De un día gris
a un verde esperanza
***
Hay recuerdos de nuestra historia que se quedan en la memoria. Algunos muy grandes, otros muy diminutos. Recuerdo aquel árbol de mandarina que teníamos en la finca en la que vivíamos muy felices, el olor de la albahaca, el sabor dulce de la miel con café, los recuerdos gratos de cuando corríamos por las montañas, libres. Recuerdo las flores silvestres, en especial la fragancia de la vainilla que yo utilizaba en mis preparaciones. La vainilla cae bien en todo, hasta en el café, ella, como yo, se acomoda a todas las circunstancias y da un buen sabor a las comidas. El olor de la vainilla me recuerda a los oficios de la finca, me recuerda las reuniones que teníamos en la vereda, me recuerda a los platos que preparábamos en comunidad. En casa tenía un horno de barro, cada ocho días nos reuníamos con las mujeres de la vereda y realizábamos un compartir, preparábamos pasteles y tortas con las esencias de mi tierra.
Recuerdo el coro incansable de los animales nocturnos que me arrullaban en mi descanso; recuerdo ver el amanecer con una tranquilidad representada por los suaves sonidos del despertar de la naturaleza. Son muy diferentes a los sonidos que lo despiertan a uno ahora, como el de los pitos de los carros, el camión de la basura o el abrir de las tiendas alrededor de la casa. También recuerdo las alboradas de los pájaros en un día de verano. Recuerdo una mañana con un sol resplandeciente que daba comienzo a un nuevo día de trabajo, también el ruidoso río ovejas, esa fresca humedad de las riberas, sentir las toscas piedras y disfrutar de aquella agua helada y caudalosa.
La vereda Las Mercedes, en la que yo vivía, era un paso obligado tanto para el Ejército como para la guerrilla, era un paso estratégico que conectaba muchas veredas a la cabecera municipal del municipio de Caldono. Un día llegó el Batallón de Alta Montaña del Ejército a mi casa, los soldados me pidieron permiso para acampar en mi terreno. Yo nunca pensé que la guerra fuera a entrar a nuestras vidas, pero ella se movía muy cerca de nosotros. En el mes de junio de 2004 nos tocó enfrentar una dura situación porque estábamos en la mitad de los enfrentamientos. Lo único que podíamos hacer era orar a Dios. Se acostumbraba uno a los sonidos de la guerra, uno identificaba la marcha del Ejército y la marcha de la guerrilla, conocía la diferencia de las botas de cada uno, se acostumbraba a los aviones, al temido avión fantasma que no se escuchaba, pero se escuchaban las municiones detonando, se sentía el cimbronazo, había más bajas de civiles que de guerrilleros.
En esa época, la guerrilla secuestró al sacerdote del municipio de Mondomó y a Florián, un misionero suizo que vivía en la vereda de Monterilla y tenía una organización agropecuaria. Cuando la Guardia Indígena supo del secuestro, hicieron frente a la situación, realizaron un cerco a la guerrilla y más de 300 indígenas llevaron a cabo una gran protesta. Como forma de resistencia, realizaron actos de presión que posibilitaron la liberación del misionero. La comunidad indígena se cansó de ver tantas injusticias en su territorio por parte de los grupos armados, tomaron valor para enfrentarse a ese enemigo que los estaba atormentando y creando temor en la región. Lastimosamente, en esa época allá dominaban los grupos ilegales y a la comunidad nos tenían acorralados.
Cuando el Batallón de Alta Montaña pasó una noche en mi casa, era difícil para mí ver tantos hombres armados en mi terreno, unos durmiendo colgados en árboles, otros durmiendo en el pasillo, otros prestando guardia. Yo le expresé al comandante del batallón mi temor más grande: al permitirles dormir en mi casa iba a quedar marcada como colaboradora del Ejército, y él me dijo que ellos me protegerían. Sin embargo, esa noche no pude dormir.
Esta era una situación muy común en la vereda. En el cabildo de Caldono se había hecho la denuncia de que no era permitido que el Ejército acampara en territorios indígenas o en centros poblados porque, al ser un lugar de tanto tránsito de guerrilla, en cualquier momento se podía presentar un combate y los damnificados íbamos a ser los civiles, los más inocentes, los que no teníamos nada que ver, pero igual seguía sucediendo.
