A pesar de todo, florecer

***

Uno está en la oscuridad en algunos momentos, no halla qué hacer o para dónde ir, luego uno sabe que sí pudo, que salió de esa tiniebla donde estaba, que pudo renacer y pensar en nuevas metas. A mí me gustaría que muchas personas conozcan esta historia y miren que sí, que uno después del conflicto armado y las dificultades de la vida puede volver a salir a la luz.


Mi vida no ha sido llena de alegrías, desde los cinco añitos para mí ha sido dura, terrible, no tuve niñez como la niñez de muchos niños ahora. He tenido más bajos que altos, por ratos he querido renunciar, pero el amor de mis hijas me ha mantenido luchando. Tengo tres hijas y un nieto de cuatro meses, que es la adoración de la casa.

La historia que me pasó, le pasa todavía a muchos niños, las madres que se quedan calladas deberían denunciar.

Mi familia es de El Plateado, Cauca; mi mamá es nativa del municipio de Argelia, yo nací en El Plateado. Cuando yo tenía 5 años, mi madre, mi abuelo y mi abuela decidieron ir a vivir a San Juan de Villalobos, que queda la mitad en Mocoa y la mitad en Pitalito. Allá compraron una finquita y ahí mi mamá se acompañó de otro hombre que no era mi padre, porque mi padre nunca vio por mí.

Ese hombre me pegaba, me insultaba, fui víctima de maltrato infantil. Tiempo después viajamos a Garzón, Huila, y a los 7 años mi padrastro abusó de mí. Yo le conté a mi mamá, pero ella no me creía, él la mandaba a la tienda para hacer lo que quería conmigo.

Yo viví todo ese martirio desde los 7 años. Él le pegaba a mi mamá y le decía que yo tenía que cargar agua para fumigar los cultivos de lulo que él tenía y, cuando me mandaba, él hacía lo que quería conmigo. Cuando estaba estudiando yo no tenía zapatos, no tenía un lápiz, me tocó muy duro.

Pasó el tiempo, yo tenía 12 años cuando volvimos al Plateado, allí le conté a la esposa de un vecino porque mi mamá no me creía y me pegaba porque decía que yo era mentirosa; la vecina fue con el esposo a la casa y confrontó a mi mamá, pero ella dijo que era mentira y el señor también. Él me dejó tirada en el suelo, yo tuve un pensamiento muy feo, cogí un cuchillo, pero dije: «No, yo no hago esto». Al otro día, a las nueve de la mañana, me empacó dos muditas de ropa en un bolsito morado que tanto recuerdo, me empujó para afuera de la casa y me dijo que yo ya no era recibida. Yo quería ver si mi mamá hacía algo por mí, pero no hizo nada. Sentí mucho odio, mucho dolor. Yo cogí carretera arriba y lo único que se me ocurrió fue irme para allá, para donde los muchachos
1. Ellos me pasaron unas botas, yo me iba a subir a un carro y en esas me encontré a mi tía, ella se abrazó a mí y me dijo que se haría cargo, les rogó que no me llevaran y ellos, después de negarse un rato, aceptaron. Eso fue por el año de 1998.

Imagen Crónica Anturio: Collage auto representativo realizado por Anturio

Mi tía me llevó a trabajar a varias fincas, trabajábamos cosechando, limpiando, echando azadón. Estuve varios meses con ella hasta que me dijo que ya no podía hacerse cargo de mí, así que me fui a Cali con una prima. Yo tenía 14 años, trabajaba en un supermercado, pero no era feliz, mi vida era tristeza, amargura y dolor. Le dije a mi prima que quería volver, quería volver a ver si mi mamá me recibía en la casa. Cuando volví, mi mamá me recibió, pero cuando llegó el señor, me tiró de nuevo las cosas a la calle y entonces me fui a donde mi tía.

Mi mamá había hablado con un muchacho que estaba enamorado de mí, ella me dijo que tenía que irme con él, pero después de todos los abusos yo tenía miedo. Ese muchacho me llevó a la fuerza, la finca de él tenía muchas carreteras, muchos caminos, yo no sabía por dónde me había llevado. Finalmente, me tocó estar allá y quedé embarazada. Yo no lo quería a él, pero ya tenía a la bebé en mi estómago así que me tocó aguantarme.

