a Dios. Al momento de llegar a Popayán no sabíamos que nosotras éramos víctimas, con las capacitaciones que hemos hecho en la fundación nos enteramos de eso.

En el transcurso de la vida he aprendido que, a pesar de las adversidades, siempre habrá un motivo para seguir nuestros sueños, para sonreír junto a nuestros seres queridos y para vivir la vida porque es bella. Ahora, lo que yo más anhelo es que me den mi vivienda digna, estoy hasta ahora viendo cómo me organizo. Para sobrevivir hago fritanga, trabajo para los niños, para mis nietos. Cuido dos nietos y los dos están en condición de discapacidad. Yo los crecí y los tengo hasta el día de hoy.

En esa vivienda que yo sueño tener, me gustaría cultivar hortensias, esa flor me gusta mucho, la cultivábamos en mi niñez, la teníamos solo de adorno y nos parecía muy bonita. Esa es una planta muy resistente, no se cae fácil, por eso me gusta, ella pega en toda parte donde uno la cultive, si tiene abonito uno le echa y ella florece donde sea.

Esta crónica fue construida por Hortensia, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

(1) Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
(2)El jardín de la memoria.

Renaciendo por un sueño

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Desde pequeña me gustaba el jardín, me daba felicidad sembrar mis matas. En la casa donde crecí cultivaba hortensias, rosas, jugaba con flores y me gustaba sembrar en el jardín papa, haba, cebolla, planta olluco, coliflor, col, zanahoria, maíz pequeñito, fríjol chiquito. Teníamos unas huertitas caceras de muchas plantas, eso era lo que nos sostenía en la casa y los animalitos: teníamos patos, conejos, caballos y vacas. También sembrábamos plantas aromáticas para curar. Allá en lo frío uno cura a las personas con puras plantas aromáticas: ruda, ajenjo. Cuando llegaban con cólicos o dolores de estómago, nosotras les hacíamos aguas para curarlos, hacíamos estos remedios para la gente en la vereda, hacíamos curaciones como médicas tradicionales, nosotras les hacíamos los remedios porque allá no había médicos; para llegar al pueblo de Paletará, eran 3 horas a caballo desde mi vereda.

Vivía feliz, andaba atrás de los animales que teníamos. Me gustaba irme a la quebrada a pescar o a lavar ropa al río, iba a ordeñar, me gustaba montar en mi caballo que se llamaba Palomo, era un caballo muy bonito, me gustaba mucho porque corría bastante, me gustaba ir en él detrás del ganado. Me ponía mi chamarra, mi sombrero y me iba a buscar el ganado por esas montañas.

Cuando yo era pequeña, más o menos por la década de 1960, la guerrilla se llevó a mi hermano mayor, él tenía 16 años y nunca volvimos a saber de él. Mi mamá decía que ella mandó a mi hermano a traer unas hierbas para los conejos y desde ahí nunca más volvió a saber de él, lo buscaron, pero nunca apareció, dicen que se lo llevó las FARC, porque a mi mamá ellos le habían dicho que tenía que entregarlo, tiempo antes, por eso dicen que fueron ellos.

Nosotros vivíamos lejos, por piedra León y Peña Blanca. Allá fue donde yo crecí, con mis hermanos, éramos bastantes. Era friísimo, había mucho hielo y había muchos problemas, andaba la guerrilla, que en ese tiempo no le decían la guerrilla, sino chusma. La gente de por allá no estudiaba ni nada, nosotros no podíamos estudiar porque no había cómo. Cuando tenía 15 años nos bajamos a Paletará, había mucho peligro con mis hermanos, la guerrilla se llevaba lo que hubiera, por eso preferimos bajarnos. Llegamos a donde un familiar, pero ya no teníamos cultivos, tocó trabajar en una parte y en otra para poder vivir. Había que trabajar en lo que nos tocara; ahí se nos acabó la felicidad que teníamos. A mí y a todas mis hermanas nos tocó empezar a trabajar en casas de familia; nos tocó duro, echar pala, ayudar a trabajar en las huertas, a coger café, no nos pagaban casi nada, no era como uno viviendo en su tierra.

La vida siguió y a mis 25 años me casé, conocí a mi marido cuando joven, luego él llegó a donde mi papá a trabajar, nos encontramos de nuevo y estuvimos 5 años de novios. Después nos casamos en la iglesia de San Pedro de Timbío, un viernes en la mañana.

Mi esposo era muy laborioso, él trabajaba en lo que fuera: ganadería, en contratos de construcción, en lo que le saliera. A él le gustaba ayudar a las comunidades, les colaboraba mucho a las personas y eso me gustaba mucho. Él era de la Defensa Civil; cuando había accidentes, muertos, enfermos, él ayudaba a trasladar a la gente; cuando había terremotos ayudaba, igual cuando hubo una avalancha en Páez. Él era voluntario, le gustaba mucho colaborarle a la comunidad, era muy noble.

Imagen Crónica Hortensia: Collage auto representativo realizado por Hortensia

Junto a mi esposo nos fuimos a vivir a Timbío, en una vereda llamada el Altillo. Allí construimos nuestra casita con mucho esfuerzo; era una casita humilde, de bahareque. El sueño de mi esposo era construirme una casita de ladrillo, por eso trabajaba tan duro. Él trabajaba sacando materiales del río y yo trabajaba en una casa de familia.