Los guerrilleros iban mucho a la vereda donde yo vivía para aprovisionarse, compraban, o a veces pedían, algunos víveres. El día en que llegó el Batallón de Alta Montaña a mi casa, un grupo de 15 guerrilleros estaban comprando remesa. Un vecino que sabía de la situación me lo comentó, me dijo que los muchachos estaban comprando café. Yo le propuse al vecino que los informara y los mantuviera en la tienda hasta que se fuera el batallón, para que no se fueran a matar unos con otros, él estaba en la misma situación que yo, tuvo que esconder a la guerrilla mientras el Ejército se iba de mi casa. Si él no los hubiera alertado y escondido, quizás yo no estaría contando esta historia. Cuando los dos bandos se fueron nos enteramos de que se habían encontrado en otra vereda y se había iniciado un hostigamiento, todas las personas tuvieron que esconderse porque estaba la amenaza de la llegada del avión fantasma y los refuerzos de otros batallones.
Ese fue el día que cambió mi vida. Tiempo después, la guerrilla le dijo a mi tía: «Si el batallón vuelve a acampar en su casa, nosotros no respondemos». La zona donde estábamos era resguardo indígena y ellos son muy celosos con las cosas que pasan en la comunidad. El gobernador del cabildo nos dijo: «Mejor váyanse porque les tenemos mucho aprecio». Sentíamos miedo, horror, desconsuelo, quedamos desolados y desamparados, con incertidumbre y con la sensación de que era inevitable que, lo que había pasado, se repitiera.
Hablamos con mi tía y decidimos no esperar a que sucediera una tragedia, empezamos a regalar nuestras cosas. La mayoría de las personas que se desplazaban en esa época lo hacían hacía la ciudad de Cali o a Santander de Quilichao. En la vereda había gente que conocía dónde teníamos familia, entonces nos dio temor que pudieran seguirnos. Decidimos irnos a Popayán, en esa época no había tantos desplazamientos a esta ciudad, por eso pensamos que era el mejor lugar que podía cobijarnos y brindarnos la seguridad que necesitábamos. Ahora es una de las ciudades que alberga la mayor cantidad de personas desplazadas del país.
También nos cansamos de escuchar tantos hostigamientos. Yo pensaba: «Tengo unos niños pequeños, yo no quiero que más adelante vengan, los busquen y se los lleven o se vayan voluntariamente», porque los jóvenes se iban con el mejor postor en busca de dinero. El miedo y la zozobra de estar en un territorio donde no te garantizan la seguridad es difícil. Siempre hubo presencia guerrillera, pero no como en el 2004. Después del fallido proceso de paz con Pastrana, entre 1999 y el 2005, se acrecentaron los hostigamientos, los atentados, la incursión militar y los secuestros.
Al llegar a Popayán, sobrevivir en esta ciudad gris fue muy duro. Cuando llegamos, nos paramos en el barrio La Esmeralda. No conocíamos a nadie, no teníamos familia, llegamos aquí, como dicen «pa saber pa donde pegar». «Aquí, ¿dónde las dejamos?», nos preguntó el señor que nos llevó. Mi tía dijo: «En un lugar donde podamos quedarnos, donde podamos ubicarnos». Nosotras no sabíamos. La plaza de mercado La Esmeralda es donde llegan todos los campesinos, entonces allá nos dejaron. Cuando ya estábamos en la calle, otro señor nos preguntó: «¿Ustedes para dónde van?». Luego nos dijo: «¡ah, ustedes vienen desplazadas! Quién sabe qué hicieron».
Éramos 11 personas: mi papá, mi tía y su familia, mis dos hijos y una vecina, también la perrita Linda, tres gallinas, un pato, unas maticas en semillero, recuerdo que eran de albahaca, y algunas poquitas cosas, solo nos trajimos lo esencial: ollitas, ropa, que empacamos en unos costales y en una caja. Nos dijeron que los desplazados que llegaban a Popayán iban a Santo Domingo Savio, Comuna 7 de la ciudad, entonces tomamos una chiva y para allá nos fuimos. Era un asentamiento con chozas de madera, había una casa desocupada y la arrendamos ese mismo día. En ese momento nuestra historia se partía en un antes y un después, sin posibilidades de nada, nuestros sueños se habían perdido.