Él era tomador, a mí me tocaba rebuscarme para poder comer porque él no me daba lo suficiente. Tampoco tenía cómo planificar, así que quedé de nuevo en embarazo tiempo después. Cuando él supo que íbamos a tener una segunda hija, me tiró para la calle, me dijo que la bebé no era de él. Yo arrendé una piececita y me fui a vivir allá con mis hijas. De ahí en adelante me tocó a mí sola, trabajaba por ahí, me ganaba el bocado de comida para mis niñas, a veces me tocaba acostarme con hambre.

Decidí irme de nuevo al Huila y salir de El Plateado, donde había vivido tanto dolor. Allá trabajé en un restaurante donde ganaba 5 mil pesitos. Yo distinguía a un amigo, él era cantante de música popular. Después de un tiempo decidimos convivir y nos fuimos a vivir a Popayán. Con él tuve a mi hija menor, pero las cosas se pusieron mal también, yo me fui escapada porque él me maltrataba, nos dejaba hasta tres días encerradas, esos dos años fueron un martirio. Un día, mi hija, la grande, escondió unas llaves de la puerta, cuando él se fue me dijo: «Mamita, yo tengo llaves», así que nos fuimos. Una vecina nos escondió y al otro día nos fuimos al Huila.

Cuando mis hijas empezaron a estudiar, ellas solo lloraban en las clases. La profesora me dijo que algo les pasaba, preguntó si yo sabía, pero yo no sabía nada. Llamaron a una psicóloga y ahí fue cuando ellas soltaron todos los daños que les hizo ese hombre. Llevé al hospital a mis niñas para que les hicieran un examen, les hicimos el examen en Mocoa, allá llegó el ICBF y la Policía. Allí también supe que yo estaba embarazada. Yo decía: «Pero cómo lo mismo que me pasó a mí, le va a pasar a mis hijas».

El Instituto de Bienestar Familiar se las llevó, pero pude sacarlas con ayuda de una amiga. Cuando fuimos con la Policía a buscarlo a él, se había escapado. Yo dije que lo iba a buscar, yo lo iba a buscar hasta encontrarlo, no iba a hacer lo que hizo mi mamá: quedarme callada, así que denuncié.
El embarazo fue muy duro, me enteré de que eran dos niños y yo no los quería, sentía mucho odio, pero mi mamá me ayudó en ese momento. Nunca tuvimos una buena relación, pero en esa época ella me dio la mano. Cuando tuve a los bebés por cesárea, solo me dieron a la niña, los doctores nunca me dieron razón del niño, nunca supe qué pasó con él. Con el tiempo, una psicóloga me ayudó a querer a mi niña y a los 3 meses le empecé a coger cariño.

Yo seguí buscando a ese señor, fui a buscarlo a Popayán, llevé a la bebé, él la vio y estaba contento, la cargaba y yo sentía que me moría por dentro. Lo llevé a comprar ropa y ahí aproveché para llamar a la Policía. Así se lo llevaron y hasta el sol de hoy él está en la cárcel. A veces me llamaba a amenazarme, pero yo lo denuncié. Me queda ese dolor, esa tristeza y ese rencor porque mis niñas pasaron lo mismo que yo, uno queda marcado.

Después de eso, estaba muy dura la situación, no tenía qué comer, por eso decidí volver a El Plateado. Los años en los que volví allá fueron años de muerte, momentos de angustia, momentos de hombres armados. Dos años nos aguantamos allá, yo me rebuscaba en almacenes, en oficios varios, buscaba todo para el estudio de mis hijas, eso era lo primero, yo no quería que les pasara lo mismo que a mí.