En 1991 comenzaron a haber muchos hostigamientos, había enfrentamientos entre el Ejército y las FARC, también empezaron a llegar los paramilitares, en esa época había de todo. A mi esposo, desde cuando era joven y vivía en Paletará, lo habían amenazado porque las FARC querían llevárselo y él no quiso. Luego, cuando él se metió a la Defensa Civil lo amenazaron de nuevo.

El 11 de junio de 1992 asesinaron a mi hijo, Henry Mauricio; no supimos quién lo asesinó, ni cómo fue. Esto nos destrozó el alma; ese fue un dolor que llegó hasta las entrañas, un dolor que no se puede describir, era como si me hubieran arrancado una parte de mí misma, la vida había perdido sentido, me dolía todo el cuerpo, me dolía el alma.

Él era un niño muy trabajador, tenía 19 años, estudiaba, le gustaba hacer fonomímicas, cantaba rancheras, el sueño de él era ser cantante, trabajaba recogiendo café y deshierbando. Él soñaba con ayudarnos para que saliéramos adelante. El mismo día que lo asesinaron, asesinaron también al cantante Rafael Orozco, a él le gustaba mucho su música.

Nosotros teníamos mucho temor de que le pasara algo más a mis hijos, a los que quedaban, por eso yo no insistí en buscar qué o por qué había pasado. Nos tocó quedarnos con el dolor adentro, sabiendo que él no le debía nada a nadie. A mí me ha tocado muy duro, comenzar otra vez. Después de ese momento fue muy difícil. Por eso me gustaría que estas cosas no volvieran a repetirse y me gustaría decirles a las mamás que tengan mucha fuerza.

Años después, mi esposo salió a trabajar en un saqueo de arena, yo le empaqué su desayuno y su almuerzo, él salió a las 4 de la mañana. Antes de salir, me miró a los ojos y me dijo: «Si a mí me matan, no se queden aquí porque la orden es para todos». Él estaba amenazado por las FARC, yo lo abracé como siempre, recuerdo que tenía puesta una blusa blanca y una falda negra, y quedé con un presentimiento que no se hizo esperar. Ese día, el 13 de agosto de 1999, cuando ya habíamos empezado a reconstruir nuestras vidas, a mi esposo le dispararon mientras trabajaba cerca de Popayán, lo trasladaron a Cali, pero no sobrevivió, mi esposo se llamaba Jaime, ese mismo día también asesinaron a un periodista que llevaba su mismo nombre.

Fue un tiempo muy duro, me tocó salirme de allá, así como él me dijo. Nos vinimos como fuera a Popayán y nos metimos en una invasión, al asentamiento Quebrada Pubus, en el barrio 31 de Marzo. Es un lugar que se inunda cuando llueve, pero me tocó quedarme aquí porque no ha habido cómo irme. Desde ese momento me ha tocado vivir del día a ver qué pasa. Yo llegué a Popayán hace como 20 años, fui a poner el denuncio, pero hasta el momento no nos han ayudado, hasta ahora nos van a dar las ayudas humanitarias porque pasamos un derecho de petición.

En los primeros meses que viví en Popayán me tocaba trabajar muy duro, lavar ropa, salir con mis hijos pequeños a trabajar el día, pero yo decía: «Tengo que salir adelante por mis hijos, porque, ¿qué otra cosa voy a hacer?». A veces me iba de noche, toda la noche, a trabajar en los restaurantes y de día a cocinar para los hijos.

Un día, yo andaba por ahí y doña María Elena1 nos invitó a una capacitación para hacer huertas y para trabajar en el Jardín de la Memoria2. A mí, como me gusta mucho el campo, trabajar y sembrar, me pareció una muy buena idea. Uno de los procesos productivos con los que empecé en la fundación consistía en sembrar en una finca, pero no dio resultado; sin embargo, seguimos en lo del Jardín de la Memoria y yo seguí en la Fundación desde ese momento. Han pasado ya 15 años.

Doña María Elena fue la persona que me ayudó, ahora estoy en las capacitaciones, aprendiendo modistería, gracias a Dios. Al momento de llegar a Popayán no sabíamos que nosotras éramos víctimas, con las capacitaciones que hemos hecho en la fundación nos enteramos de eso.

En el transcurso de la vida he aprendido que, a pesar de las adversidades, siempre habrá un motivo para seguir nuestros sueños, para sonreír junto a nuestros seres queridos y para vivir la vida porque es bella. Ahora, lo que yo más anhelo es que me den mi vivienda digna, estoy hasta ahora viendo cómo me organizo. Para sobrevivir hago fritanga, trabajo para los niños, para mis nietos. Cuido dos nietos y los dos están en condición de discapacidad. Yo los crecí y los tengo hasta el día de hoy.

En esa vivienda que yo sueño tener, me gustaría cultivar hortensias, esa flor me gusta mucho, la cultivábamos en mi niñez, la teníamos solo de adorno y nos parecía muy bonita. Esa es una planta muy resistente, no se cae fácil, por eso me gusta, ella pega en toda parte donde uno la cultive, si tiene abonito uno le echa y ella florece donde sea.

Esta crónica fue construida por Hortensia, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.

(1) Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
(2)El jardín de la memoria.