El sitio que nos acogió, la Comuna 7, a pesar de que es un barrio de personas humildes y se ve mucha prostitución, mucha drogadicción, mucha pobreza, la calidad humana de las personas que nos acogieron fue muy grata, teníamos muy buenos vecinos. La gente fue muy solidaria porque había familias desplazadas de otros sitios que se dieron cuenta de lo que nos había pasado. Pero no es lo mismo estar en su terreno, que usted sale y camina, que uno sacaba los niños afuera, al campo a jugar, ahora uno no podía dejarlos jugar porque pasaban motos y carros, se limitaba la libertad. Vivir en una piecita 11 personas nos impactó mucho. Diario teníamos que comprar cosas y debíamos tener algo. En la finca uno esperaba a que llegara la cosecha y con eso se compraba para el mes.
En ese tiempo, uno no sabía qué era ser desplazado, no había una ley, había una sentencia, no se reconocía el conflicto armado, se decía que eran bandas terroristas y criminales, había un pronunciamiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el desplazamiento forzado, pero eso era todo. Nos demoramos 3 meses en hacer una declaración porque no teníamos orientaciones sobre nuestra condición. Después de 6 meses quedamos en el Sistema de Información de Población Desplazada (SIPOD). Nos decían que teníamos que esperar las ayudas humanitarias que daba la Cooperación Internacional. Mientras tanto, ¿qué hacíamos? Tuvimos que trabajar, fritar empanadas, buñuelos, arepas, con eso fue que empezamos a financiarnos.
Poner la denuncia también nos generaba miedo, uno se imaginaba que lo iban a encontrar, que lo iban a matar, además uno denunciaba y siempre le decían: «Ah, pero eso es zona roja» Había mucha estigmatización, la gente decía, a veces, que de donde yo venía era un «territorio guerrillero».
Pasaron casi nueve meses para la verificación; nueve meses en los que ya habíamos superado mucho del impacto, excepto lo psicológico: teníamos el temor de que nos buscaran, no salíamos a lugares muy lejanos, nos daba miedo. A mi tía le decían los antiguos vecinos de la vereda que nos estaban buscando. Nos tocó pasar unos 2 o 3 años con ese miedo, no teníamos confianza en la institucionalidad.
En el 2004, nos vinimos desplazadas y, en el 2006, creamos nuestra Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas, cansadas de que nos estafaran, de que nos robaran. Cada vez que íbamos a una organización querían sacarnos plata, visitamos como 3 o 4 fundaciones, pero ninguna nos daba orientaciones o capacitaciones, nada. Nos decían que nos iban a ayudar, pero no hacían ningún trámite. Nos metimos en esto sin saber cómo se manejaba una fundación; nosotras queríamos ayudar a todo el mundo. La gente piensa que teniendo una personería jurídica le va a llover dinero del cielo, pero esto es de paciencia y es desgastante. Los primeros años comenzamos a aprender y después comenzamos a enseñar a otros.
Lo primero que nosotros hicimos como organización fue sanarnos. A partir del primer ejercicio de memoria, pudimos identificar las afectaciones que teníamos congeladas de años atrás. Ahí nos dimos cuenta de que las afectaciones nos habían quedado marcadas en el cuerpo, nos dimos cuenta, después de 10 años, que era normal que se manifestaran en enfermedades o dolencias. Comprendimos y conocimos nuestras debilidades, nuestras emociones, nuestros sentimientos. ¿Cuántas afectaciones surgen del conflicto armado y cuántas personas se podrían identificar con nosotros? Pudimos darle un nuevo sentido a la vida, ayudar a otros que han pasado situaciones similares, trabajar por la reconstrucción de la verdad desde las voces de las víctimas, trabajar por la restauración. Así, nos dimos cuenta de la importancia de la ley de víctimas, de la verdad, la justicia y la reparación. Hay muchas cosas que son responsabilidad del Estado y de los gobiernos de turno, que embolatan la realización cabal de esos tres derechos fundamentales. Nosotros sabemos ahora que somos una población valiosa y casi olvidada.