Allá me recibió el abuelo y la abuela paterna de ellas, el papá de las niñas mayores fue a visitarme y, durante un mes, estuvimos muy contentos, pero él volvió a tomar y llegaba borracho a maltratarnos. Los abuelos de mis niñas murieron poco tiempo después de que llegáramos, ellos querían compartir con ellas y ayudarlas, pero no fue así, a mí me tocó asumir el trabajo. En el pueblo había asesinatos por todos lados, al lado de la casa aparecían muertos, en el parque había balaceras, de noche pasaban camionetas de hombres armados por el pueblo, hacían cerrar todo, era una cosa horrible, uno vivía con miedo, con temor, con angustia, yo tuve que mirar cómo le quitaban la cabeza a una persona en el pueblo. Mientras trabajaba en una zapatería, los armados llegaban a matar a los chicos de las moto-taxis. No sé qué grupo armado era, no sé si eran elenos, FARC, paramilitares, solo sé que estaban encapuchados y vestían camuflados.

Por esa época, mis hijas estaban ya señoritas, yo había sufrido un accidente grave en uno de mis ojos y estaba por perderlo, no teníamos un peso. Un día, el 20 de abril del 2018, a la casa llegó un grupo de hombres armados, nos dijeron que teníamos 24 horas para salir de allá. Mi hija me contó que días antes la habían convidado a que se fuera con ellos y ella no había querido. Después de eso, mis hijas recolectaron una platica y con eso nos vinimos a Popayán, desplazadas, con la ropita en unas bolsas negras.

Fue muy duro llegar a Popayán, pero al menos las cosas de la guerra se calmaron y pudimos dormir tranquilas. Tras poner la denuncia, las ayudas de víctimas llegaban cada cuatro meses, nosotras buscábamos trabajo y no encontrábamos. En el 2019, una amiga me presentó a doña María Elena2 y, desde el primer día que fui a la fundación, ella me dio la mano, me ha dado mercaditos, ropa, pañales para mi nieto. La admiro mucho y la quiero como a la mamá que nunca tuve.

Para el futuro yo pienso en grande, la verdad es esa: yo quiero tener mi casa, quiero ver a mis niñas graduadas. Gracias a Dios he tenido fuerza y, como he podido, las he sacado adelante, les he podido dar estudio. Ellas, que ya se graduaron de bachiller, quieren seguir estudiando. Yo siempre quise ser enfermera, tenía planes bonitos, pero nunca tuve el apoyo, nunca pude hacerlo. Sin embargo, lo que yo no pude hacer quiero que ellas lo hagan. También quiero tener una empresa, llegar a tener la forma de ayudar a los niños y a las mamás, que uno pueda darles la mano, aconsejar a las madres para que no se queden calladas, para que denuncien. Yo sé que mis talentos y mis sueños con la ayuda de Dios serán realidad. Cuando le ayudo a doña María Elena a repartir mercados, yo voy con mi hija mayor y vamos a repartirle a las mamitas, en esos momentos, me siento contenta, me da felicidad, me gusta hacerlo, siento mucha alegría de poder ayudar.

Yo he hecho cursitos, estudié manualidades, me gusta trabajar con fomi, también aprendí a hacer clases de avenas. No he tenido el apoyo para poder invertir en algo y ponerme a trabajar, pero estoy muy contenta en la fundación porque aprendí a hacer bolsos y aprendí marroquinería, también estudié hasta grado noveno y quiero seguir estudiando décimo y once. En este momento estoy sin trabajo, viviendo en un barrio de invasión, pasando momentos duros. Yo quiero trabajar, pero no tengo cómo hacerlo. Mi deseo es poner un negocio y tener mi propia ventica. Igual estoy contenta porque, a pesar de las circunstancias, uno no mantiene con el miedo de que mataron a alguien o de que se van a llevar a mis hijas.

Hace 8 años, mi mamá se accidentó y en ese momento yo la ayudé, dejé el odio y el rencor atrás y me fui a cuidarla. Ella quedó muy mal y yo volví a sentir amor por ella. Cuando yo era pequeña, mi mamá cultivaba anturios, a mí me parecía muy bonita esa flor, ella vendía las maticas de anturio y todavía las tiene fuera de su casa. A mí, con mi hermanito, nos mandaba a recoger palo podrido para echarle a las matas. Esa es una flor que no se deja marchitar, que a pesar de todo florece y da vida, es una flor fuerte, igual que yo.

