SARGENTO SEGUNDO (R)

YULDOR EISEMHOWER MORALES CARRANZA

Ejército Nacional de Colombia
Club Héroes de Honor

SARGENTO SEGUNDO (R)

YULDOR EISEMHOWER MORALES CARRANZA

Ejército Nacional de Colombia
Club Héroes de Honor

La esperanza
y el apoyo familiar

Archivo personal Yuldor Morales.

Archivo personal Yuldor Morales.

Se colocaron muchas piedras en el camino de Yuldor Eisemhower Morales Carranza. Una mina antipersonal se convirtió en una oportunidad de cambio para su vida, a pesar de todas las dificultades y el dolor. Una historia sobre la esperanza, el apoyo familiar y cómo el fútbol puede aportar una nueva luz a una vida. 

Yuldor Eisemhower le debe mucho a su madre. Vivieron solos en Bogotá y le enseñó a ser agradecido y a defender sus valores. No tuvieron lujos, pero su madre se sacrificó para darle de comer, proporcionarle un techo y una educación. Para él, eso fue suficiente. Después de un tiempo, su madre conoció a un hombre que se convirtió en su padrastro. “Pero eso suena feo”, dice Yuldor. Para él, su padrastro, al que llama papá, “fue la persona que siempre estuvo ahí para mí, luchando y haciendo sacrificios para poder brindarme un mejor futuro, lo que hace un padre: hacer hasta lo imposible por sus hijos”.

Para ganar dinero y comprar un lote, los padres de Yuldor consiguieron un carro de pizzas y a él, a sus 11 años, le tocó salir a vender. Esto fue una constante en la vida de Yuldor Eisemhower. En sus años de juventud, ganaba el dinero con trabajos secundarios como comidas rápidas o construcción. Luego, en 2006, a los 18 años, se presentó para prestar el servicio militar. Para él fue una época hermosa, una época de cambio, como la llama hoy.

Poco después, con el apoyo de sus padres y del cabo primero Ulloa —una persona que lo ayudó—, junto con otras personas que lo apoyaban de una u otra forma, pudo ingresar en la Escuela de Suboficiales de las Fuerzas Militares e hizo parte del curso número 82 de suboficiales. Allí realizó con éxito su formación como suboficial. “salí para mi primera unidad con todo el ánimo y las ganas de acertar. Cumplí con todo lo que me pedían y esperaba día a día ser mejor” para escalar cada peldaño de su carrera, afirma Yuldor.

Durante ese mismo periodo, también conoció a su futura esposa, Marcela Sandoval, pero, cuando ella estaba embarazada, fue trasladado a Nariño, donde pasó a formar parte de la Brigada Móvil Número 32. “Allí me encontraba lejos de mi esposa e hijo, lejos de mis padres y hermanas, de mi papá y mis otros hermanos, luchando por mi país, por mi Ejército, defendiendo y dando la vida por muchas personas que ni conocía”. Después de seis meses, en diciembre de 2012, se encontraba realizando operaciones contra las entonces FARC y Yuldor no pudo llamar a su familia para desearles una feliz Navidad o un feliz año nuevo.

Luego, en enero de 2013, los combates con los guerrilleros de las FARC se hicieron más intensos. Algunos soldados murieron como consecuencia de los ataques. Yuldor Eisemhower, por su parte, ya no sabía qué hacer “No sabía que iba a suceder más adelante, solo quería salir a ver a mi familia y ya, culminar mi ciclo en esta área”, afirma Yuldor.

Para realizar una operación militar, de acuerdo con lo ordenado, Yuldor fue enviado junto a su grupo. El 20 de enero de 2013, por la mañana, recuerda Yuldor, lo último que escuchó fue un fuerte grito de uno de sus compañeros: “Mi cabo, abrámonos que esto es una casa bomba”. Yuldor había pisado una mina antipersonal que explotó. Al principio no sintió nada, solo el pitido en sus oídos, la hinchazón de su cara y la conciencia de que algo iba mal. Comenzó a examinarse superficialmente, palpando primero su cara y luego su cuerpo. Se dio cuenta de los huecos en su mejilla, en su pierna, que es lo que más le dolió en ese momento. “¡Me jodí!, pensé en ese momento; traté siempre de mantener la calma, empecé a escuchar a lo lejos la algarabía que tenían los soldados para poderme sacar de allí. Traté de quitarme todo lo que traía conmigo, el fusil, el chaleco y trataba temblorosamente de tener lo que me había quedado del pie levantado”, asegura Yuldor.

Archivo personal Yuldor Morales.

Archivo personal Yuldor Morales.

Al principio estaba feliz de estar vivo, cada instante daba gracias a él de dejarme con vida, estaba seguro de que esto era solo una piedra en el camino y que empezaría una nueva vida. Pero, con la rehabilitación, los problemas no tardaron en llegar. Según Yuldor, 2 meses y medio después de caer en la mina, “falleció nuestro primer hijo Yulian Nicolás, allí sí sentí que todo se me iba a pique. No sabía en qué momento nos habían ocurrido tantas cosas feas, la muerte de mi suegra, Ana Lucía Sandoval, la pérdida de mi pie, la muerte de mi hijo e infinidad de crisis, en especial económicas”.

Seguía con sus terapias, siempre con la ayuda de su esposa quien nunca lo ha abandonado y siempre ha sido de gran apoyo, parte fundamental en su recuperación, a quien agradece enormemente en todo este tiempo: “Por eso es que valoro tanto a mi esposa, porque es una gran mujer, eso que ella hacía no lo hacen todas”, llevarme de un lado para otro en silla de ruedas y asumiendo las dificultades que se presentaban con las fuerzas que su corazón le daba”, asegura. En su proceso de rehabilitación, trató de obtener ayuda del Ministerio de Defensa, la Fiscalía General, la Procuraduría General de la Nación y hasta la misma Presidencia de la República y el Ejército Nacional. “Lo más duro de haber caído en una mina antipersonal es tener que pasar por todas estas cosas, toda esta cantidad de problemas, tortuosos trámites y sentirme revictimizado en algunas ocasiones, acudir a la Presidencia de la República para que me pagaran la indemnización después de 7 años, vivir infinidad de necesidades junto con mi esposa e hijos”, afirma Yuldor.

“Agradezco a Dios por todos y cada uno de esos ángeles, que nos han apoyado porque nada de esto ha sido fácil. Doy gracias a mi esposa e hijos, mis padres, mis hermanas, los tíos y tías de mi esposa, amigos que nos han apoyado y alentado, todos ellos han sido ángeles que han estado cuando los hemos necesitado”.

Luego de esto y gracias a una feliz coincidencia, llegó una nueva luz a la vida de Yuldor Eisemhower: en un viaje en taxi se puso a hablar con el conductor, quien  le habló de su hermano, Daniel Alexander Reyes, que también tenía una pierna amputada. Le dijo que estaba en un club de fútbol donde solo jugaban personas con esa discapacidad. Le preguntó a Yuldor si quería unirse. No lo pensó dos veces e hizo el contacto. Asistió a los entrenamientos, conoció a los demás jugadores. El Club Héroes de Honor ha logrado lo que muchos organismos públicos no han podido hacer, dice Yuldor: “Me brindó apoyo y la oportunidad que necesitaba de inmediato. Empecé a ver en el deporte un apoyo en todo, emocional y físicamente, me dio esperanza. Una oportunidad es lo que a veces necesitamos y aquí me la dieron en el Club Héroes de Honor”.