Es muy difícil sostener una fundación por tanto tiempo, pero la fundación me ha ayudado a desarrollarme como persona, a quitar mis temores, mi timidez y poder crecer personalmente, poder hablar y capacitarme. Antes de llegar a Popayán, yo soñaba con ser administradora de empresas, no pude estudiar, pero ahora estoy aprendiendo a administrar esta empresa social que tenemos con la fundación. El tiempo que tengo lo dedico, como lideresa y como cuidadora, a reconstruir sueños, a ver si así contribuimos a tejer los corazones rotos que la guerra nos dejó. La perseverancia de las cosas es la que nos ayuda, esto es un caminar y tiene que gustarle a uno mucho. Gracias a la fundación puedo mirar al pasado y repetir estas palabras que encontré hace poco: «Mírate, aquí estás y, si ves hacía atrás, te darás cuenta de que lo lograste, lo superaste, avanzaste y ahora eres más fuerte, con más experiencia y muchas más herramientas de vida para seguir caminando».
A veces, en medio de ese mirar al pasado, recuerdo la historia de la mantilla de Arón, una mantilla amarilla con la que cubrí a mi hijo Arón cuando tuvimos que salir de nuestra casa. Yo lo traje cuando tenía seis meses, ahora él ya tiene 17 años. Esa mantilla fue un regalo de mi abuela, que pronto va a cumplir 100 años, ella la tejió con sus sagradas manos. La mantilla de Arón es un símbolo de nuestro legado, de nuestra familia y de nuestras raíces. Al mirarla, recuerdo todo lo que hemos pasado como familia y recuerdo que hemos mantenido viva la paz, la esperanza, recuerdo que seguiré soñando en tener una pequeña parcela donde pueda ver crecer la vainilla y reconstruir lo que quedó en una espesa nube gris de neblina que apareció en nuestras vidas. Seguiré trabajando para poder hacer realidad un proyecto agrícola, un proyecto rural que nos permita un pequeño retorno, un volver al campo.
Esta crónica fue construida por Vainilla, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.
De un día gris
a un verde esperanza
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Hay recuerdos de nuestra historia que se quedan en la memoria. Algunos muy grandes, otros muy diminutos. Recuerdo aquel árbol de mandarina que teníamos en la finca en la que vivíamos muy felices, el olor de la albahaca, el sabor dulce de la miel con café, los recuerdos gratos de cuando corríamos por las montañas, libres. Recuerdo las flores silvestres, en especial la fragancia de la vainilla que yo utilizaba en mis preparaciones. La vainilla cae bien en todo, hasta en el café, ella, como yo, se acomoda a todas las circunstancias y da un buen sabor a las comidas. El olor de la vainilla me recuerda a los oficios de la finca, me recuerda las reuniones que teníamos en la vereda, me recuerda a los platos que preparábamos en comunidad. En casa tenía un horno de barro, cada ocho días nos reuníamos con las mujeres de la vereda y realizábamos un compartir, preparábamos pasteles y tortas con las esencias de mi tierra.
Recuerdo el coro incansable de los animales nocturnos que me arrullaban en mi descanso; recuerdo ver el amanecer con una tranquilidad representada por los suaves sonidos del despertar de la naturaleza. Son muy diferentes a los sonidos que lo despiertan a uno ahora, como el de los pitos de los carros, el camión de la basura o el abrir de las tiendas alrededor de la casa. También recuerdo las alboradas de los pájaros en un día de verano. Recuerdo una mañana con un sol resplandeciente que daba comienzo a un nuevo día de trabajo, también el ruidoso río ovejas, esa fresca humedad de las riberas, sentir las toscas piedras y disfrutar de aquella agua helada y caudalosa.