Esta crónica fue construida por Girasol, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.
1 Se refiere a la guerrilla. 2 Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.
A pesar de todo, florecer

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Uno está en la oscuridad en algunos momentos, no halla qué hacer o para dónde ir, luego uno sabe que sí pudo, que salió de esa tiniebla donde estaba, que pudo renacer y pensar en nuevas metas. A mí me gustaría que muchas personas conozcan esta historia y miren que sí, que uno después del conflicto armado y las dificultades de la vida puede volver a salir a la luz.


Mi vida no ha sido llena de alegrías, desde los cinco añitos para mí ha sido dura, terrible, no tuve niñez como la niñez de muchos niños ahora. He tenido más bajos que altos, por ratos he querido renunciar, pero el amor de mis hijas me ha mantenido luchando. Tengo tres hijas y un nieto de cuatro meses, que es la adoración de la casa.

La historia que me pasó, le pasa todavía a muchos niños, las madres que se quedan calladas deberían denunciar.

Mi familia es de El Plateado, Cauca; mi mamá es nativa del municipio de Argelia, yo nací en El Plateado. Cuando yo tenía 5 años, mi madre, mi abuelo y mi abuela decidieron ir a vivir a San Juan de Villalobos, que queda la mitad en Mocoa y la mitad en Pitalito. Allá compraron una finquita y ahí mi mamá se acompañó de otro hombre que no era mi padre, porque mi padre nunca vio por mí.

Ese hombre me pegaba, me insultaba, fui víctima de maltrato infantil. Tiempo después viajamos a Garzón, Huila, y a los 7 años mi padrastro abusó de mí. Yo le conté a mi mamá, pero ella no me creía, él la mandaba a la tienda para hacer lo que quería conmigo.

Yo viví todo ese martirio desde los 7 años. Él le pegaba a mi mamá y le decía que yo tenía que cargar agua para fumigar los cultivos de lulo que él tenía y, cuando me mandaba, él hacía lo que quería conmigo. Cuando estaba estudiando yo no tenía zapatos, no tenía un lápiz, me tocó muy duro.

Pasó el tiempo, yo tenía 12 años cuando volvimos al Plateado, allí le conté a la esposa de un vecino porque mi mamá no me creía y me pegaba porque decía que yo era mentirosa; la vecina fue con el esposo a la casa y confrontó a mi mamá, pero ella dijo que era mentira y el señor también. Él me dejó tirada en el suelo, yo tuve un pensamiento muy feo, cogí un cuchillo, pero dije: «No, yo no hago esto». Al otro día, a las nueve de la mañana, me empacó dos muditas de ropa en un bolsito morado que tanto recuerdo, me empujó para afuera de la casa y me dijo que yo ya no era recibida. Yo quería ver si mi mamá hacía algo por mí, pero no hizo nada. Sentí mucho odio, mucho dolor. Yo cogí carretera arriba y lo único que se me ocurrió fue irme para allá, para donde los muchachos
1. Ellos me pasaron unas botas, yo me iba a subir a un carro y en esas me encontré a mi tía, ella se abrazó a mí y me dijo que se haría cargo, les rogó que no me llevaran y ellos, después de negarse un rato, aceptaron. Eso fue por el año de 1998.

Imagen Crónica Anturio: Collage auto representativo realizado por Anturio

Mi tía me llevó a trabajar a varias fincas, trabajábamos cosechando, limpiando, echando azadón. Estuve varios meses con ella hasta que me dijo que ya no podía hacerse cargo de mí, así que me fui a Cali con una prima. Yo tenía 14 años, trabajaba en un supermercado, pero no era feliz, mi vida era tristeza, amargura y dolor. Le dije a mi prima que quería volver, quería volver a ver si mi mamá me recibía en la casa. Cuando volví, mi mamá me recibió, pero cuando llegó el señor, me tiró de nuevo las cosas a la calle y entonces me fui a donde mi tía.

Mi mamá había hablado con un muchacho que estaba enamorado de mí, ella me dijo que tenía que irme con él, pero después de todos los abusos yo tenía miedo. Ese muchacho me llevó a la fuerza, la finca de él tenía muchas carreteras, muchos caminos, yo no sabía por dónde me había llevado. Finalmente, me tocó estar allá y quedé embarazada. Yo no lo quería a él, pero ya tenía a la bebé en mi estómago así que me tocó aguantarme.

Él era tomador, a mí me tocaba rebuscarme para poder comer porque él no me daba lo suficiente. Tampoco tenía cómo planificar, así que quedé de nuevo en embarazo tiempo después. Cuando él supo que íbamos a tener una segunda hija, me tiró para la calle, me dijo que la bebé no era de él. Yo arrendé una piececita y me fui a vivir allá con mis hijas. De ahí en adelante me tocó a mí sola, trabajaba por ahí, me ganaba el bocado de comida para mis niñas, a veces me tocaba acostarme con hambre.

Decidí irme de nuevo al Huila y salir de El Plateado, donde había vivido tanto dolor. Allá trabajé en un restaurante donde ganaba 5 mil pesitos. Yo distinguía a un amigo, él era cantante de música popular. Después de un tiempo decidimos convivir y nos fuimos a vivir a Popayán. Con él tuve a mi hija menor, pero las cosas se pusieron mal también, yo me fui escapada porque él me maltrataba, nos dejaba hasta tres días encerradas, esos dos años fueron un martirio. Un día, mi hija, la grande, escondió unas llaves de la puerta, cuando él se fue me dijo: «Mamita, yo tengo llaves», así que nos fuimos. Una vecina nos escondió y al otro día nos fuimos al Huila.

Cuando mis hijas empezaron a estudiar, ellas solo lloraban en las clases. La profesora me dijo que algo les pasaba, preguntó si yo sabía, pero yo no sabía nada. Llamaron a una psicóloga y ahí fue cuando ellas soltaron todos los daños que les hizo ese hombre. Llevé al hospital a mis niñas para que les hicieran un examen, les hicimos el examen en Mocoa, allá llegó el ICBF y la Policía. Allí también supe que yo estaba embarazada. Yo decía: «Pero cómo lo mismo que me pasó a mí, le va a pasar a mis hijas».

El Instituto de Bienestar Familiar se las llevó, pero pude sacarlas con ayuda de una amiga. Cuando fuimos con la Policía a buscarlo a él, se había escapado. Yo dije que lo iba a buscar, yo lo iba a buscar hasta encontrarlo, no iba a hacer lo que hizo mi mamá: quedarme callada, así que denuncié.
El embarazo fue muy duro, me enteré de que eran dos niños y yo no los quería, sentía mucho odio, pero mi mamá me ayudó en ese momento. Nunca tuvimos una buena relación, pero en esa época ella me dio la mano. Cuando tuve a los bebés por cesárea, solo me dieron a la niña, los doctores nunca me dieron razón del niño, nunca supe qué pasó con él. Con el tiempo, una psicóloga me ayudó a querer a mi niña y a los 3 meses le empecé a coger cariño.

Yo seguí buscando a ese señor, fui a buscarlo a Popayán, llevé a la bebé, él la vio y estaba contento, la cargaba y yo sentía que me moría por dentro. Lo llevé a comprar ropa y ahí aproveché para llamar a la Policía. Así se lo llevaron y hasta el sol de hoy él está en la cárcel. A veces me llamaba a amenazarme, pero yo lo denuncié. Me queda ese dolor, esa tristeza y ese rencor porque mis niñas pasaron lo mismo que yo, uno queda marcado.

Después de eso, estaba muy dura la situación, no tenía qué comer, por eso decidí volver a El Plateado. Los años en los que volví allá fueron años de muerte, momentos de angustia, momentos de hombres armados. Dos años nos aguantamos allá, yo me rebuscaba en almacenes, en oficios varios, buscaba todo para el estudio de mis hijas, eso era lo primero, yo no quería que les pasara lo mismo que a mí.

Allá me recibió el abuelo y la abuela paterna de ellas, el papá de las niñas mayores fue a visitarme y, durante un mes, estuvimos muy contentos, pero él volvió a tomar y llegaba borracho a maltratarnos. Los abuelos de mis niñas murieron poco tiempo después de que llegáramos, ellos querían compartir con ellas y ayudarlas, pero no fue así, a mí me tocó asumir el trabajo. En el pueblo había asesinatos por todos lados, al lado de la casa aparecían muertos, en el parque había balaceras, de noche pasaban camionetas de hombres armados por el pueblo, hacían cerrar todo, era una cosa horrible, uno vivía con miedo, con temor, con angustia, yo tuve que mirar cómo le quitaban la cabeza a una persona en el pueblo. Mientras trabajaba en una zapatería, los armados llegaban a matar a los chicos de las moto-taxis. No sé qué grupo armado era, no sé si eran elenos, FARC, paramilitares, solo sé que estaban encapuchados y vestían camuflados.