La vereda Las Mercedes, en la que yo vivía, era un paso obligado tanto para el Ejército como para la guerrilla, era un paso estratégico que conectaba muchas veredas a la cabecera municipal del municipio de Caldono. Un día llegó el Batallón de Alta Montaña del Ejército a mi casa, los soldados me pidieron permiso para acampar en mi terreno. Yo nunca pensé que la guerra fuera a entrar a nuestras vidas, pero ella se movía muy cerca de nosotros. En el mes de junio de 2004 nos tocó enfrentar una dura situación porque estábamos en la mitad de los enfrentamientos. Lo único que podíamos hacer era orar a Dios. Se acostumbraba uno a los sonidos de la guerra, uno identificaba la marcha del Ejército y la marcha de la guerrilla, conocía la diferencia de las botas de cada uno, se acostumbraba a los aviones, al temido avión fantasma que no se escuchaba, pero se escuchaban las municiones detonando, se sentía el cimbronazo, había más bajas de civiles que de guerrilleros.
En esa época, la guerrilla secuestró al sacerdote del municipio de Mondomó y a Florián, un misionero suizo que vivía en la vereda de Monterilla y tenía una organización agropecuaria. Cuando la Guardia Indígena supo del secuestro, hicieron frente a la situación, realizaron un cerco a la guerrilla y más de 300 indígenas llevaron a cabo una gran protesta. Como forma de resistencia, realizaron actos de presión que posibilitaron la liberación del misionero. La comunidad indígena se cansó de ver tantas injusticias en su territorio por parte de los grupos armados, tomaron valor para enfrentarse a ese enemigo que los estaba atormentando y creando temor en la región. Lastimosamente, en esa época allá dominaban los grupos ilegales y a la comunidad nos tenían acorralados.
Cuando el Batallón de Alta Montaña pasó una noche en mi casa, era difícil para mí ver tantos hombres armados en mi terreno, unos durmiendo colgados en árboles, otros durmiendo en el pasillo, otros prestando guardia. Yo le expresé al comandante del batallón mi temor más grande: al permitirles dormir en mi casa iba a quedar marcada como colaboradora del Ejército, y él me dijo que ellos me protegerían. Sin embargo, esa noche no pude dormir.
Esta era una situación muy común en la vereda. En el cabildo de Caldono se había hecho la denuncia de que no era permitido que el Ejército acampara en territorios indígenas o en centros poblados porque, al ser un lugar de tanto tránsito de guerrilla, en cualquier momento se podía presentar un combate y los damnificados íbamos a ser los civiles, los más inocentes, los que no teníamos nada que ver, pero igual seguía sucediendo.
Los guerrilleros iban mucho a la vereda donde yo vivía para aprovisionarse, compraban, o a veces pedían, algunos víveres. El día en que llegó el Batallón de Alta Montaña a mi casa, un grupo de 15 guerrilleros estaban comprando remesa. Un vecino que sabía de la situación me lo comentó, me dijo que los muchachos estaban comprando café. Yo le propuse al vecino que los informara y los mantuviera en la tienda hasta que se fuera el batallón, para que no se fueran a matar unos con otros, él estaba en la misma situación que yo, tuvo que esconder a la guerrilla mientras el Ejército se iba de mi casa. Si él no los hubiera alertado y escondido, quizás yo no estaría contando esta historia. Cuando los dos bandos se fueron nos enteramos de que se habían encontrado en otra vereda y se había iniciado un hostigamiento, todas las personas tuvieron que esconderse porque estaba la amenaza de la llegada del avión fantasma y los refuerzos de otros batallones.
Ese fue el día que cambió mi vida. Tiempo después, la guerrilla le dijo a mi tía: «Si el batallón vuelve a acampar en su casa, nosotros no respondemos». La zona donde estábamos era resguardo indígena y ellos son muy celosos con las cosas que pasan en la comunidad. El gobernador del cabildo nos dijo: «Mejor váyanse porque les tenemos mucho aprecio». Sentíamos miedo, horror, desconsuelo, quedamos desolados y desamparados, con incertidumbre y con la sensación de que era inevitable que, lo que había pasado, se repitiera.
Hablamos con mi tía y decidimos no esperar a que sucediera una tragedia, empezamos a regalar nuestras cosas. La mayoría de las personas que se desplazaban en esa época lo hacían hacía la ciudad de Cali o a Santander de Quilichao. En la vereda había gente que conocía dónde teníamos familia, entonces nos dio temor que pudieran seguirnos. Decidimos irnos a Popayán, en esa época no había tantos desplazamientos a esta ciudad, por eso pensamos que era el mejor lugar que podía cobijarnos y brindarnos la seguridad que necesitábamos. Ahora es una de las ciudades que alberga la mayor cantidad de personas desplazadas del país.