Por esa época, mis hijas estaban ya señoritas, yo había sufrido un accidente grave en uno de mis ojos y estaba por perderlo, no teníamos un peso. Un día, el 20 de abril del 2018, a la casa llegó un grupo de hombres armados, nos dijeron que teníamos 24 horas para salir de allá. Mi hija me contó que días antes la habían convidado a que se fuera con ellos y ella no había querido. Después de eso, mis hijas recolectaron una platica y con eso nos vinimos a Popayán, desplazadas, con la ropita en unas bolsas negras.

Fue muy duro llegar a Popayán, pero al menos las cosas de la guerra se calmaron y pudimos dormir tranquilas. Tras poner la denuncia, las ayudas de víctimas llegaban cada cuatro meses, nosotras buscábamos trabajo y no encontrábamos. En el 2019, una amiga me presentó a doña María Elena2 y, desde el primer día que fui a la fundación, ella me dio la mano, me ha dado mercaditos, ropa, pañales para mi nieto. La admiro mucho y la quiero como a la mamá que nunca tuve.

Para el futuro yo pienso en grande, la verdad es esa: yo quiero tener mi casa, quiero ver a mis niñas graduadas. Gracias a Dios he tenido fuerza y, como he podido, las he sacado adelante, les he podido dar estudio. Ellas, que ya se graduaron de bachiller, quieren seguir estudiando. Yo siempre quise ser enfermera, tenía planes bonitos, pero nunca tuve el apoyo, nunca pude hacerlo. Sin embargo, lo que yo no pude hacer quiero que ellas lo hagan. También quiero tener una empresa, llegar a tener la forma de ayudar a los niños y a las mamás, que uno pueda darles la mano, aconsejar a las madres para que no se queden calladas, para que denuncien. Yo sé que mis talentos y mis sueños con la ayuda de Dios serán realidad. Cuando le ayudo a doña María Elena a repartir mercados, yo voy con mi hija mayor y vamos a repartirle a las mamitas, en esos momentos, me siento contenta, me da felicidad, me gusta hacerlo, siento mucha alegría de poder ayudar.

Yo he hecho cursitos, estudié manualidades, me gusta trabajar con fomi, también aprendí a hacer clases de avenas. No he tenido el apoyo para poder invertir en algo y ponerme a trabajar, pero estoy muy contenta en la fundación porque aprendí a hacer bolsos y aprendí marroquinería, también estudié hasta grado noveno y quiero seguir estudiando décimo y once. En este momento estoy sin trabajo, viviendo en un barrio de invasión, pasando momentos duros. Yo quiero trabajar, pero no tengo cómo hacerlo. Mi deseo es poner un negocio y tener mi propia ventica. Igual estoy contenta porque, a pesar de las circunstancias, uno no mantiene con el miedo de que mataron a alguien o de que se van a llevar a mis hijas.

Hace 8 años, mi mamá se accidentó y en ese momento yo la ayudé, dejé el odio y el rencor atrás y me fui a cuidarla. Ella quedó muy mal y yo volví a sentir amor por ella. Cuando yo era pequeña, mi mamá cultivaba anturios, a mí me parecía muy bonita esa flor, ella vendía las maticas de anturio y todavía las tiene fuera de su casa. A mí, con mi hermanito, nos mandaba a recoger palo podrido para echarle a las matas. Esa es una flor que no se deja marchitar, que a pesar de todo florece y da vida, es una flor fuerte, igual que yo.

Esta crónica fue construida por Girasol, miembro de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas. Su nombre se reserva para preservar su seguridad.
1 Se refiere a la guerrilla. 2 Lideresa comunitaria y representante legal de la Fundación Hombres Nuevos y Mujeres Nuevas.