También nos cansamos de escuchar tantos hostigamientos. Yo pensaba: «Tengo unos niños pequeños, yo no quiero que más adelante vengan, los busquen y se los lleven o se vayan voluntariamente», porque los jóvenes se iban con el mejor postor en busca de dinero. El miedo y la zozobra de estar en un territorio donde no te garantizan la seguridad es difícil. Siempre hubo presencia guerrillera, pero no como en el 2004. Después del fallido proceso de paz con Pastrana, entre 1999 y el 2005, se acrecentaron los hostigamientos, los atentados, la incursión militar y los secuestros.
Al llegar a Popayán, sobrevivir en esta ciudad gris fue muy duro. Cuando llegamos, nos paramos en el barrio La Esmeralda. No conocíamos a nadie, no teníamos familia, llegamos aquí, como dicen «pa saber pa donde pegar». «Aquí, ¿dónde las dejamos?», nos preguntó el señor que nos llevó. Mi tía dijo: «En un lugar donde podamos quedarnos, donde podamos ubicarnos». Nosotras no sabíamos. La plaza de mercado La Esmeralda es donde llegan todos los campesinos, entonces allá nos dejaron. Cuando ya estábamos en la calle, otro señor nos preguntó: «¿Ustedes para dónde van?». Luego nos dijo: «¡ah, ustedes vienen desplazadas! Quién sabe qué hicieron».
Éramos 11 personas: mi papá, mi tía y su familia, mis dos hijos y una vecina, también la perrita Linda, tres gallinas, un pato, unas maticas en semillero, recuerdo que eran de albahaca, y algunas poquitas cosas, solo nos trajimos lo esencial: ollitas, ropa, que empacamos en unos costales y en una caja. Nos dijeron que los desplazados que llegaban a Popayán iban a Santo Domingo Savio, Comuna 7 de la ciudad, entonces tomamos una chiva y para allá nos fuimos. Era un asentamiento con chozas de madera, había una casa desocupada y la arrendamos ese mismo día. En ese momento nuestra historia se partía en un antes y un después, sin posibilidades de nada, nuestros sueños se habían perdido.
El sitio que nos acogió, la Comuna 7, a pesar de que es un barrio de personas humildes y se ve mucha prostitución, mucha drogadicción, mucha pobreza, la calidad humana de las personas que nos acogieron fue muy grata, teníamos muy buenos vecinos. La gente fue muy solidaria porque había familias desplazadas de otros sitios que se dieron cuenta de lo que nos había pasado. Pero no es lo mismo estar en su terreno, que usted sale y camina, que uno sacaba los niños afuera, al campo a jugar, ahora uno no podía dejarlos jugar porque pasaban motos y carros, se limitaba la libertad. Vivir en una piecita 11 personas nos impactó mucho. Diario teníamos que comprar cosas y debíamos tener algo. En la finca uno esperaba a que llegara la cosecha y con eso se compraba para el mes.
En ese tiempo, uno no sabía qué era ser desplazado, no había una ley, había una sentencia, no se reconocía el conflicto armado, se decía que eran bandas terroristas y criminales, había un pronunciamiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el desplazamiento forzado, pero eso era todo. Nos demoramos 3 meses en hacer una declaración porque no teníamos orientaciones sobre nuestra condición. Después de 6 meses quedamos en el Sistema de Información de Población Desplazada (SIPOD). Nos decían que teníamos que esperar las ayudas humanitarias que daba la Cooperación Internacional. Mientras tanto, ¿qué hacíamos? Tuvimos que trabajar, fritar empanadas, buñuelos, arepas, con eso fue que empezamos a financiarnos.
Poner la denuncia también nos generaba miedo, uno se imaginaba que lo iban a encontrar, que lo iban a matar, además uno denunciaba y siempre le decían: «Ah, pero eso es zona roja» Había mucha estigmatización, la gente decía, a veces, que de donde yo venía era un «territorio guerrillero».
Pasaron casi nueve meses para la verificación; nueve meses en los que ya habíamos superado mucho del impacto, excepto lo psicológico: teníamos el temor de que nos buscaran, no salíamos a lugares muy lejanos, nos daba miedo. A mi tía le decían los antiguos vecinos de la vereda que nos estaban buscando. Nos tocó pasar unos 2 o 3 años con ese miedo, no teníamos confianza en la institucionalidad.
En el 2004, nos vinimos desplazadas y, en el 2006, creamos nuestra Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas, cansadas de que nos estafaran, de que nos robaran. Cada vez que íbamos a una organización querían sacarnos plata, visitamos como 3 o 4 fundaciones, pero ninguna nos daba orientaciones o capacitaciones, nada. Nos decían que nos iban a ayudar, pero no hacían ningún trámite. Nos metimos en esto sin saber cómo se manejaba una fundación; nosotras queríamos ayudar a todo el mundo. La gente piensa que teniendo una personería jurídica le va a llover dinero del cielo, pero esto es de paciencia y es desgastante. Los primeros años comenzamos a aprender y después comenzamos a enseñar a otros.
Lo primero que nosotros hicimos como organización fue sanarnos. A partir del primer ejercicio de memoria, pudimos identificar las afectaciones que teníamos congeladas de años atrás. Ahí nos dimos cuenta de que las afectaciones nos habían quedado marcadas en el cuerpo, nos dimos cuenta, después de 10 años, que era normal que se manifestaran en enfermedades o dolencias. Comprendimos y conocimos nuestras debilidades, nuestras emociones, nuestros sentimientos. ¿Cuántas afectaciones surgen del conflicto armado y cuántas personas se podrían identificar con nosotros? Pudimos darle un nuevo sentido a la vida, ayudar a otros que han pasado situaciones similares, trabajar por la reconstrucción de la verdad desde las voces de las víctimas, trabajar por la restauración. Así, nos dimos cuenta de la importancia de la ley de víctimas, de la verdad, la justicia y la reparación. Hay muchas cosas que son responsabilidad del Estado y de los gobiernos de turno, que embolatan la realización cabal de esos tres derechos fundamentales. Nosotros sabemos ahora que somos una población valiosa y casi olvidada.
Es muy difícil sostener una fundación por tanto tiempo, pero la fundación me ha ayudado a desarrollarme como persona, a quitar mis temores, mi timidez y poder crecer personalmente, poder hablar y capacitarme. Antes de llegar a Popayán, yo soñaba con ser administradora de empresas, no pude estudiar, pero ahora estoy aprendiendo a administrar esta empresa social que tenemos con la fundación. El tiempo que tengo lo dedico, como lideresa y como cuidadora, a reconstruir sueños, a ver si así contribuimos a tejer los corazones rotos que la guerra nos dejó. La perseverancia de las cosas es la que nos ayuda, esto es un caminar y tiene que gustarle a uno mucho. Gracias a la fundación puedo mirar al pasado y repetir estas palabras que encontré hace poco: «Mírate, aquí estás y, si ves hacía atrás, te darás cuenta de que lo lograste, lo superaste, avanzaste y ahora eres más fuerte, con más experiencia y muchas más herramientas de vida para seguir caminando».
A veces, en medio de ese mirar al pasado, recuerdo la historia de la mantilla de Arón, una mantilla amarilla con la que cubrí a mi hijo Arón cuando tuvimos que salir de nuestra casa. Yo lo traje cuando tenía seis meses, ahora él ya tiene 17 años. Esa mantilla fue un regalo de mi abuela, que pronto va a cumplir 100 años, ella la tejió con sus sagradas manos. La mantilla de Arón es un símbolo de nuestro legado, de nuestra familia y de nuestras raíces. Al mirarla, recuerdo todo lo que hemos pasado como familia y recuerdo que hemos mantenido viva la paz, la esperanza, recuerdo que seguiré soñando en tener una pequeña parcela donde pueda ver crecer la vainilla y reconstruir lo que quedó en una espesa nube gris de neblina que apareció en nuestras vidas. Seguiré trabajando para poder hacer realidad un proyecto agrícola, un proyecto rural que nos permita un pequeño retorno, un volver al campo.
Esta crónica fue construida por Vainilla, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.



















